/ lunes 13 de mayo de 2019

Bukowski, alias Barfly

Charles Bukowski fue un beat frontal, indiscutible poseedor de un estilo calificado como soez y de hálito exhibicionista lo que le permitió concretar sus obsesiones de modo efectista, dándole a su prosa autenticidad y a sus historias condición de escritor maldito.

En el cine, pocos directores se aventuraron a adaptar obras de Bukowski. Uno de ellos fue el belga Dominique Deruddere, quien urdió con cierta ponzoña El amor es un perro infernal/ 1987 tres relatos y los acotó en una reflexión sórdida y de-sesperanzadora sobre las etapas de un hombre que descubre que el ideal no tiene nada de paradisiaco.

Antes, el italiano Marco Ferreri plasmó en Ordinaria locura/1981 a un auténtico alter ego de Bukowski mediante la historia de un escritor frustrado, alcohólico y adicto al sexo.

Luego, bajo la tutela de Francis Ford Coppola, el francés Barbet Schroeder realiza en 1987 Barfly, filme cuya pepita de oro es un guion de Charles Bukowski, el cual extrapola algunos tintes autobiográficos de este escritor “maldito” a través de su alter ego Henry Chinaski.

Con sorpresiva mirada y conocedor de la obra de Bukowski, Schroeder penetra con punzantes y honestos diálogos en la vida de Chinaski/ Mickey Rourke, un paria alcohólico cuyo itinerario es malgastarse de bar en bar, en medio de peleas, dádivas de tragos y relaciones con perdedores de su nivel.

A diferencia de Ordinaria locura, que aborda también la vida de Bukowski, Barfly (titulada en México como El borracho) no destila la pedantería literaria con recitaciones directas sobre textos del autor de Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones sino que desahoga eficazmente el guión, en parte debido a las aceptables actuaciones de Rourke y Faye Dunaway en roles de borrachos extraviados en un vacío que los lleva al encuentro (in) existencial.

Si bien algunas líneas son seductoramente literarias (“se necesita un talento especial para ser un borracho, se necesita resistencia; la resistencia es más importante que la verdad”) es en los entrecruces de situaciones asfixiantes (el departamento de Dunaway, el bar Golden Horn, la mansión de la joven editora, el nauseabundo cuarto de Chinaski) donde el filme responde a las expectativas ontológicas.

Barfly compitió en 1988 por la Palma de Oro en el Festival de Cannes…


Charles Bukowski fue un beat frontal, indiscutible poseedor de un estilo calificado como soez y de hálito exhibicionista lo que le permitió concretar sus obsesiones de modo efectista, dándole a su prosa autenticidad y a sus historias condición de escritor maldito.

En el cine, pocos directores se aventuraron a adaptar obras de Bukowski. Uno de ellos fue el belga Dominique Deruddere, quien urdió con cierta ponzoña El amor es un perro infernal/ 1987 tres relatos y los acotó en una reflexión sórdida y de-sesperanzadora sobre las etapas de un hombre que descubre que el ideal no tiene nada de paradisiaco.

Antes, el italiano Marco Ferreri plasmó en Ordinaria locura/1981 a un auténtico alter ego de Bukowski mediante la historia de un escritor frustrado, alcohólico y adicto al sexo.

Luego, bajo la tutela de Francis Ford Coppola, el francés Barbet Schroeder realiza en 1987 Barfly, filme cuya pepita de oro es un guion de Charles Bukowski, el cual extrapola algunos tintes autobiográficos de este escritor “maldito” a través de su alter ego Henry Chinaski.

Con sorpresiva mirada y conocedor de la obra de Bukowski, Schroeder penetra con punzantes y honestos diálogos en la vida de Chinaski/ Mickey Rourke, un paria alcohólico cuyo itinerario es malgastarse de bar en bar, en medio de peleas, dádivas de tragos y relaciones con perdedores de su nivel.

A diferencia de Ordinaria locura, que aborda también la vida de Bukowski, Barfly (titulada en México como El borracho) no destila la pedantería literaria con recitaciones directas sobre textos del autor de Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones sino que desahoga eficazmente el guión, en parte debido a las aceptables actuaciones de Rourke y Faye Dunaway en roles de borrachos extraviados en un vacío que los lleva al encuentro (in) existencial.

Si bien algunas líneas son seductoramente literarias (“se necesita un talento especial para ser un borracho, se necesita resistencia; la resistencia es más importante que la verdad”) es en los entrecruces de situaciones asfixiantes (el departamento de Dunaway, el bar Golden Horn, la mansión de la joven editora, el nauseabundo cuarto de Chinaski) donde el filme responde a las expectativas ontológicas.

Barfly compitió en 1988 por la Palma de Oro en el Festival de Cannes…


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