/ domingo 10 de febrero de 2019

Amigas para siempre

A mi amiga Leticia y a mí nos separan y nos unen muchas cosas. Hacía casi diez años que no nos veíamos. Casi nunca coincidimos porque ella vive en Lima y yo en Tampico.

A Lety le encanta viajar en barcos y cruceros, yo me mareo. Ella es Ing. Quimico, yo no entiendo de ciencias. Lety es viuda sin hijos, yo estoy casada y tengo dos hijas y tres nietos. Mi amiga es experta en pintura de época del renacimiento, yo me declaro ignorante en el tema. Ella me llama siempre el día de mi cumpleaños, yo recuerdo el suyo dos meses después, pero somos grandes amigas.

Leticia y yo tenemos algunas diferencias en política y en creencias, pero nos entendemos y nos aceptamos. Nuestra lista de películas favoritas es igual y nos gustan los mismos escritores y lo más increíble, nos gustan los mismo personajes reales y de ficción. Me encanta el Jazz, a Lety no le gusta pero a las dos nos gustan los boletos. Ella es Marquesa de Lugo por vía matrimonial, yo soy orgullosamente plebeya. Solemos extrañarnos mutuamente aunque no lo digamos.

He sufrido sus penas y he disfrutado sus alegrías al igual que ella con las mías. Cuando el año pasado vino a México a visitar a su familia me uní a ellos para reunirnos en Cancún. En cuanto nos vimos fingimos una alegría desbordante porque me di cuenta por su mirada que la salud le faltaba y ella de inmediato notó mi preocupación.

Nos gastamos el tiempo en confidencias engorrosas ni quejas ni lamentos. No evocamos tiempos pasados y ambas nos guardamos las penas que inevitablemente nos da la vida. Nos fuimos de compras y escogimos el mismo vestido de color diferente. Comimos lo que a cada una le gusta. Ella es vegetariana yo carnívora, Lety es abstemia, y a mí me gusta el vino. Pasamos la tarde cantando con el trio yucateco del hotel y nos reímos como locas con las anécdotas de nuestra juventud.

El día que regresé a mi casa y ella a su tierra nos despedimos sin dramatismo alguno, simplemente nos dijimos un “hasta otro rato”, las dos sabíamos que no sería así. Mi gran amiga Leticia se había venido a despedir para siempre.

“NUNCA ES DEMASIADO LARGO EL CAMINO PARA LLEGAR AL AMIGO”


dice un proverbio chino, porque la verdadera amistad prevalece a pesar del tiempo y la distancia. En eso estriba su valor.

14 de Febrero

Día del amor y la amistad

A mi amiga Leticia y a mí nos separan y nos unen muchas cosas. Hacía casi diez años que no nos veíamos. Casi nunca coincidimos porque ella vive en Lima y yo en Tampico.

A Lety le encanta viajar en barcos y cruceros, yo me mareo. Ella es Ing. Quimico, yo no entiendo de ciencias. Lety es viuda sin hijos, yo estoy casada y tengo dos hijas y tres nietos. Mi amiga es experta en pintura de época del renacimiento, yo me declaro ignorante en el tema. Ella me llama siempre el día de mi cumpleaños, yo recuerdo el suyo dos meses después, pero somos grandes amigas.

Leticia y yo tenemos algunas diferencias en política y en creencias, pero nos entendemos y nos aceptamos. Nuestra lista de películas favoritas es igual y nos gustan los mismos escritores y lo más increíble, nos gustan los mismo personajes reales y de ficción. Me encanta el Jazz, a Lety no le gusta pero a las dos nos gustan los boletos. Ella es Marquesa de Lugo por vía matrimonial, yo soy orgullosamente plebeya. Solemos extrañarnos mutuamente aunque no lo digamos.

He sufrido sus penas y he disfrutado sus alegrías al igual que ella con las mías. Cuando el año pasado vino a México a visitar a su familia me uní a ellos para reunirnos en Cancún. En cuanto nos vimos fingimos una alegría desbordante porque me di cuenta por su mirada que la salud le faltaba y ella de inmediato notó mi preocupación.

Nos gastamos el tiempo en confidencias engorrosas ni quejas ni lamentos. No evocamos tiempos pasados y ambas nos guardamos las penas que inevitablemente nos da la vida. Nos fuimos de compras y escogimos el mismo vestido de color diferente. Comimos lo que a cada una le gusta. Ella es vegetariana yo carnívora, Lety es abstemia, y a mí me gusta el vino. Pasamos la tarde cantando con el trio yucateco del hotel y nos reímos como locas con las anécdotas de nuestra juventud.

El día que regresé a mi casa y ella a su tierra nos despedimos sin dramatismo alguno, simplemente nos dijimos un “hasta otro rato”, las dos sabíamos que no sería así. Mi gran amiga Leticia se había venido a despedir para siempre.

“NUNCA ES DEMASIADO LARGO EL CAMINO PARA LLEGAR AL AMIGO”


dice un proverbio chino, porque la verdadera amistad prevalece a pesar del tiempo y la distancia. En eso estriba su valor.

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