/ martes 19 de noviembre de 2019

Crisis de Autoconfianza

De cara a las ambiciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para relegirse, y en pleno proceso de investigación para la apertura de un proceso de juicio político (impeachment), por señalamientos de haber colaborado con el gobierno de Ucrania durante su primera campaña por la presidencia, todo indica que la sociedad estadounidense vive envuelta en un ambiente tan deshumanizado, que parecen ya incapaces de asumir la tarea de tomar sus propias decisiones.

Es una crisis de autoconfianza que afecta sin distinción a un alto rango de la poblacion; desde los trabajadores urbanos de Nueva York y Detroit, hasta los agricultores de Lousiana. Se advierte una pérdida de identidad en la búsqueda de “ese no se qué”, mezcla de esoterismo y parasicología, en donde supuestamente está la clave de la felicidad. Se nota el desesperado intento de reemplazar valores considerados caducos por otros que huelan a nuevo. La inquietud aumenta cada día y el razonamiento para ello nadie lo encuentra.

Mientras tanto, los hijos de la cultura tecnológica asociada a 2.0 vuelven sus ojos esperanzados---¿e ingenuos?— hacia todo lo que aparezca cubierto por ese halo mágico que nadie se atreve a cuantificar, porque es imposible; como corresponde a esta era de pragmatismo y avances científicos y tecnológicos en los que paradójicamente, el culto a lo irracional de manera asombrosa gana terreno. Se estima que cada vez más gente cree, de alguna manera, en los fenómenos paranormales. Se admite la presencia de fantasmas, brujas, hechiceros e incluso se cree en seres alienígenas, y que el fin de los tiempos está cercano, pese a no existir pruebas reales. El ansia de creer en cualquier cosa por disparatada e ilógica que parezca no tiene barreras sociales, ni económicas ni políticas. Estudiantes, profesionales, doctores, empresarios o ideólogos, forman parte de la actitud masiva de aceptación anticrítica de lo inexplicable, hecho que adquiere los caracteres de una seria crisis; estado que exhibe un efecto de transferencia en la vida política convertida hoy más que nunca en un espectáculo de circo.

Lo que ocurre en Estados Unidos es como para asustarse. Esta aparente ansia de cientos de miles de personas por arrojarse en brazos de cualquier idea movidos, incluso, por los resortes del miedo y el odio, denota un total abandono del razonamiento y de la lógica. ¿Existe manera de rescatar de las garras de lo irracional a seres humanos que parecen ser sensatos e inteligentes en todos los demás aspectos de sus vidas? Nadie tiene la respuesta. Por ejemplo, aun en la considerada crema intelectual se leen textos sobre ocultismo y esoterismo, de los cuales una mínima parte aborda críticamente el tema. No por nada, de todas las prácticas en boga, la astrología sigue siendo la que tiene más adeptos fieles; más que adeptos algunos son incondicionales de los astros, y no dan un paso si no están enterados de la suerte que les deparan.

Desde siempre ha habido distinguidos creyentes del conocimiento de “lo oculto”. Sobresalen en este apartado los políticos, cuyo deseo por saber su futuro bordea en lo absurdo. En sí mismas, todas estas creencias no tendrían nada de malo, de tomarse en cuenta que todos tenemos curiosidad por lo sobrenatural. Pero lo peligroso es que esta curiosidad está ahora movida por un deseo desesperado, ciego y generalizado por encontrar “la respuesta”, asunto que se capitaliza para muy diversos y variados fines.

Ahora mismo, millones de personas, inteligentes, racionales y cultas creen haber encontrado la panacea universal en doctrinas que carecen de fundamento científico alguno. Cualquiera diría que perdieron la capacidad crítica o cayeron en las garras de una ingenuidad casi patológica. Esto acontece en el seno de sociedades avanzadas y sofisticadas del mundo, con su respectivo acopio en naciones con menor y exiguo desarrollo económico.

Tal vez, pero solo quien sabe, aún es tiempo de rectificar. ¿O será que el culto a lo absurdo llegó para quedarse?

De cara a las ambiciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para relegirse, y en pleno proceso de investigación para la apertura de un proceso de juicio político (impeachment), por señalamientos de haber colaborado con el gobierno de Ucrania durante su primera campaña por la presidencia, todo indica que la sociedad estadounidense vive envuelta en un ambiente tan deshumanizado, que parecen ya incapaces de asumir la tarea de tomar sus propias decisiones.

Es una crisis de autoconfianza que afecta sin distinción a un alto rango de la poblacion; desde los trabajadores urbanos de Nueva York y Detroit, hasta los agricultores de Lousiana. Se advierte una pérdida de identidad en la búsqueda de “ese no se qué”, mezcla de esoterismo y parasicología, en donde supuestamente está la clave de la felicidad. Se nota el desesperado intento de reemplazar valores considerados caducos por otros que huelan a nuevo. La inquietud aumenta cada día y el razonamiento para ello nadie lo encuentra.

Mientras tanto, los hijos de la cultura tecnológica asociada a 2.0 vuelven sus ojos esperanzados---¿e ingenuos?— hacia todo lo que aparezca cubierto por ese halo mágico que nadie se atreve a cuantificar, porque es imposible; como corresponde a esta era de pragmatismo y avances científicos y tecnológicos en los que paradójicamente, el culto a lo irracional de manera asombrosa gana terreno. Se estima que cada vez más gente cree, de alguna manera, en los fenómenos paranormales. Se admite la presencia de fantasmas, brujas, hechiceros e incluso se cree en seres alienígenas, y que el fin de los tiempos está cercano, pese a no existir pruebas reales. El ansia de creer en cualquier cosa por disparatada e ilógica que parezca no tiene barreras sociales, ni económicas ni políticas. Estudiantes, profesionales, doctores, empresarios o ideólogos, forman parte de la actitud masiva de aceptación anticrítica de lo inexplicable, hecho que adquiere los caracteres de una seria crisis; estado que exhibe un efecto de transferencia en la vida política convertida hoy más que nunca en un espectáculo de circo.

Lo que ocurre en Estados Unidos es como para asustarse. Esta aparente ansia de cientos de miles de personas por arrojarse en brazos de cualquier idea movidos, incluso, por los resortes del miedo y el odio, denota un total abandono del razonamiento y de la lógica. ¿Existe manera de rescatar de las garras de lo irracional a seres humanos que parecen ser sensatos e inteligentes en todos los demás aspectos de sus vidas? Nadie tiene la respuesta. Por ejemplo, aun en la considerada crema intelectual se leen textos sobre ocultismo y esoterismo, de los cuales una mínima parte aborda críticamente el tema. No por nada, de todas las prácticas en boga, la astrología sigue siendo la que tiene más adeptos fieles; más que adeptos algunos son incondicionales de los astros, y no dan un paso si no están enterados de la suerte que les deparan.

Desde siempre ha habido distinguidos creyentes del conocimiento de “lo oculto”. Sobresalen en este apartado los políticos, cuyo deseo por saber su futuro bordea en lo absurdo. En sí mismas, todas estas creencias no tendrían nada de malo, de tomarse en cuenta que todos tenemos curiosidad por lo sobrenatural. Pero lo peligroso es que esta curiosidad está ahora movida por un deseo desesperado, ciego y generalizado por encontrar “la respuesta”, asunto que se capitaliza para muy diversos y variados fines.

Ahora mismo, millones de personas, inteligentes, racionales y cultas creen haber encontrado la panacea universal en doctrinas que carecen de fundamento científico alguno. Cualquiera diría que perdieron la capacidad crítica o cayeron en las garras de una ingenuidad casi patológica. Esto acontece en el seno de sociedades avanzadas y sofisticadas del mundo, con su respectivo acopio en naciones con menor y exiguo desarrollo económico.

Tal vez, pero solo quien sabe, aún es tiempo de rectificar. ¿O será que el culto a lo absurdo llegó para quedarse?

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