/ viernes 7 de junio de 2019

Apostar por la sombra

Apostar por la sombra, huir a la cueva abandonada de los recuerdos o entender que todo significa cuando te falta el aire.

Agotar las palabras en la afasia de la rutina o incendiar el albedrío ante los duendes malditos de la noche.

Intentar dormir con lumbre bajo los párpados o rumiar por la nieve de la edad cayendo en la piel.

Romper el silencio cuando el insomnio instala su reino de ruinas morales en tu almohada o esconder la mirada cada vez que amanece si tú no estás para un festín de luz.

Cruzar el puente de la nostalgia, sabiendo que hay neblinas que ya no quieres mirar de nuevo o abrir los brazos, como mariposa rota, para aprehender el tiempo que se nos va como las palabras.

Mirar el batel entre pecios yéndose a mejores riberas donde tú ya no me puedes abordar o sonreír ante el vacío que deja vivir un día más.

Saber que Tampico ya no es tu ciudad pero que la llevas a cuestas cual giba por doquiera que vayas o beber lágrimas (“las lágrimas son la sangre del alma”, apuntó San Agustín) cada vez que compruebas que te vas haciendo viejo.

Leer en lo primigenio del recuerdo que los mismos lobos que te acechaban siguen con vida y aguardan que pongas un pie delante de ellos para devorarte o correr tras el crepúsculo y decir lo nombres de los que amaste y ya se fueron.

Imaginarte que el eco de tus acciones no regresa, que se pudre en un halo de rutina. E imaginarte rodeado de ti siempre para que – entre todos los tú – derriben las paredes que te han impedido seguir adelante.

¿Dónde poner el hacha, la herramienta del combate si todo está marchito? ¿A quién gritarle que estás solo y que todo te duele?

Arriba hay historias terrestres que abortan fábulas clandestinas. Abajo, la dulzura del día a día aturde, molesta porque todo parece estar hecho para la amargura.

Saber que la ciudad que habitas ha cambiado, que ha mudado de piel y que la colonia donde vives está huérfana de rostros conocidos.

Estar en ninguna parte es el fin del espíritu. Pero tenemos un cuerpo que atender, hay un ego que alimentar con los restos del combate.

Siempre es hora de partir. Pero también siempre es tiempo de arribos.

Apostarle a la sombra es confirmar la luz…

Apostar por la sombra, huir a la cueva abandonada de los recuerdos o entender que todo significa cuando te falta el aire.

Agotar las palabras en la afasia de la rutina o incendiar el albedrío ante los duendes malditos de la noche.

Intentar dormir con lumbre bajo los párpados o rumiar por la nieve de la edad cayendo en la piel.

Romper el silencio cuando el insomnio instala su reino de ruinas morales en tu almohada o esconder la mirada cada vez que amanece si tú no estás para un festín de luz.

Cruzar el puente de la nostalgia, sabiendo que hay neblinas que ya no quieres mirar de nuevo o abrir los brazos, como mariposa rota, para aprehender el tiempo que se nos va como las palabras.

Mirar el batel entre pecios yéndose a mejores riberas donde tú ya no me puedes abordar o sonreír ante el vacío que deja vivir un día más.

Saber que Tampico ya no es tu ciudad pero que la llevas a cuestas cual giba por doquiera que vayas o beber lágrimas (“las lágrimas son la sangre del alma”, apuntó San Agustín) cada vez que compruebas que te vas haciendo viejo.

Leer en lo primigenio del recuerdo que los mismos lobos que te acechaban siguen con vida y aguardan que pongas un pie delante de ellos para devorarte o correr tras el crepúsculo y decir lo nombres de los que amaste y ya se fueron.

Imaginarte que el eco de tus acciones no regresa, que se pudre en un halo de rutina. E imaginarte rodeado de ti siempre para que – entre todos los tú – derriben las paredes que te han impedido seguir adelante.

¿Dónde poner el hacha, la herramienta del combate si todo está marchito? ¿A quién gritarle que estás solo y que todo te duele?

Arriba hay historias terrestres que abortan fábulas clandestinas. Abajo, la dulzura del día a día aturde, molesta porque todo parece estar hecho para la amargura.

Saber que la ciudad que habitas ha cambiado, que ha mudado de piel y que la colonia donde vives está huérfana de rostros conocidos.

Estar en ninguna parte es el fin del espíritu. Pero tenemos un cuerpo que atender, hay un ego que alimentar con los restos del combate.

Siempre es hora de partir. Pero también siempre es tiempo de arribos.

Apostarle a la sombra es confirmar la luz…

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