/ domingo 24 de noviembre de 2019

A treinta años del Festival de Amatlán


La fiesta anual del huapango y del son en Amatlán es una invitación a pensar. A celebrar.

La mente vuela... Desde muy lejanas, augurales épocas, unos labios cantaron los primeros sonidos imitando a los pájaros, voces liadas a los gozos del viento, al latir de la tierra, al pensamiento de los hombres. Y nació el ritmo. Y el movimiento que incita la flexibilidad del cuerpo, bailes propiciatorios del goce siempre renovado. Costumbres y hábitos diversos no impidieron a los pueblos gozar los mismos placeres…

¿Qué perseguían hace veinte años los iniciadores de esta fiesta de Amatlán, mi querido David Celestinos? Que no se pierda el antiguo rito aborigen; que prevalezcan las cosas que nos distinguen; que florezca la tradición oral que honra el conocimiento de los ancianos; que se reinvente nuestra gestualidad festiva. Y el son antiguo, el antiguo son. Y las décimas, obras cultas de creación. Obras barrocas y luego de otras épocas que han atravesado su propia historia echando mano de ella. Caudal que al paso de los siglos ha ido revelando el sentir más sentido: el canto improvisado de los pueblos campesinos de América. Décima, expresión extendida y latente con presencia en el imaginario colectivo, canto espontáneo y canto organizado que guarda una estrecha relación con lo cotidiano y con todo lo de aquí dentro... ¡Ay, décimas quejumbrosas, juguetonas, melancólicas! Devoción nativa rescatada de nuestras memorias, cantar de ida y vuelta en el sonido de los instrumentos musicales y en las voces de los verseadores. Oigo el rasgueo de la jarana oficiante de un rito ancestral; el desliz del violín, los cantadores, la quinta huapanguera; el zapateo feliz retumba al son que le toquen; la vestimenta colorida de la huasteca pinta de tradición las escenas de la fiesta; los artesanos los alfareros las bordadoras los vendedores de dulces tradicionales… En todo se lanza a vuelo el triunfo de nuestras creencias.

La cocina es un referente cultural, un espacio divulgativo donde todo huele y es táctil. Es la reunión de todos los instantes y una señal de identidad que alimenta nuestra memoria porque cocinar es también pensar, es también hablar, es también amar. Bajo el influjo de los ingredientes, en la pequeña plaza de Amatlán los fogones presumen sus olores y yo voy feliz allá, donde me espera una comida venturosa a cielo raso y a vuelo de pájaro. Platos de mi querer son el zacahuil, las enchiladas, los bocoles; los pemoles, las rosquitas dulces, los atoles del sabor de la piña y del tamarindo y de la naranja y del maíz de teja; todo forma parte de una tradición disfrutada que redunda en un entorno de cocina sustanciosa surgida de hábitos alimenticios autóctonos. Para mejor entender estos acercamientos, han de ser buenos unos tragos de jobito con sabor a huapango…

Dicen que el amor hace a quien lo vive, y de amar sabe mucho la gente de aquí. De amar al prójimo nativo y al visitante, y de abrir las ventanas para que circule el viento de la hospitalidad. De amar la libertad mas no en abstracto, sino aquella que se realiza en comunidad, en común unidad. El paisaje de los recuerdos conserva el sereno andar de la gente, los verdes insignes en todas partes, y el viento bajo los árboles en tiempos en que el mecanismo primario de la Naturaleza empieza a colapsar. Aquí las figuras humanas deambulan en la densidad de los espacios y otra vez aparecen cuidando el entorno, pueblos implicados simbióticamente en lo sacro inmanente de la Naturaleza... De estos lugares nuestros han emergido muchas vetas expresivas indígenas forjadas en la libertad de lo intrínseco, sueños de igualdad de los hombres y construcción común de la vida...

Con su emblema de El Sol Poniente, el Festival de Amatlán ha llevado a la alianza a todos los pueblos de la Huasteca, y se han convertido nuestros usos y costumbres en trampolines de la imaginación, porque las cosas se trabajan de dentro hacia fuera. Estamos enamorados de los lugares, los reinventamos, los celebramos. Esta fiesta entrañable ha sido a lo largo de los años una invitación a pensar, a mantener vivos los rasgos de la cultura heredada. Y al hacer hoy los iniciadores un recuento, descubren que la gente siempre se va contaminada de una alegría íntima. Y promete volver. Y vuelve.

ENVIO: Este texto forma parte del libro Amatlán, una fiesta que nunca termina… editado y presentado en la celebración de los veinte años de este Festival Huasteco, el primero en el país, iniciado hace tres décadas por mi entrañable David Celestinos Isaacs, tampiqueño ilustre e incansable cuya ausencia duele.

e-mail: amparo.gberumen@gmail.com

La cocina es un referente cultural, un espacio divulgativo donde todo huele y es táctil


La fiesta anual del huapango y del son en Amatlán es una invitación a pensar. A celebrar.

La mente vuela... Desde muy lejanas, augurales épocas, unos labios cantaron los primeros sonidos imitando a los pájaros, voces liadas a los gozos del viento, al latir de la tierra, al pensamiento de los hombres. Y nació el ritmo. Y el movimiento que incita la flexibilidad del cuerpo, bailes propiciatorios del goce siempre renovado. Costumbres y hábitos diversos no impidieron a los pueblos gozar los mismos placeres…

¿Qué perseguían hace veinte años los iniciadores de esta fiesta de Amatlán, mi querido David Celestinos? Que no se pierda el antiguo rito aborigen; que prevalezcan las cosas que nos distinguen; que florezca la tradición oral que honra el conocimiento de los ancianos; que se reinvente nuestra gestualidad festiva. Y el son antiguo, el antiguo son. Y las décimas, obras cultas de creación. Obras barrocas y luego de otras épocas que han atravesado su propia historia echando mano de ella. Caudal que al paso de los siglos ha ido revelando el sentir más sentido: el canto improvisado de los pueblos campesinos de América. Décima, expresión extendida y latente con presencia en el imaginario colectivo, canto espontáneo y canto organizado que guarda una estrecha relación con lo cotidiano y con todo lo de aquí dentro... ¡Ay, décimas quejumbrosas, juguetonas, melancólicas! Devoción nativa rescatada de nuestras memorias, cantar de ida y vuelta en el sonido de los instrumentos musicales y en las voces de los verseadores. Oigo el rasgueo de la jarana oficiante de un rito ancestral; el desliz del violín, los cantadores, la quinta huapanguera; el zapateo feliz retumba al son que le toquen; la vestimenta colorida de la huasteca pinta de tradición las escenas de la fiesta; los artesanos los alfareros las bordadoras los vendedores de dulces tradicionales… En todo se lanza a vuelo el triunfo de nuestras creencias.

La cocina es un referente cultural, un espacio divulgativo donde todo huele y es táctil. Es la reunión de todos los instantes y una señal de identidad que alimenta nuestra memoria porque cocinar es también pensar, es también hablar, es también amar. Bajo el influjo de los ingredientes, en la pequeña plaza de Amatlán los fogones presumen sus olores y yo voy feliz allá, donde me espera una comida venturosa a cielo raso y a vuelo de pájaro. Platos de mi querer son el zacahuil, las enchiladas, los bocoles; los pemoles, las rosquitas dulces, los atoles del sabor de la piña y del tamarindo y de la naranja y del maíz de teja; todo forma parte de una tradición disfrutada que redunda en un entorno de cocina sustanciosa surgida de hábitos alimenticios autóctonos. Para mejor entender estos acercamientos, han de ser buenos unos tragos de jobito con sabor a huapango…

Dicen que el amor hace a quien lo vive, y de amar sabe mucho la gente de aquí. De amar al prójimo nativo y al visitante, y de abrir las ventanas para que circule el viento de la hospitalidad. De amar la libertad mas no en abstracto, sino aquella que se realiza en comunidad, en común unidad. El paisaje de los recuerdos conserva el sereno andar de la gente, los verdes insignes en todas partes, y el viento bajo los árboles en tiempos en que el mecanismo primario de la Naturaleza empieza a colapsar. Aquí las figuras humanas deambulan en la densidad de los espacios y otra vez aparecen cuidando el entorno, pueblos implicados simbióticamente en lo sacro inmanente de la Naturaleza... De estos lugares nuestros han emergido muchas vetas expresivas indígenas forjadas en la libertad de lo intrínseco, sueños de igualdad de los hombres y construcción común de la vida...

Con su emblema de El Sol Poniente, el Festival de Amatlán ha llevado a la alianza a todos los pueblos de la Huasteca, y se han convertido nuestros usos y costumbres en trampolines de la imaginación, porque las cosas se trabajan de dentro hacia fuera. Estamos enamorados de los lugares, los reinventamos, los celebramos. Esta fiesta entrañable ha sido a lo largo de los años una invitación a pensar, a mantener vivos los rasgos de la cultura heredada. Y al hacer hoy los iniciadores un recuento, descubren que la gente siempre se va contaminada de una alegría íntima. Y promete volver. Y vuelve.

ENVIO: Este texto forma parte del libro Amatlán, una fiesta que nunca termina… editado y presentado en la celebración de los veinte años de este Festival Huasteco, el primero en el país, iniciado hace tres décadas por mi entrañable David Celestinos Isaacs, tampiqueño ilustre e incansable cuya ausencia duele.

e-mail: amparo.gberumen@gmail.com

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