/ domingo 7 de abril de 2019

Días de playa 


Como le suele suceder a todo mundo, vamos postergando las tareas que nos propusimos hacer y dejamos pasar el tiempo, hasta que un buen día nos rebasan la cantidad de chucherías y vejestorios que ya no tienen para que guardarse ocupando lugar y, sobre todo, que llegado el momento nadie los va a querer.

Recorro estantes y repisas, abro cajones y empiezo a romper papeles y fotografías. Viejas cartas que ya no recuerdo ni quién es el remitente… De pronto me topo con una fotografía de los años cincuenta. Está medio maltratada pero aún visible. Somos cinco personas en la playa de Miramar: mi madre tiene puesta una bata blanca de toalla, unos lentes oscuros y el cabello mojado peinado hacia atrás. Mi padre en traje de baño con una silla de playa en la mano mirando a la cámara con su actitud de autoridad de siempre. Mi hermana y yo con gorritos para el sol sosteniendo cubetas pequeñas para jugar en la arena. Un poco distante nuestra nana Sarita con una bolsa de lona, seguramente con palas y rastrillos de juguete. Como una ola se me vino a la memoria los inolvidables días de playa con nuestros padres a donde solíamos ir con bastante frecuencia.

En aquellos años, Miramar tenía una arena finísima y casi blanca. Había pájaros “tildillos” correteando en la orilla, cangrejos indecisos buscando su guarida, gaviotas revoloteando con su triste piar y la arena salpicada de preciosas conchitas que recogíamos como tesoros infantiles. Hacíamos pozos y castillos e infinidad de acarreos de agua del mar. Ya adolescentes nos escapábamos a las hermosas dunas, guarida de amores y amoríos.

Un par de días después de haber contemplado la fotografía de mi familia en la playa, tuve un lindo sueño que siempre recordaré. Amigos y parientes compartiendo un día de playa en Miramar. Mis hijas haciendo castillos en la arena, mis padres descalzos y tomados de la mano caminando hacia la orilla para meterse al mar, y un momento de felicidad compartida que se desvaneció para siempre… El día de hoy el panorama es distinto. El oleaje de décadas succionó la playa y dispersó las conchitas. Tampoco he vuelvo a ver cangrejos ni tildillos porque emigraron a las playas del norte. Aunque nuestro mar es hermoso, el entorno de Miramar es diferente. Casas abandonadas, construcciones absurdas y negocios cerrados dan un aspecto deprimente tapando el bello panorama marítimo.

Tenemos la esperanza de que la nueva administración de Madero cumpla con lo prometido y que la playa más bonita del Golfo de México sea un paseo limpio, moderno y seguro. ¡Que así sea!


Como le suele suceder a todo mundo, vamos postergando las tareas que nos propusimos hacer y dejamos pasar el tiempo, hasta que un buen día nos rebasan la cantidad de chucherías y vejestorios que ya no tienen para que guardarse ocupando lugar y, sobre todo, que llegado el momento nadie los va a querer.

Recorro estantes y repisas, abro cajones y empiezo a romper papeles y fotografías. Viejas cartas que ya no recuerdo ni quién es el remitente… De pronto me topo con una fotografía de los años cincuenta. Está medio maltratada pero aún visible. Somos cinco personas en la playa de Miramar: mi madre tiene puesta una bata blanca de toalla, unos lentes oscuros y el cabello mojado peinado hacia atrás. Mi padre en traje de baño con una silla de playa en la mano mirando a la cámara con su actitud de autoridad de siempre. Mi hermana y yo con gorritos para el sol sosteniendo cubetas pequeñas para jugar en la arena. Un poco distante nuestra nana Sarita con una bolsa de lona, seguramente con palas y rastrillos de juguete. Como una ola se me vino a la memoria los inolvidables días de playa con nuestros padres a donde solíamos ir con bastante frecuencia.

En aquellos años, Miramar tenía una arena finísima y casi blanca. Había pájaros “tildillos” correteando en la orilla, cangrejos indecisos buscando su guarida, gaviotas revoloteando con su triste piar y la arena salpicada de preciosas conchitas que recogíamos como tesoros infantiles. Hacíamos pozos y castillos e infinidad de acarreos de agua del mar. Ya adolescentes nos escapábamos a las hermosas dunas, guarida de amores y amoríos.

Un par de días después de haber contemplado la fotografía de mi familia en la playa, tuve un lindo sueño que siempre recordaré. Amigos y parientes compartiendo un día de playa en Miramar. Mis hijas haciendo castillos en la arena, mis padres descalzos y tomados de la mano caminando hacia la orilla para meterse al mar, y un momento de felicidad compartida que se desvaneció para siempre… El día de hoy el panorama es distinto. El oleaje de décadas succionó la playa y dispersó las conchitas. Tampoco he vuelvo a ver cangrejos ni tildillos porque emigraron a las playas del norte. Aunque nuestro mar es hermoso, el entorno de Miramar es diferente. Casas abandonadas, construcciones absurdas y negocios cerrados dan un aspecto deprimente tapando el bello panorama marítimo.

Tenemos la esperanza de que la nueva administración de Madero cumpla con lo prometido y que la playa más bonita del Golfo de México sea un paseo limpio, moderno y seguro. ¡Que así sea!

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