/ miércoles 22 de septiembre de 2021

Autorretratos de hielo | Diario de un sombrero extraviado

15 de septiembre. Día de la Independencia. La ceremonia no será lo mismo allá en el Zócalo, supongo. Quizás la pandemia nos haya cambiado para siempre: enemigos biológicos, conciudadanos del miedo, eso somos, gentilicios extraídos de la paranoia... Por cierto, entró en vigor el “pasaporte sanitario” y desde hace un par de semanas todos portamos el documento —digital o a la antigüita, impreso en papel— que nos acredita como almas sin virus de sospecha. El fastidio domina en las conversaciones mientras las bajas temperaturas en la isla de Montreal imponen las primeras bufandas del año. Para qué nos engañamos, el clima arrastra ya la melancolía de las cosas otoñales.

16 de septiembre. Jueves. ¡Viva México! Al mediodía entré al cafecito de mis rutinas, sobre la calle Saint-Laurent. Frente a la exigencia de la mesera, tan amable y también tan bajita —¿es nueva?..., imposible reconocerla detrás de la mascarilla—, he mostrado el certificado de vacunación sobre la hoja de mis descuidos, porque me robaron el teléfono celular, señorita, y después ha sido un expreso en una mesa de abrir un libro para mirar pasar los sueños del otro lado de los cristales. Como de reojo reconozco a las jubiladas portuguesas con sus arrugas de sonrisa desdentada; hace años que jugamos a las bromas repetidas: ellas insisten en hacerme brasileño mientras yo les reitero que vengo de otros rumbos, porque Tampico es como Lisboa, pero distinto, porque el Tajo es como el río Pánuco, pero diferente, o porque aquel Atlántico suyo es como el Golfo de México, con veranos de sol a toda hora y humedad de sudar mucho en cualquier paseo. Son tan mayores, y sus rostros traen gestos como de amnesias inmediatas.

Tercer viernes de septiembre. Perdí el sombrero. ¿Lo dejaría en el café de las portuguesas? Ojalá no me lo hagan perdedizo —“perdidizo”, dicen en España; sí, qué curiosa es nuestra lengua…—. Mientras tanto he resucitado en las reacciones de la calle Colón, cuando extraviábamos algo y entre groserías de letras irrepetibles dejábamos la decencia para más tarde, y así seguíamos, dale que dale, hasta que por fin aparecía el maldito tiliche, el mugroso cachivache, el estúpido cacharro. Mi abuela, oriunda de Jalisco y madre de dieciséis durante la Cristiada, decía que lo mejor era rezar un padrenuestro a medias, buscar el objeto perdido, y concluir con el “líbranos-del-mal-amén” al encontrarlo. Después he pensado que sólo es un sombrero, y qué más da.

Sábado 18 de septiembre. En el café me han dicho que la señorita Manoëlle —así se llama la empleada— lo guardó en su casillero. Que vuelva el lunes o el martes, señor, porque ella sólo trabaja tres días a la semana, y otra vez pedí un expreso después de acreditar mis inmunidades virales entre los dobleces del documento de marras. Por la noche pasé al supermercado; si se trata de morir de miedo en este apocalipsis sanitario, mejor perderse en la sección de los vinos antes que pertrecharse a cal y canto en los sillones de casa. Al salir, con tristeza he mirado el cierre definitivo de la panadería del barrio; si uno se lo piensa bien, ambos vocablos se parecen, “pandemia” y “panadería”, y en el regreso a casa he jugado a buscar parónimos, es decir, términos cercanos y tan distintos en un solo golpe de voz: “convicción” y “convicto”, “muérdago” y “muérgano”, “delación” y “delantal”… Como diría el Sabines, he aquí el patrimonio del transterrado, jugar con su idioma para sentirse de regreso en la casa de las palabras heredadas.

Domingo 19. Siempre septiembre. Día consagrado a los terremotos, y hoy mis padres cumplirían sesenta años de casados. ¿Y si la señorita Manoëlle renunciara a su trabajo y no volviese a las mesas del café? Es de color avellana, muy ligero y con aires irlandeses, ideal para los viajes porque se puede doblar y ocupa poco espacio en cualquier maleta. Los tengo de varios tonos y se lava con facilidad, aunque ese ya está un poco ajado; la inclinación de los rayos solares en la isla de Montreal —por no hablar de las banquetas congeladas siete meses al año— nos exige tales precauciones a los que perdimos el cabello a edades más bien inusitadas. Claro: para nosotros un sombrero siempre tendrá una justificación genética.

Lunes 20. Elecciones nacionales y la ocasión impuso descanso obligatorio. No fue un día feriado sino una jornada cívica, así es como lo explican. Me gustaría escribir al respecto, no sé, una columna que se llamara “La elección de su elección”, o algo así, porque aquí los comicios se celebran en lunes, aunque sin fechas preestablecidas. En los regímenes parlamentarios las votaciones pueden tener lugar a cada rato; de hecho, el escrutinio cambia muchísimo al paso de los gobiernos y de las esperanzas, aunque la ocasión nunca trae desbordamientos electoreros, eso sí que no. Y porque hoy los comercios en la isla de Montreal estuvieron cerrados, tendré que esperar hasta mañana para regresar al café de la señorita Manoëlle. No lo había previsto.

Martes 21. Aún septiembre. Ganaron los liberales. Tranquila, me ha reconocido detrás de la mascarilla, porque decidí jugármela, salir a la calle en la intemperie de la calvicie. Nomás entrar, a varias mesas de distancia, la señorita Manoëlle me ha dicho con las manos que esperara un poco, y se ha ido a la trastienda. Allí estaba ya, mi sombrero, insustituible, y me lo he calado muy al estilo del Che mientras recordaba una canción de Joaquín Sabina. Antes de pedir un expreso —gratis, qué amable—, algo he dejado en el pocillo de las buenas propinas y he agradecido tres veces con mi francés de playa de Miramar. Enseguida me lo ha preguntado: ¿mexicano?... Sí. Y es entonces que lo he comprendido, porque cualquier desarraigado necesita sentirse indiscutible de pronunciaciones, vigente de miradas natales por lo menos una vez al día, o siquiera dueño de los acentos con que se nombra hecho de tantas nostalgias.

Martes 21. Aún septiembre. Ganaron los liberales. Tranquila, me ha reconocido detrás de la mascarilla, porque decidí jugármela, salir a la calle en la intemperie de la calvicie. Nomás entrar, a varias mesas de distancia, la señorita Manoëlle me ha dicho con las manos que esperara un poco, y se ha ido a la trastienda

15 de septiembre. Día de la Independencia. La ceremonia no será lo mismo allá en el Zócalo, supongo. Quizás la pandemia nos haya cambiado para siempre: enemigos biológicos, conciudadanos del miedo, eso somos, gentilicios extraídos de la paranoia... Por cierto, entró en vigor el “pasaporte sanitario” y desde hace un par de semanas todos portamos el documento —digital o a la antigüita, impreso en papel— que nos acredita como almas sin virus de sospecha. El fastidio domina en las conversaciones mientras las bajas temperaturas en la isla de Montreal imponen las primeras bufandas del año. Para qué nos engañamos, el clima arrastra ya la melancolía de las cosas otoñales.

16 de septiembre. Jueves. ¡Viva México! Al mediodía entré al cafecito de mis rutinas, sobre la calle Saint-Laurent. Frente a la exigencia de la mesera, tan amable y también tan bajita —¿es nueva?..., imposible reconocerla detrás de la mascarilla—, he mostrado el certificado de vacunación sobre la hoja de mis descuidos, porque me robaron el teléfono celular, señorita, y después ha sido un expreso en una mesa de abrir un libro para mirar pasar los sueños del otro lado de los cristales. Como de reojo reconozco a las jubiladas portuguesas con sus arrugas de sonrisa desdentada; hace años que jugamos a las bromas repetidas: ellas insisten en hacerme brasileño mientras yo les reitero que vengo de otros rumbos, porque Tampico es como Lisboa, pero distinto, porque el Tajo es como el río Pánuco, pero diferente, o porque aquel Atlántico suyo es como el Golfo de México, con veranos de sol a toda hora y humedad de sudar mucho en cualquier paseo. Son tan mayores, y sus rostros traen gestos como de amnesias inmediatas.

Tercer viernes de septiembre. Perdí el sombrero. ¿Lo dejaría en el café de las portuguesas? Ojalá no me lo hagan perdedizo —“perdidizo”, dicen en España; sí, qué curiosa es nuestra lengua…—. Mientras tanto he resucitado en las reacciones de la calle Colón, cuando extraviábamos algo y entre groserías de letras irrepetibles dejábamos la decencia para más tarde, y así seguíamos, dale que dale, hasta que por fin aparecía el maldito tiliche, el mugroso cachivache, el estúpido cacharro. Mi abuela, oriunda de Jalisco y madre de dieciséis durante la Cristiada, decía que lo mejor era rezar un padrenuestro a medias, buscar el objeto perdido, y concluir con el “líbranos-del-mal-amén” al encontrarlo. Después he pensado que sólo es un sombrero, y qué más da.

Sábado 18 de septiembre. En el café me han dicho que la señorita Manoëlle —así se llama la empleada— lo guardó en su casillero. Que vuelva el lunes o el martes, señor, porque ella sólo trabaja tres días a la semana, y otra vez pedí un expreso después de acreditar mis inmunidades virales entre los dobleces del documento de marras. Por la noche pasé al supermercado; si se trata de morir de miedo en este apocalipsis sanitario, mejor perderse en la sección de los vinos antes que pertrecharse a cal y canto en los sillones de casa. Al salir, con tristeza he mirado el cierre definitivo de la panadería del barrio; si uno se lo piensa bien, ambos vocablos se parecen, “pandemia” y “panadería”, y en el regreso a casa he jugado a buscar parónimos, es decir, términos cercanos y tan distintos en un solo golpe de voz: “convicción” y “convicto”, “muérdago” y “muérgano”, “delación” y “delantal”… Como diría el Sabines, he aquí el patrimonio del transterrado, jugar con su idioma para sentirse de regreso en la casa de las palabras heredadas.

Domingo 19. Siempre septiembre. Día consagrado a los terremotos, y hoy mis padres cumplirían sesenta años de casados. ¿Y si la señorita Manoëlle renunciara a su trabajo y no volviese a las mesas del café? Es de color avellana, muy ligero y con aires irlandeses, ideal para los viajes porque se puede doblar y ocupa poco espacio en cualquier maleta. Los tengo de varios tonos y se lava con facilidad, aunque ese ya está un poco ajado; la inclinación de los rayos solares en la isla de Montreal —por no hablar de las banquetas congeladas siete meses al año— nos exige tales precauciones a los que perdimos el cabello a edades más bien inusitadas. Claro: para nosotros un sombrero siempre tendrá una justificación genética.

Lunes 20. Elecciones nacionales y la ocasión impuso descanso obligatorio. No fue un día feriado sino una jornada cívica, así es como lo explican. Me gustaría escribir al respecto, no sé, una columna que se llamara “La elección de su elección”, o algo así, porque aquí los comicios se celebran en lunes, aunque sin fechas preestablecidas. En los regímenes parlamentarios las votaciones pueden tener lugar a cada rato; de hecho, el escrutinio cambia muchísimo al paso de los gobiernos y de las esperanzas, aunque la ocasión nunca trae desbordamientos electoreros, eso sí que no. Y porque hoy los comercios en la isla de Montreal estuvieron cerrados, tendré que esperar hasta mañana para regresar al café de la señorita Manoëlle. No lo había previsto.

Martes 21. Aún septiembre. Ganaron los liberales. Tranquila, me ha reconocido detrás de la mascarilla, porque decidí jugármela, salir a la calle en la intemperie de la calvicie. Nomás entrar, a varias mesas de distancia, la señorita Manoëlle me ha dicho con las manos que esperara un poco, y se ha ido a la trastienda. Allí estaba ya, mi sombrero, insustituible, y me lo he calado muy al estilo del Che mientras recordaba una canción de Joaquín Sabina. Antes de pedir un expreso —gratis, qué amable—, algo he dejado en el pocillo de las buenas propinas y he agradecido tres veces con mi francés de playa de Miramar. Enseguida me lo ha preguntado: ¿mexicano?... Sí. Y es entonces que lo he comprendido, porque cualquier desarraigado necesita sentirse indiscutible de pronunciaciones, vigente de miradas natales por lo menos una vez al día, o siquiera dueño de los acentos con que se nombra hecho de tantas nostalgias.

Martes 21. Aún septiembre. Ganaron los liberales. Tranquila, me ha reconocido detrás de la mascarilla, porque decidí jugármela, salir a la calle en la intemperie de la calvicie. Nomás entrar, a varias mesas de distancia, la señorita Manoëlle me ha dicho con las manos que esperara un poco, y se ha ido a la trastienda