/ miércoles 17 de julio de 2019

Cine islandés

En términos del cine europeo Carneros (Hrútar) / Islandia- Dinamarca-2015 es un ejemplo apropiado para entender los esquemas mismos de su producción y ejecución estéticos:

Recreación de ambientes costumbristas, virulencia contenida o explayada en enfoques subyacentes, rigor en el formalismo narrativo, fotografía estereotipada en colores pasteles húmedos. El documentalista Grímur Hákonarson irumpe con este filme de ficción de estupenda manera. La coralidad intimista y entrañable que le insufla a su reducido grupo de personajes ovejeros en la región de Bardarlur, en la parte septentrional de Islandia, se funde en un vaivén de melodrama más cercano al Aki Kaurismakimi de Luces al atardecer o Ariel, donde la frialdad (y es literal decirlo) de la realidad se contrapone a un letargo vivencial sólo distraído por los cumplimientos de un folclor inamovible, pese a los tufos de la globalización. Así, el drama de los hermanos maduros y ermitaños Kiddi/ Theodor Juliusson, rudo y bebedor, y Gummi/ Sigurour Sigurjonsson, más conciliador, es llevado por el director Hákonarson por terrenos de la complacencia festivalera. Es decir, Carneros es un filme que -como las películas de Carlos Reygadas- ponen todos los huevos en una misma canasta: los festivales. Y eso es este filme. Un discurso entrañable donde la nimiedad de las relaciones humanas parecería estar suspendida en un tiempo semi bucólico que se niega a la inserción en la contemporaneidad, hasta que una enfermedad mortal (scrapie, tembladera en los carneros) lleva al gobierno local a sacrificar a todos los ejemplares rumiantes.

A partir de este evento inesperado, la película adquiere tintes de fraternidad obligada. Los hermanos, que no se hablan desde décadas, ahora tienen que unirse para enfrentar la problemática, puesto que es su medio de subsistencia ancestral la que está en peligro. Poderosa metáfora, incluso, de la desintegración europea es en sí Carneros. No queda otro camino que la de unir esfuerzos. Los tiempos de a ver quién se llevaba el premio por mejor carnero y las mezquindades al borde de la puerilidad de los hermanos, tendrán que encuadrarse en una nueva dimensión de convivencia. Ante la inminencia de la desaparición de su fuente de ingresos y, por lo mismo, de su razón de ser, la unidad se vislumbra como un paradigma si bien no del todo propicio, al menos viable para continuar en esas latitudes gélidas y apartadas…

En términos del cine europeo Carneros (Hrútar) / Islandia- Dinamarca-2015 es un ejemplo apropiado para entender los esquemas mismos de su producción y ejecución estéticos:

Recreación de ambientes costumbristas, virulencia contenida o explayada en enfoques subyacentes, rigor en el formalismo narrativo, fotografía estereotipada en colores pasteles húmedos. El documentalista Grímur Hákonarson irumpe con este filme de ficción de estupenda manera. La coralidad intimista y entrañable que le insufla a su reducido grupo de personajes ovejeros en la región de Bardarlur, en la parte septentrional de Islandia, se funde en un vaivén de melodrama más cercano al Aki Kaurismakimi de Luces al atardecer o Ariel, donde la frialdad (y es literal decirlo) de la realidad se contrapone a un letargo vivencial sólo distraído por los cumplimientos de un folclor inamovible, pese a los tufos de la globalización. Así, el drama de los hermanos maduros y ermitaños Kiddi/ Theodor Juliusson, rudo y bebedor, y Gummi/ Sigurour Sigurjonsson, más conciliador, es llevado por el director Hákonarson por terrenos de la complacencia festivalera. Es decir, Carneros es un filme que -como las películas de Carlos Reygadas- ponen todos los huevos en una misma canasta: los festivales. Y eso es este filme. Un discurso entrañable donde la nimiedad de las relaciones humanas parecería estar suspendida en un tiempo semi bucólico que se niega a la inserción en la contemporaneidad, hasta que una enfermedad mortal (scrapie, tembladera en los carneros) lleva al gobierno local a sacrificar a todos los ejemplares rumiantes.

A partir de este evento inesperado, la película adquiere tintes de fraternidad obligada. Los hermanos, que no se hablan desde décadas, ahora tienen que unirse para enfrentar la problemática, puesto que es su medio de subsistencia ancestral la que está en peligro. Poderosa metáfora, incluso, de la desintegración europea es en sí Carneros. No queda otro camino que la de unir esfuerzos. Los tiempos de a ver quién se llevaba el premio por mejor carnero y las mezquindades al borde de la puerilidad de los hermanos, tendrán que encuadrarse en una nueva dimensión de convivencia. Ante la inminencia de la desaparición de su fuente de ingresos y, por lo mismo, de su razón de ser, la unidad se vislumbra como un paradigma si bien no del todo propicio, al menos viable para continuar en esas latitudes gélidas y apartadas…

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