/ viernes 22 de noviembre de 2019

Dietario político


La estrategia para mejorar la imagen del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ante la posible apertura de un proceso de juicio político en su contra es muy obvia.

Implica la tarea de aquietar los efectos de la “antipatriótica confabulación de Trump con el gobierno de Ucrania”, exhibiendo…sus hábitos alimenticios.

Los propagandistas políticos del ocupante de la Casa Blanca de Washington D.C. lo muestran como un ilustre consumidor de hamburguesas, hot dogs, pollo frito, y otros platillos de la celebre “comida rápida” estadounidense.

El consolidar a Trump bajo este estereotipo de la cultura angloamericana tiene la finalidad de advertir que “se trata de un auténtico patriota”, connotación que le atrae mayor número de votos. Incluso, en la sede Presidencial se efectúan banquetes a base de “comida rápida”, donde subyace “un claro ideal nacionalista”.

Esto no debe de sorprendernos. La comida es esencial en la trama humana. Lo que comemos y la manera en que lo hacemos nos determina. La gastronomía nos brinda la oportunidad de describir a una sociedad y ofrecer una opinión directa o indirecta sobre ella.

Imagino que para un visitante que se rehúsa a paladear la comida de un país y las ciudades que frecuenta, representa un mal inicio y arruina todo intento de acercamiento, relación de amistad e incluso de negocios. Pero cuando un sujeto demuestra desden por las viandas que en su localidad se ofrecen, manifiesta un rechazo a su cultura, raíces e historia.

Nosotros estamos en la tierra de la cocina tradicional huasteca con sus tortillas, bocoles y gorditas de masa fritas o cocidas en el comal, rellenas de queso, frijoles, chorizo y huevo; sin faltar las enchiladas, el zacahuil, tamal que puede contener un puerco entero y varias gallinas. Tenemos la cecina acompañada de una salsa de chile. Tenemos la carne asada a la tampiqueña. Tenemos la fortuna de poder disfrutar las propiedades alimenticias y culturales de esta cocina a base de maíz en sus diversas manifestaciones y variedades, cuyo aroma, sabor y textura nos brinda además de la alegría y satisfacción, su poder fortificante, calórico y nutricional.

La memoria del estómago jamás olvida. Una vez que se ha disfrutado de unas gorditas de frijoles y queso, carne de res o guisado de puerco, todo rociado con café de olla, esta sensación y placer indescriptible se integra en nuestras células como un fragmento del código genético.


La estrategia para mejorar la imagen del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ante la posible apertura de un proceso de juicio político en su contra es muy obvia.

Implica la tarea de aquietar los efectos de la “antipatriótica confabulación de Trump con el gobierno de Ucrania”, exhibiendo…sus hábitos alimenticios.

Los propagandistas políticos del ocupante de la Casa Blanca de Washington D.C. lo muestran como un ilustre consumidor de hamburguesas, hot dogs, pollo frito, y otros platillos de la celebre “comida rápida” estadounidense.

El consolidar a Trump bajo este estereotipo de la cultura angloamericana tiene la finalidad de advertir que “se trata de un auténtico patriota”, connotación que le atrae mayor número de votos. Incluso, en la sede Presidencial se efectúan banquetes a base de “comida rápida”, donde subyace “un claro ideal nacionalista”.

Esto no debe de sorprendernos. La comida es esencial en la trama humana. Lo que comemos y la manera en que lo hacemos nos determina. La gastronomía nos brinda la oportunidad de describir a una sociedad y ofrecer una opinión directa o indirecta sobre ella.

Imagino que para un visitante que se rehúsa a paladear la comida de un país y las ciudades que frecuenta, representa un mal inicio y arruina todo intento de acercamiento, relación de amistad e incluso de negocios. Pero cuando un sujeto demuestra desden por las viandas que en su localidad se ofrecen, manifiesta un rechazo a su cultura, raíces e historia.

Nosotros estamos en la tierra de la cocina tradicional huasteca con sus tortillas, bocoles y gorditas de masa fritas o cocidas en el comal, rellenas de queso, frijoles, chorizo y huevo; sin faltar las enchiladas, el zacahuil, tamal que puede contener un puerco entero y varias gallinas. Tenemos la cecina acompañada de una salsa de chile. Tenemos la carne asada a la tampiqueña. Tenemos la fortuna de poder disfrutar las propiedades alimenticias y culturales de esta cocina a base de maíz en sus diversas manifestaciones y variedades, cuyo aroma, sabor y textura nos brinda además de la alegría y satisfacción, su poder fortificante, calórico y nutricional.

La memoria del estómago jamás olvida. Una vez que se ha disfrutado de unas gorditas de frijoles y queso, carne de res o guisado de puerco, todo rociado con café de olla, esta sensación y placer indescriptible se integra en nuestras células como un fragmento del código genético.

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