/ lunes 4 de mayo de 2020

Con Café y a Media Luz | De absurdos y necedades

“¡Eso es absurdo!”, me gritó por teléfono un buen amigo dedicado al transporte público después de que le llamé para confirmarle que, según el mapa proporcionado por el Gobierno del Estado, en los sectores de su ruta hay, curiosamente, once casos de Covid–19. Con carcajadas que más que alegría denotaban una molestia por el motivo de mi llamada me recitó el total de las colonias por las que transita diariamente, incluida la zona centro de la ciudad.

Aun amable le insistí en que el motivo de mi llamada, derivado del aprecio que le tengo por los años de conocernos, era para pedirle que tomara las precauciones debidas en su persona y vehículo pues, según han comentado las autoridades sanitarias, los casos activos presentaron síntomas en los últimos catorce días, ello implicaba que fueron contagiados con anterioridad y no se habían percatado.

El comentario detonó “como bomba”. “¡¿Y qué quieres que haga?!” me dijo casi gritando en la bocina de su celular para, después, como si fuera un infiltrado en el aparato burocrático de alto nivel en nuestro país, sostenerme que el SARS – COV – 2 era un invento de los Estados Unidos y de otros países del mundo para desestabilizar los precios del petróleo y así colapsar la economía mundial.

Ante tal muestra de necedad, le agradecí el haberme atendido la llamada y le insté a que se cuidara.

Tal pareciera que el dedicar la columna de hoy a la llamada con un trabajador del volante pudiera interpretarse como una broma o incluso una pérdida de tiempo para usted, gentil amigo lector. Sin embargo, es un llamado a la reflexión porque ese comportamiento de “relajación” e incredulidad ante las medidas sanitarias está, riesgosamente, creciendo y permeándose con el ejemplo, entre los miembros de la comunidad.

El pasado 30 de abril varios centenares de padres de familia abarrotaron, por lo menos, dos sucursales de un conocido restaurante de comida rápida para llevar. Si bien es cierto que, ese modelo de negocio no está habilitado para disfrutar de los alimentos allí mismo, también es verdad que hombres y mujeres hicieron fila a las afueras y en el interior de los locales, sin cubrebocas y sin respetar la “sana distancia” por un espacio considerado de tiempo.

¿Qué va a ocurrir si alguno de los asistentes a esa fila estaba enfermo?

¿Gusta otro ejemplo?

Desde el inicio del protocolo sanitario para evitar la propagación del virus, las tiendas de conveniencia y otros establecimientos que cuentan con la licencia para expender líquidos embriagantes recibieron la instrucción de no vender alcohol. El motivo de esta decisión tiene un trasfondo cultural: El mexicano, para “disfrutar plenamente” la ingesta de ese tipo de bebidas, lo debe hacer acompañado y, entre más personas, mejor.

Pues bien, ante la restricción, han empezado a surgir “héroes urbanos” –entiéndase el sarcasmo– quienes, a través de las redes sociales de la localidad dedicadas al comercio y el trueque de artículos varios, han ofertado todo tipo de licores. Las botellas nuevas que tenían en la vitrina de la casa, lo que sobró de la quinceañera de la niña o, algunos más avezados, que están vendiendo lo que tenían guardado en la bodega de su establecimiento. Esta es solo la primera mitad del problema. La segunda la conforman aquellos que sin mediar su salud y la de su familia, ofrecen la suma de dinero solicitada y adquieren el producto para sobrellevar el tormento que les representa el encierro.


No debemos olvidar que grandes metrópolis de México y el mundo manifestaron recientemente ese proceder de “incredulidad” y necedad, calificando de “absurdas” e innecesarias las directrices marcadas por las autoridades y, como toda respuesta, continuaron saliendo a la calle, teniendo reuniones, abarrotando centros comerciales y acudiendo en masa a lugares públicos por el mero gusto de convivir. El resultado de esta conducta hoy lo estamos viendo.


En el caso de nuestra nación, se han superado los veintidós mil contagios y las dos mil defunciones. Los hospitales habilitados en la capital del país para atender a los pacientes están a tope y el evento más dramático ocurrió el pasado 1 de mayo en el nosocomio “Las Américas” de Ecatepec, en el que una familia ingresó de manera violenta a las instalaciones ante el rumor de que su familiar había fallecido y no les notificaban algo al respecto. El tumulto de poco más de diez individuos agredió a personal médico y de enfermería abonando con esta acción a otro “absurdo” fenómeno social: el de rechazo a los profesionales de la salud que están laborando en bien de la población.


Por último, y como un mero detalle a esta serie de inconsistencias sociales y técnicas de “ojos ciegos” y “oídos sordos”, debemos señalar con absoluto respeto que continúa la discordancia de las cifras entre organismos y dependencias, pues en el mapa de monitoreo de Covid-19 por municipio desarrollado por la UNAM, Tampico presenta hasta el día de ayer domingo, 7 casos activos y 26 acumulados; Ciudad Madero arroja 4 activos y 14 acumulados; Altamira por su parte muestra 1 caso activo y 9 acumulados. Empero, si se consulta la aplicación del gobierno del estado las cifras son, para Tampico 99 casos positivos, Ciudad Madero con 77 y Altamira con 20.


Sería lamentable que esta situación ocurriera en el resto de las entidades federativas y, obviando esta inconsistencia en los números, se estén tomando decisiones sobre la implementación y desarrollo de los protocolos sanitarios ahora que vamos rumbo al levantamiento de la cuarentena. ¿No cree usted, gentil amigo lector?


Y hasta aquí, pues como decía cierto periodista: “El tiempo apremia y el espacio se agota”.


¡Hasta la próxima!


“¡Eso es absurdo!”, me gritó por teléfono un buen amigo dedicado al transporte público después de que le llamé para confirmarle que, según el mapa proporcionado por el Gobierno del Estado, en los sectores de su ruta hay, curiosamente, once casos de Covid–19. Con carcajadas que más que alegría denotaban una molestia por el motivo de mi llamada me recitó el total de las colonias por las que transita diariamente, incluida la zona centro de la ciudad.

Aun amable le insistí en que el motivo de mi llamada, derivado del aprecio que le tengo por los años de conocernos, era para pedirle que tomara las precauciones debidas en su persona y vehículo pues, según han comentado las autoridades sanitarias, los casos activos presentaron síntomas en los últimos catorce días, ello implicaba que fueron contagiados con anterioridad y no se habían percatado.

El comentario detonó “como bomba”. “¡¿Y qué quieres que haga?!” me dijo casi gritando en la bocina de su celular para, después, como si fuera un infiltrado en el aparato burocrático de alto nivel en nuestro país, sostenerme que el SARS – COV – 2 era un invento de los Estados Unidos y de otros países del mundo para desestabilizar los precios del petróleo y así colapsar la economía mundial.

Ante tal muestra de necedad, le agradecí el haberme atendido la llamada y le insté a que se cuidara.

Tal pareciera que el dedicar la columna de hoy a la llamada con un trabajador del volante pudiera interpretarse como una broma o incluso una pérdida de tiempo para usted, gentil amigo lector. Sin embargo, es un llamado a la reflexión porque ese comportamiento de “relajación” e incredulidad ante las medidas sanitarias está, riesgosamente, creciendo y permeándose con el ejemplo, entre los miembros de la comunidad.

El pasado 30 de abril varios centenares de padres de familia abarrotaron, por lo menos, dos sucursales de un conocido restaurante de comida rápida para llevar. Si bien es cierto que, ese modelo de negocio no está habilitado para disfrutar de los alimentos allí mismo, también es verdad que hombres y mujeres hicieron fila a las afueras y en el interior de los locales, sin cubrebocas y sin respetar la “sana distancia” por un espacio considerado de tiempo.

¿Qué va a ocurrir si alguno de los asistentes a esa fila estaba enfermo?

¿Gusta otro ejemplo?

Desde el inicio del protocolo sanitario para evitar la propagación del virus, las tiendas de conveniencia y otros establecimientos que cuentan con la licencia para expender líquidos embriagantes recibieron la instrucción de no vender alcohol. El motivo de esta decisión tiene un trasfondo cultural: El mexicano, para “disfrutar plenamente” la ingesta de ese tipo de bebidas, lo debe hacer acompañado y, entre más personas, mejor.

Pues bien, ante la restricción, han empezado a surgir “héroes urbanos” –entiéndase el sarcasmo– quienes, a través de las redes sociales de la localidad dedicadas al comercio y el trueque de artículos varios, han ofertado todo tipo de licores. Las botellas nuevas que tenían en la vitrina de la casa, lo que sobró de la quinceañera de la niña o, algunos más avezados, que están vendiendo lo que tenían guardado en la bodega de su establecimiento. Esta es solo la primera mitad del problema. La segunda la conforman aquellos que sin mediar su salud y la de su familia, ofrecen la suma de dinero solicitada y adquieren el producto para sobrellevar el tormento que les representa el encierro.


No debemos olvidar que grandes metrópolis de México y el mundo manifestaron recientemente ese proceder de “incredulidad” y necedad, calificando de “absurdas” e innecesarias las directrices marcadas por las autoridades y, como toda respuesta, continuaron saliendo a la calle, teniendo reuniones, abarrotando centros comerciales y acudiendo en masa a lugares públicos por el mero gusto de convivir. El resultado de esta conducta hoy lo estamos viendo.


En el caso de nuestra nación, se han superado los veintidós mil contagios y las dos mil defunciones. Los hospitales habilitados en la capital del país para atender a los pacientes están a tope y el evento más dramático ocurrió el pasado 1 de mayo en el nosocomio “Las Américas” de Ecatepec, en el que una familia ingresó de manera violenta a las instalaciones ante el rumor de que su familiar había fallecido y no les notificaban algo al respecto. El tumulto de poco más de diez individuos agredió a personal médico y de enfermería abonando con esta acción a otro “absurdo” fenómeno social: el de rechazo a los profesionales de la salud que están laborando en bien de la población.


Por último, y como un mero detalle a esta serie de inconsistencias sociales y técnicas de “ojos ciegos” y “oídos sordos”, debemos señalar con absoluto respeto que continúa la discordancia de las cifras entre organismos y dependencias, pues en el mapa de monitoreo de Covid-19 por municipio desarrollado por la UNAM, Tampico presenta hasta el día de ayer domingo, 7 casos activos y 26 acumulados; Ciudad Madero arroja 4 activos y 14 acumulados; Altamira por su parte muestra 1 caso activo y 9 acumulados. Empero, si se consulta la aplicación del gobierno del estado las cifras son, para Tampico 99 casos positivos, Ciudad Madero con 77 y Altamira con 20.


Sería lamentable que esta situación ocurriera en el resto de las entidades federativas y, obviando esta inconsistencia en los números, se estén tomando decisiones sobre la implementación y desarrollo de los protocolos sanitarios ahora que vamos rumbo al levantamiento de la cuarentena. ¿No cree usted, gentil amigo lector?


Y hasta aquí, pues como decía cierto periodista: “El tiempo apremia y el espacio se agota”.


¡Hasta la próxima!