/ lunes 28 de octubre de 2019

Cuando te abrazo


Cuando te abrazo el alba estalla en mi sangre, Tampico deja de ser una fábula ensangrentada y la colonia Campbell es el territorio más despiadado de mi nostalgia.

¿Qué hay, maga, en tus ojos bañados por la luz del Chairel de las seis de la tarde? Al mirarte me diluyo en el más insignificante sopor de los silencios y me convierto en aire, en susstancia que - aun así – te ama.

Al amar nos convertimos en víctimas del tiempo. Nos duele el amor que es tiempo y lágrimas, pero también pétalos dulces.

Amar es un estado de ánimo dolorosamente suave.

Amo este puerto porque no sé estar sin él. Lo extraño por su fealdad y su arrogancia de bateles crepusculares.

Amo esta ciudad porque en ella están mis mejores recuerdos, porque aquí te conocí cuando llegaste de Álamo con olor a naranja y las manos llenas de palomas inteligentes.

Tampico es un amor que te agota, te desilusiona y, pasado un tiempo, te vuelve a fascinar.

Tampico es el cuento que ya nos sabemos y que, al querer contarlo, le agregamos nuevas líneas, nuevas historias.

Cuando te abrazo me siento nuevo. No tengo los pies derruidos por la edad, y en los labios me crecen sílabas con tus besos.

Lejos de ti no sirvo, no funciono. La montaña me mata. El mar, como tú, me oxigena.

Tampico tiene el color de la miel cuando te beso.

Tampico me estorba si no te veo.

No hay sabiduría en el amor, solo palabras tatuadas con llanto, piel y canto.

Me pierdo en las calles del puerto si no estás conmigo.

Todos los días de mis días, todos pienso en ti. Eres esa segunda piel que nos sale por dentro cuando amamos.

El puente Tampico desde la Laguna del Carpintero es una línea de acero, una ceja en el rostro del horizonte y, si te tengo tomada de mi mano, es un amoroso infinito.

La Plaza de Armas conoce tus pies. La esquina, frente al Palacio Municipal, es un aleph donde los recuerdos pasan volando como pañuelos de azúcar.

No hay sombras, ni soledades de fuego, ni aroma de iras cuando te abrazo, solo yo con la poderosa brevedad que me otorga al amor.

Si no estás conmigo me gusta porque haces tus cosas, resuelves tus asuntos y te llenas del vacío sin mí.

Dos que se aman deben caber en la distancia.

Cuando te abrazo a Tampico también lo abrazo…


Cuando te abrazo el alba estalla en mi sangre, Tampico deja de ser una fábula ensangrentada y la colonia Campbell es el territorio más despiadado de mi nostalgia.

¿Qué hay, maga, en tus ojos bañados por la luz del Chairel de las seis de la tarde? Al mirarte me diluyo en el más insignificante sopor de los silencios y me convierto en aire, en susstancia que - aun así – te ama.

Al amar nos convertimos en víctimas del tiempo. Nos duele el amor que es tiempo y lágrimas, pero también pétalos dulces.

Amar es un estado de ánimo dolorosamente suave.

Amo este puerto porque no sé estar sin él. Lo extraño por su fealdad y su arrogancia de bateles crepusculares.

Amo esta ciudad porque en ella están mis mejores recuerdos, porque aquí te conocí cuando llegaste de Álamo con olor a naranja y las manos llenas de palomas inteligentes.

Tampico es un amor que te agota, te desilusiona y, pasado un tiempo, te vuelve a fascinar.

Tampico es el cuento que ya nos sabemos y que, al querer contarlo, le agregamos nuevas líneas, nuevas historias.

Cuando te abrazo me siento nuevo. No tengo los pies derruidos por la edad, y en los labios me crecen sílabas con tus besos.

Lejos de ti no sirvo, no funciono. La montaña me mata. El mar, como tú, me oxigena.

Tampico tiene el color de la miel cuando te beso.

Tampico me estorba si no te veo.

No hay sabiduría en el amor, solo palabras tatuadas con llanto, piel y canto.

Me pierdo en las calles del puerto si no estás conmigo.

Todos los días de mis días, todos pienso en ti. Eres esa segunda piel que nos sale por dentro cuando amamos.

El puente Tampico desde la Laguna del Carpintero es una línea de acero, una ceja en el rostro del horizonte y, si te tengo tomada de mi mano, es un amoroso infinito.

La Plaza de Armas conoce tus pies. La esquina, frente al Palacio Municipal, es un aleph donde los recuerdos pasan volando como pañuelos de azúcar.

No hay sombras, ni soledades de fuego, ni aroma de iras cuando te abrazo, solo yo con la poderosa brevedad que me otorga al amor.

Si no estás conmigo me gusta porque haces tus cosas, resuelves tus asuntos y te llenas del vacío sin mí.

Dos que se aman deben caber en la distancia.

Cuando te abrazo a Tampico también lo abrazo…

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