/ miércoles 19 de mayo de 2021

Autorretratos de hielo | Sandalias y sinónimos

La primera opción sería buscar un buen proverbio, de los que la Plaza de Armas estilaba en otro tiempo. Algo que dijese, tal vez, con grandilocuencia de pies firmes o sabiduría de huellas duraderas, que la “salud no está en el plato, sino en el zapato”, porque “con zapato muy justo nadie anda a gusto”, o porque “cuando veas tu zapato roto, no andará muy lejos el otro”, y etcétera.

La segunda opción, y por qué no, sería acudir a los poetas más canónicos de nuestra lengua para jugar a explicar los calzados en el Polo Norte: “caminante, no hay invierno, se hace zapato al andar”, o “puedo escribir zapatos más tristes en invierno”, o “este que ves, zapato colorido, que del arte ostentando sus inviernos” —con perdón de Machado, Neruda y de Sor Juana, claro está—. Sin embargo, ante la necesidad de adaptarse a los cambiantes pavimentos de su nuevo destino, lo más apropiado sería decir que, para el migrante tampiqueño, cualquier callejón en la isla de Montreal trasciende como posibilidad de aprendizajes. En efecto, para los desterrados de trópico resulta esencial informarse de las suelas más propicias durante las primaveras escarchadas, ensayar la ciencia de las pisadas sobre las nieves de abril o interiorizar la cortesía de tener que descalzarnos al entrar en las casas ajenas.

Sea como se prefiera, y porque todo está hecho de palabras, cualquier reflexión sobre los zapatos de mundos ajenos debería iniciar siempre en nuestros diccionarios. Ironías aparte, nuestra ignorancia de muchos de sus sinónimos nos hablará en silencio de los nombres que fuimos dejando en desuso en las riberas del río Pánuco: “almadreñas”, “zuecos”, “escarpines”, “babuchas”, “coturnos” o “borceguís”, por ejemplo. Por lo demás, si nuestra vivencia portuaria de la lengua española ha olvidado palabrejas como “caite”, “alborga” o “chanclo”, en Tampico aún sabemos sentirnos orgullosos de terminajos como “cacle” —heredado del náhuatl— o “huarache” —de raíces tarascas—. Y hay más botones de muestra, muchos más, aunque casi todos ellos oxidados por el salitre de los léxicos de Miramar: “alpargatas”, “chapines”, “chinelas”, “patucos”, “abarcas”… Para terminar el listado, digamos, pues, que vocablos como “galocha” o “choclo” también se presienten muy ineficaces en la tarea cotidiana de pronunciar como Dios manda las banquetas de la avenida Hidalgo, ¿no es cierto?

En fin, sigamos adelante. Si hemos reducido el inventario de las definiciones de nuestros pasos, se debe, sin duda, a que los hijos de la calle Colón siempre hemos sido habitantes de estaciones homogéneas, a saber, ciudadanos de un calor interminable, esto es, diciembres pronunciados con aceras de agosto y otoños con meses de mil veranos en cualquier rutina. En resumidas cuentas, porque para nosotros un zapato es muchas veces todos los días del año, diríase que los pies del Golfo de México construyen caminos casi lineales para recorrer el tiempo; en el otro extremo de la misma perspectiva, las veredas nórdicas, tan cíclicas y en apariencia tan intransitables, sostienen diálogos un poco más variopintos —aunque no por ello mucho más ricos— con el destino.

Ahora bien, en todos los calendarios polares hay un día marcado por el regreso a las sandalias. Palabras más palabras menos, todo sucede más o menos así: cuando la docilidad de la temperatura en la isla de Montreal nos invita, por fin, a reinventar la ligereza de nuestras caminatas, arriesgaremos casi de inmediato un primer viaje al armario; las buscaremos, allí están, y, con un trapo húmedo, limpiaremos el polvo de los casi nueve meses de su olvido irremediable. Después, como si en silencio nos hubiésemos puesto de acuerdo para desafiar las restricciones de la pandemia —aún hay toque de queda en la ciudad, y la policía vigila las esquinas de todas las noches—, saldremos a la ciudad para comprobar el unísono del mismo calzado en el rostro de todos los pasos peatonales.

Sin embargo, la primavera boreal también dicta desengaños. Después de haberlas rescatado del ropero, y seducidos por la ilusión de un verano incipiente, en más de una ocasión regresaremos apresurados a los zapatos de entretiempo ante los requiebros de alguna granizada o la persistencia de los vendavales. En consecuencia, entre marzo y abril —o, como ahora mismo, a veces también ya muy corrido el mes de mayo—, debemos rendirnos a la vigencia de un tiempo que aún aconseja chalecos y mangas largas. Ante tales decepciones, nuestras sandalias suelen convertirse en ruegos imprecisos, en algo así como reclamos meteorológicos, en una especie de zancadas que levantan la voz para suplicar, con los pies sobre la tierra de nuestros posibles resfríos, que por favor concluya, que de una buena vez se acaben los inviernos para siempre…

Tres meses, o más o menos, viviremos hechos de sandalias. Después, al asistir a los primeros fríos del otoño en el mes de septiembre, insistiremos en conservar nuestra condición de transeúntes estivales, muy a pesar de unas temperaturas que algo tienen ya de frustración y otro tanto de amenaza. Un poco antes de regresar a los escondites de nuestros guardarropas, esas mismas sandalias se han de transformar en una nostalgia anticipada, o, por qué no decirlo así, se significarán como el último exabrupto de un verano que aún no queremos comenzar a echar en falta. Al obstinarnos en llevarlas por las veredas de algún fin de semana, casi todos los pies de la ciudad hablarán del deseo de vivir un día más —siquiera una jornada más— sin inminencia de celliscas y sin pronósticos de lluvias congeladas.

Al final, cuando las inclemencias de octubre nos ofrezcan la sorpresa de algún viandante ligero de suelas, lo entenderemos todo... De hecho, con gesto de ternura y alma comprensiva recordaremos que nosotros también hemos sido alguna vez esa forma tampiqueña de caminar la isla de Montreal con sandalias fuera del tiempo, quise decir, ese mismo anhelo de pronunciar nuestros pasos más allá de los sinónimos.

Después de haberlas rescatado del ropero, y seducidos por la ilusión de un verano incipiente, en más de una ocasión regresaremos apresurados a los zapatos de entretiempo ante los requiebros de alguna granizada o la persistencia de los vendavales

La primera opción sería buscar un buen proverbio, de los que la Plaza de Armas estilaba en otro tiempo. Algo que dijese, tal vez, con grandilocuencia de pies firmes o sabiduría de huellas duraderas, que la “salud no está en el plato, sino en el zapato”, porque “con zapato muy justo nadie anda a gusto”, o porque “cuando veas tu zapato roto, no andará muy lejos el otro”, y etcétera.

La segunda opción, y por qué no, sería acudir a los poetas más canónicos de nuestra lengua para jugar a explicar los calzados en el Polo Norte: “caminante, no hay invierno, se hace zapato al andar”, o “puedo escribir zapatos más tristes en invierno”, o “este que ves, zapato colorido, que del arte ostentando sus inviernos” —con perdón de Machado, Neruda y de Sor Juana, claro está—. Sin embargo, ante la necesidad de adaptarse a los cambiantes pavimentos de su nuevo destino, lo más apropiado sería decir que, para el migrante tampiqueño, cualquier callejón en la isla de Montreal trasciende como posibilidad de aprendizajes. En efecto, para los desterrados de trópico resulta esencial informarse de las suelas más propicias durante las primaveras escarchadas, ensayar la ciencia de las pisadas sobre las nieves de abril o interiorizar la cortesía de tener que descalzarnos al entrar en las casas ajenas.

Sea como se prefiera, y porque todo está hecho de palabras, cualquier reflexión sobre los zapatos de mundos ajenos debería iniciar siempre en nuestros diccionarios. Ironías aparte, nuestra ignorancia de muchos de sus sinónimos nos hablará en silencio de los nombres que fuimos dejando en desuso en las riberas del río Pánuco: “almadreñas”, “zuecos”, “escarpines”, “babuchas”, “coturnos” o “borceguís”, por ejemplo. Por lo demás, si nuestra vivencia portuaria de la lengua española ha olvidado palabrejas como “caite”, “alborga” o “chanclo”, en Tampico aún sabemos sentirnos orgullosos de terminajos como “cacle” —heredado del náhuatl— o “huarache” —de raíces tarascas—. Y hay más botones de muestra, muchos más, aunque casi todos ellos oxidados por el salitre de los léxicos de Miramar: “alpargatas”, “chapines”, “chinelas”, “patucos”, “abarcas”… Para terminar el listado, digamos, pues, que vocablos como “galocha” o “choclo” también se presienten muy ineficaces en la tarea cotidiana de pronunciar como Dios manda las banquetas de la avenida Hidalgo, ¿no es cierto?

En fin, sigamos adelante. Si hemos reducido el inventario de las definiciones de nuestros pasos, se debe, sin duda, a que los hijos de la calle Colón siempre hemos sido habitantes de estaciones homogéneas, a saber, ciudadanos de un calor interminable, esto es, diciembres pronunciados con aceras de agosto y otoños con meses de mil veranos en cualquier rutina. En resumidas cuentas, porque para nosotros un zapato es muchas veces todos los días del año, diríase que los pies del Golfo de México construyen caminos casi lineales para recorrer el tiempo; en el otro extremo de la misma perspectiva, las veredas nórdicas, tan cíclicas y en apariencia tan intransitables, sostienen diálogos un poco más variopintos —aunque no por ello mucho más ricos— con el destino.

Ahora bien, en todos los calendarios polares hay un día marcado por el regreso a las sandalias. Palabras más palabras menos, todo sucede más o menos así: cuando la docilidad de la temperatura en la isla de Montreal nos invita, por fin, a reinventar la ligereza de nuestras caminatas, arriesgaremos casi de inmediato un primer viaje al armario; las buscaremos, allí están, y, con un trapo húmedo, limpiaremos el polvo de los casi nueve meses de su olvido irremediable. Después, como si en silencio nos hubiésemos puesto de acuerdo para desafiar las restricciones de la pandemia —aún hay toque de queda en la ciudad, y la policía vigila las esquinas de todas las noches—, saldremos a la ciudad para comprobar el unísono del mismo calzado en el rostro de todos los pasos peatonales.

Sin embargo, la primavera boreal también dicta desengaños. Después de haberlas rescatado del ropero, y seducidos por la ilusión de un verano incipiente, en más de una ocasión regresaremos apresurados a los zapatos de entretiempo ante los requiebros de alguna granizada o la persistencia de los vendavales. En consecuencia, entre marzo y abril —o, como ahora mismo, a veces también ya muy corrido el mes de mayo—, debemos rendirnos a la vigencia de un tiempo que aún aconseja chalecos y mangas largas. Ante tales decepciones, nuestras sandalias suelen convertirse en ruegos imprecisos, en algo así como reclamos meteorológicos, en una especie de zancadas que levantan la voz para suplicar, con los pies sobre la tierra de nuestros posibles resfríos, que por favor concluya, que de una buena vez se acaben los inviernos para siempre…

Tres meses, o más o menos, viviremos hechos de sandalias. Después, al asistir a los primeros fríos del otoño en el mes de septiembre, insistiremos en conservar nuestra condición de transeúntes estivales, muy a pesar de unas temperaturas que algo tienen ya de frustración y otro tanto de amenaza. Un poco antes de regresar a los escondites de nuestros guardarropas, esas mismas sandalias se han de transformar en una nostalgia anticipada, o, por qué no decirlo así, se significarán como el último exabrupto de un verano que aún no queremos comenzar a echar en falta. Al obstinarnos en llevarlas por las veredas de algún fin de semana, casi todos los pies de la ciudad hablarán del deseo de vivir un día más —siquiera una jornada más— sin inminencia de celliscas y sin pronósticos de lluvias congeladas.

Al final, cuando las inclemencias de octubre nos ofrezcan la sorpresa de algún viandante ligero de suelas, lo entenderemos todo... De hecho, con gesto de ternura y alma comprensiva recordaremos que nosotros también hemos sido alguna vez esa forma tampiqueña de caminar la isla de Montreal con sandalias fuera del tiempo, quise decir, ese mismo anhelo de pronunciar nuestros pasos más allá de los sinónimos.

Después de haberlas rescatado del ropero, y seducidos por la ilusión de un verano incipiente, en más de una ocasión regresaremos apresurados a los zapatos de entretiempo ante los requiebros de alguna granizada o la persistencia de los vendavales