/ lunes 29 de junio de 2020

Café a media luz | Cuestión de opiniones

La diversidad de opiniones permite a una sociedad, crecer en criterio de forma ordenada, plural y respetuosa. Los miembros de esta deberán asumir con madurez cuando alguien más tiene la razón y, en contrasentido, respetar cuando se les contradiga a pesar de demostrar con argumentos sólidos que les asiste el atino en las opiniones que expresan a sus congéneres.

Cuando exista esa cordura entre las partes, la comunidad marchará de manera vigorosa a otro nivel de civilidad.

Recientemente y gracias a los avances tecnológicos de la computación y por los canales que hoy representan las redes sociales, tuve la oportunidad de hablar con un buen amigo, otrora funcionario público de México, y desde hace muchos años radicado en el extranjero, el cual es originario de esta ciudad y puerto.

La nación en la que vive ha sido, al igual que el resto del mundo, golpeada severamente por la pandemia del nuevo virus SARS – COV – 2 que provoca la enfermedad de Covid-19 y, así como en México, el Gobierno de aquella nación les ordenó a los habitantes resguardarse en sus casas para evitar la propagación del mal. A diferencia de aquí, en su patria adoptiva la indicación llegó tarde y, en cuestión de días, el sistema de salud de ese país estaba colapsado. Hoy están en la etapa de rebrotes.

Me preguntó por la situación que guardaba México y en particular Tampico, ante ese respecto, así que le compartí los datos. Tanto los de la generalidad nacional, como los particulares que le refieren a Tampico y, como un agregado, los de nuestras ciudades hermanas, Ciudad Madero y Altamira. Empero, con la finalidad de suavizar el tema, se me ocurrió platicarle acerca de las obras que muy pronto empezarán aquí.

Le platiqué acerca de los nuevos mercados y su majestuosa belleza coronada por el paisaje que representa el río Pánuco y la Aduana Marítima. La modernización de los espacios de las tradicionales tortas de la barda. Le describí el megaproyecto de la laguna del Carpintero, con sus andadores, su recinto ferial permanente, un parque de las artes, jardín de perros, ciclovías y el pequeño malecón. Le mencioné que muy pronto tendríamos la segunda rueda de la fortuna más grande de México. Y, por último, le hablé sobre el Metrobús que uniría a Tampico con Altamira.

“¿Y ya les dijeron cuáles serán las normas y lineamientos para asistir y usar todo eso una vez que entren en la etapa de la nueva normalidad?”, me preguntó después de escucharme con atención y guardar unos instantes de silencio. “No”, le contesté y, en un afán de defender mi postura, agregué: “Pero seguramente lo harán con tiempo y todo de acuerdo con lo que se disponga a nivel nacional para evitar que se siga propagando la enfermedad o que haya rebrotes y nuevos contagios”.

Nuevamente y con un aire de condescendencia, este buen amigo me insistió: “Si crees que las cosas serán igual que antes te equivocas. El cambio de cultura y de actitud es complejo y difícil. La convivencia con el virus será permanente y con una sola persona que se enferme en un lugar, todo ese recinto, espacio, negocio, empresa o escuela, deberá empezar un proceso de sanitización. En particular los lugares de uso común y de esparcimiento deberán ser atendidos después ser manipulados por la gente.”

Una vez más, este servidor, quiso demostrar la seguridad que prevalece en la nación, así que arremetí señalando que “¡Estoy seguro de que las autoridades ya tienen contemplado todo eso!”. Nuevamente, mi camarada, que me lleva algunos años, llevó mi perspectiva del entorno gubernamental al, netamente, social y me recalcó: “El problema no es el gobierno. Pues ningún presidente o gobernador desea ver morir a la población, o en el sentido burocrático, demostrar la fragilidad de sus sistemas de salud. El conflicto aparece, por lo general, entre los ciudadanos que no acatan las reglas.”

Después de ese argumento me lanzó una pregunta. “¿Tu crees que, una vez inauguradas todas esas obras, la ciudadanía respetará la sana distancia?, ¿Se mantendrán alejadas las parejas o las familias en los andadores y jardines que tanto me presumes?, ¿Las mujeres y hombres que intercambian dinero de mano en mano en el mercado usarán gel después de despachar a cada cliente?, ¿Habrá un alejamiento entre las personas cuando usen el transporte público si ustedes normalmente viajan en carros de ruta?”

El silencio que antes lo acompañó a él, ahora estaba conmigo. Así que, al verme callado, continuó así: “Lo que no se entiende es que, hasta este momento, no hay cura para la enfermedad, porque era un mal que no existía para el ser humano. Hoy está afectando a las personas. Algunos sobreviven y otros no. Los hospitales solo resguardan a los enfermos en estado crítico. Si la cultura de la población no cambia, los contagios se seguirán manifestando por tiempo indefinido como acá, que ya estamos en la etapa de los rebrotes”.

Nuevamente guardé silencio. Debo confesarle, querido amigo lector que, por un instante, cayó sobre mí una losa de incredulidad. Busqué la exageración en las palabras de mi interlocutor, pero, al mismo tiempo, la duda me hizo su presa. “¿Y si tiene razón?”, “¿De verdad todo cambiará de como lo conocemos?”, “¿Cómo será la permanencia en las oficinas o en las escuelas, o asistir al cine o cualquier otro espectáculo público?”

Cuando me percaté sobre la inseguridad de mi postura, no me quedó más remedio que reflexionar ante este respecto y preguntarme ¿Las autoridades tendrán contemplado un paquete de normas para el uso y disfrute de las obras que están anunciando “con bombo y platillo”? y, sobre todo, ¿Los ciudadanos acataremos estos reglamentos en bien de nosotros mismos?

Y hasta aquí, pues como decía cierto periodista, “El tiempo apremia y el espacio se agota”.

¡Hasta la próxima!

La diversidad de opiniones permite a una sociedad, crecer en criterio de forma ordenada, plural y respetuosa. Los miembros de esta deberán asumir con madurez cuando alguien más tiene la razón y, en contrasentido, respetar cuando se les contradiga a pesar de demostrar con argumentos sólidos que les asiste el atino en las opiniones que expresan a sus congéneres.

Cuando exista esa cordura entre las partes, la comunidad marchará de manera vigorosa a otro nivel de civilidad.

Recientemente y gracias a los avances tecnológicos de la computación y por los canales que hoy representan las redes sociales, tuve la oportunidad de hablar con un buen amigo, otrora funcionario público de México, y desde hace muchos años radicado en el extranjero, el cual es originario de esta ciudad y puerto.

La nación en la que vive ha sido, al igual que el resto del mundo, golpeada severamente por la pandemia del nuevo virus SARS – COV – 2 que provoca la enfermedad de Covid-19 y, así como en México, el Gobierno de aquella nación les ordenó a los habitantes resguardarse en sus casas para evitar la propagación del mal. A diferencia de aquí, en su patria adoptiva la indicación llegó tarde y, en cuestión de días, el sistema de salud de ese país estaba colapsado. Hoy están en la etapa de rebrotes.

Me preguntó por la situación que guardaba México y en particular Tampico, ante ese respecto, así que le compartí los datos. Tanto los de la generalidad nacional, como los particulares que le refieren a Tampico y, como un agregado, los de nuestras ciudades hermanas, Ciudad Madero y Altamira. Empero, con la finalidad de suavizar el tema, se me ocurrió platicarle acerca de las obras que muy pronto empezarán aquí.

Le platiqué acerca de los nuevos mercados y su majestuosa belleza coronada por el paisaje que representa el río Pánuco y la Aduana Marítima. La modernización de los espacios de las tradicionales tortas de la barda. Le describí el megaproyecto de la laguna del Carpintero, con sus andadores, su recinto ferial permanente, un parque de las artes, jardín de perros, ciclovías y el pequeño malecón. Le mencioné que muy pronto tendríamos la segunda rueda de la fortuna más grande de México. Y, por último, le hablé sobre el Metrobús que uniría a Tampico con Altamira.

“¿Y ya les dijeron cuáles serán las normas y lineamientos para asistir y usar todo eso una vez que entren en la etapa de la nueva normalidad?”, me preguntó después de escucharme con atención y guardar unos instantes de silencio. “No”, le contesté y, en un afán de defender mi postura, agregué: “Pero seguramente lo harán con tiempo y todo de acuerdo con lo que se disponga a nivel nacional para evitar que se siga propagando la enfermedad o que haya rebrotes y nuevos contagios”.

Nuevamente y con un aire de condescendencia, este buen amigo me insistió: “Si crees que las cosas serán igual que antes te equivocas. El cambio de cultura y de actitud es complejo y difícil. La convivencia con el virus será permanente y con una sola persona que se enferme en un lugar, todo ese recinto, espacio, negocio, empresa o escuela, deberá empezar un proceso de sanitización. En particular los lugares de uso común y de esparcimiento deberán ser atendidos después ser manipulados por la gente.”

Una vez más, este servidor, quiso demostrar la seguridad que prevalece en la nación, así que arremetí señalando que “¡Estoy seguro de que las autoridades ya tienen contemplado todo eso!”. Nuevamente, mi camarada, que me lleva algunos años, llevó mi perspectiva del entorno gubernamental al, netamente, social y me recalcó: “El problema no es el gobierno. Pues ningún presidente o gobernador desea ver morir a la población, o en el sentido burocrático, demostrar la fragilidad de sus sistemas de salud. El conflicto aparece, por lo general, entre los ciudadanos que no acatan las reglas.”

Después de ese argumento me lanzó una pregunta. “¿Tu crees que, una vez inauguradas todas esas obras, la ciudadanía respetará la sana distancia?, ¿Se mantendrán alejadas las parejas o las familias en los andadores y jardines que tanto me presumes?, ¿Las mujeres y hombres que intercambian dinero de mano en mano en el mercado usarán gel después de despachar a cada cliente?, ¿Habrá un alejamiento entre las personas cuando usen el transporte público si ustedes normalmente viajan en carros de ruta?”

El silencio que antes lo acompañó a él, ahora estaba conmigo. Así que, al verme callado, continuó así: “Lo que no se entiende es que, hasta este momento, no hay cura para la enfermedad, porque era un mal que no existía para el ser humano. Hoy está afectando a las personas. Algunos sobreviven y otros no. Los hospitales solo resguardan a los enfermos en estado crítico. Si la cultura de la población no cambia, los contagios se seguirán manifestando por tiempo indefinido como acá, que ya estamos en la etapa de los rebrotes”.

Nuevamente guardé silencio. Debo confesarle, querido amigo lector que, por un instante, cayó sobre mí una losa de incredulidad. Busqué la exageración en las palabras de mi interlocutor, pero, al mismo tiempo, la duda me hizo su presa. “¿Y si tiene razón?”, “¿De verdad todo cambiará de como lo conocemos?”, “¿Cómo será la permanencia en las oficinas o en las escuelas, o asistir al cine o cualquier otro espectáculo público?”

Cuando me percaté sobre la inseguridad de mi postura, no me quedó más remedio que reflexionar ante este respecto y preguntarme ¿Las autoridades tendrán contemplado un paquete de normas para el uso y disfrute de las obras que están anunciando “con bombo y platillo”? y, sobre todo, ¿Los ciudadanos acataremos estos reglamentos en bien de nosotros mismos?

Y hasta aquí, pues como decía cierto periodista, “El tiempo apremia y el espacio se agota”.

¡Hasta la próxima!