/ miércoles 13 de febrero de 2019

Amo Tampico

Amo Tampico

“Se ama una ciudad como se ama la vida”, bien dice la poeta Gloria Gómez.

Sin embargo, existe una paradoja: vida hay sólo una, ciudades muchas; entonces, ¿por qué amar a la ciudad como a la vida misma? Porque en la primera dejamos lo más valioso que posee el ser humano: el tiempo.

La ciudad es tiempo y es sangre, es recuerdo y es tránsito. En la ciudad nos vamos quedando de a poquito, todos los días con la promesa del cambio, del traslado.

Traducir es, de alguna forma, morir en la condición primigenia. Al irnos de la ciudad que amamos nos traducimos, es decir, en algo morimos.

La ciudad que amamos es la vida nuestra, la de nuestros ancestros, la de los hijos. La vida –qué remedio- es una; la ciudad que amamos se va convirtiendo, de a poco, también en una a la cual regresamos cual Ítaca.

Todas las ciudades son Ítaca a donde el regreso significa un acto de amor. Y en el amor, lo sabemos, siempre hay una dosis de sacrificio.

No hay mayor significado en la existencia que el amar. ¿Qué es lo que se ama? Lo que creamos, lo que tiene nuestra alma y lo que guarda lo más hondo de nosotros.

Las ciudades son eternas porque el hombre no lo es. Es decir, por su finitud el hombre ha puesto su otro deseo intrínseco (la perpetuación) en la construcción de las ciudades.

Amo Tampico porque es la ciudad que me acoge y me prolonga el tiempo que es el mismo si estuviese en Londres, Buenos Aires o en cualquier otra pero con la diferencia del corazón. Aquí en Tampico tengo el corazón y, por lo tanto, mi cuerpo está aquí también.

Amo Tampico porque me gusta y porque a veces parece una virgen erótica entre los brazos del crepúsculo humedecido por Miramar.

Tampico te cabe en los ojos y en la boca, en los pulmones y en la brisa que dormita en el vaho del río Panuco en el sol de las dos de la tarde.

Tampico es una mujer con salitre suave en sus manos, nunca una niña con fusil. Es una madre que te acaricia y te ofrece sus casi doscientos años de benévolo cansancio.

Tampico es Leonor Mejía, mi madre, diciéndome al partir: “No vuelvas si te duele el puerto.”

Tampico, eres mi dolor, mi sino, mi añoranza.

Eres la ciudad que siempre recuerdo, a la que no puedo olvidar.

Eres mi casa, mi origen, mi fábula, mi espanto, mi princesa.

Eres mi comunión, mi ruina, mi éxtasis, mi ansia.

Eres la calle Monterrey, en la colonia Campbell, eres la primaria Felipe de la Garza, la secundaria Francisco Nicodemo.

Tampico, eres y serás mi amada ciudad amada…

Amo Tampico

“Se ama una ciudad como se ama la vida”, bien dice la poeta Gloria Gómez.

Sin embargo, existe una paradoja: vida hay sólo una, ciudades muchas; entonces, ¿por qué amar a la ciudad como a la vida misma? Porque en la primera dejamos lo más valioso que posee el ser humano: el tiempo.

La ciudad es tiempo y es sangre, es recuerdo y es tránsito. En la ciudad nos vamos quedando de a poquito, todos los días con la promesa del cambio, del traslado.

Traducir es, de alguna forma, morir en la condición primigenia. Al irnos de la ciudad que amamos nos traducimos, es decir, en algo morimos.

La ciudad que amamos es la vida nuestra, la de nuestros ancestros, la de los hijos. La vida –qué remedio- es una; la ciudad que amamos se va convirtiendo, de a poco, también en una a la cual regresamos cual Ítaca.

Todas las ciudades son Ítaca a donde el regreso significa un acto de amor. Y en el amor, lo sabemos, siempre hay una dosis de sacrificio.

No hay mayor significado en la existencia que el amar. ¿Qué es lo que se ama? Lo que creamos, lo que tiene nuestra alma y lo que guarda lo más hondo de nosotros.

Las ciudades son eternas porque el hombre no lo es. Es decir, por su finitud el hombre ha puesto su otro deseo intrínseco (la perpetuación) en la construcción de las ciudades.

Amo Tampico porque es la ciudad que me acoge y me prolonga el tiempo que es el mismo si estuviese en Londres, Buenos Aires o en cualquier otra pero con la diferencia del corazón. Aquí en Tampico tengo el corazón y, por lo tanto, mi cuerpo está aquí también.

Amo Tampico porque me gusta y porque a veces parece una virgen erótica entre los brazos del crepúsculo humedecido por Miramar.

Tampico te cabe en los ojos y en la boca, en los pulmones y en la brisa que dormita en el vaho del río Panuco en el sol de las dos de la tarde.

Tampico es una mujer con salitre suave en sus manos, nunca una niña con fusil. Es una madre que te acaricia y te ofrece sus casi doscientos años de benévolo cansancio.

Tampico es Leonor Mejía, mi madre, diciéndome al partir: “No vuelvas si te duele el puerto.”

Tampico, eres mi dolor, mi sino, mi añoranza.

Eres la ciudad que siempre recuerdo, a la que no puedo olvidar.

Eres mi casa, mi origen, mi fábula, mi espanto, mi princesa.

Eres mi comunión, mi ruina, mi éxtasis, mi ansia.

Eres la calle Monterrey, en la colonia Campbell, eres la primaria Felipe de la Garza, la secundaria Francisco Nicodemo.

Tampico, eres y serás mi amada ciudad amada…

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