/ viernes 5 de julio de 2019

El arte del Pancracio

La lucha libre: suscita pasión, ruido, relajo en las gradas y, por último, ritual.

Ritual en el sentido de que los contrincantes están definidos claramente como técnicos y rudos, es decir, buenos y villanos, ¿de qué manera? A los rudos se les codifica por sus actitudes de asestar golpes prohibidos, llaves no permitidas, picaduras de ojos, mordeduras y otros recursos igualmente rechazables.

Se ha dicho que el asunto de la lucha libre es que se trata de un espectáculo “simulado”, o sea, con la premeditación de que vaya a ganar uno de los contrincantes (mayormente el técnico). Roland Barthes ha dicho al respecto: “Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón; se confía en la primera virtud del espectáculo, la de abolir todo móvil y toda consecuencia: lo que importa no es lo que cree, sino lo que ve”.

Es fama creer que en la lucha libre los protagonistas no se pegan de adeveras, que fingen los golpes y las caídas, que allá arriba en el ring todo es simulacro, es más: se ha llegado a decir que los luchadores parecen actores en cuanto a que obedecen un libreto o guión. Por ejemplo, es típico que el rudo gane la primera caída y el técnico las dos restantes ante la emoción efervescente del público que, entre gritos y vivas, descarga su preferencia hacia sus predilectos irrenunciables. (Porque, eso sí: quien le va a los rudos no puede jamás irle a los técnicos ya que mancharía su condición de fan, de aficionado de hueso colorado).

Si mencionamos a la teatralidad del luchador hay que referirse también a los cánones o contenidos de la misma: los gestos, las máscaras, las botas, las capas. Aunque, si se le quiere adjudicar a la lucha libre su calidad de “teatro”, mejor sería hacer énfasis en las exageraciones de los ademanes, las vociferaciones hacia los contrincantes (esto ocurre mayormente en la lucha libre estadounidense): Pero es en el significado de la máscara el valor, digámoslo así, simbólico de la lucha libre. Si nos atenemos al espíritu del rito antiguo, el romano, podemos establecer que los gladiadores eran ofrecidos prácticamente como tributo de gratitud (por parte del César) a los dioses en virtud de las guerras ganadas. Es sorprendente cómo el luchador poco a poco se va convirtiendo en parte del imaginario colectivo (conjunto de imágenes interiorizadas y en base a las cuales se mira, clasifica y ordena nuestro entorno) para erigirse en un arquetipo nacional. Por ejemplo, en los partidos de futbol cuando juega la selección mexicana, es común ver entre el público a enmascarados emulando a El Santo, Blue Demon, Místico, al lado de guerreros aztecas, chapulines colorados, lo cual nos provoca la siguiente pregunta: ¿por qué esos estereotipos? Si los vemos detalladamente, todos simbolizan a héroes, es decir, a representantes de algún tipo de luchador social o personajes con superpoderes en aras de combatir al más fuerte en su abuso contra el débil.

Pero, ¿por qué el luchador enmascarado atrae la atención y las preferencias del público? Uno de los objetos reales de estudio de la sociología son los fenómenos sociales los cuales están manifestados por la conducta humana, son complejos, multicausales e inestables. Asimismo, la lucha libre ha profundizado su condición de fenómeno debido al aura de misterio que encierra el ritual o el algoritmo de la lucha: un enmascarado cuyos orígenes cuasi divinos (de allí los nombre de El Santo, El Ángel Blanco, Blue Demon, Místico, El Alebrije) se enfrentan a villanos (El Cavernario Galindo, Último Guerrero, Damián 666, Halloween) tras una premisa ineluctable: la preferencia y aprobación de la afición.

Además, la máscara le otorga al luchador una especie de licencia para comportarse como el héroe que todos necesitamos y que, en el rostro del rudo o villano no puede encontrarse esta situación por el simple hecho de que se requiere el misterio, la incógnita, el traslado sociológico de que todos podemos ser ese enmascarado paladín de la justicia…

La lucha libre: suscita pasión, ruido, relajo en las gradas y, por último, ritual.

Ritual en el sentido de que los contrincantes están definidos claramente como técnicos y rudos, es decir, buenos y villanos, ¿de qué manera? A los rudos se les codifica por sus actitudes de asestar golpes prohibidos, llaves no permitidas, picaduras de ojos, mordeduras y otros recursos igualmente rechazables.

Se ha dicho que el asunto de la lucha libre es que se trata de un espectáculo “simulado”, o sea, con la premeditación de que vaya a ganar uno de los contrincantes (mayormente el técnico). Roland Barthes ha dicho al respecto: “Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón; se confía en la primera virtud del espectáculo, la de abolir todo móvil y toda consecuencia: lo que importa no es lo que cree, sino lo que ve”.

Es fama creer que en la lucha libre los protagonistas no se pegan de adeveras, que fingen los golpes y las caídas, que allá arriba en el ring todo es simulacro, es más: se ha llegado a decir que los luchadores parecen actores en cuanto a que obedecen un libreto o guión. Por ejemplo, es típico que el rudo gane la primera caída y el técnico las dos restantes ante la emoción efervescente del público que, entre gritos y vivas, descarga su preferencia hacia sus predilectos irrenunciables. (Porque, eso sí: quien le va a los rudos no puede jamás irle a los técnicos ya que mancharía su condición de fan, de aficionado de hueso colorado).

Si mencionamos a la teatralidad del luchador hay que referirse también a los cánones o contenidos de la misma: los gestos, las máscaras, las botas, las capas. Aunque, si se le quiere adjudicar a la lucha libre su calidad de “teatro”, mejor sería hacer énfasis en las exageraciones de los ademanes, las vociferaciones hacia los contrincantes (esto ocurre mayormente en la lucha libre estadounidense): Pero es en el significado de la máscara el valor, digámoslo así, simbólico de la lucha libre. Si nos atenemos al espíritu del rito antiguo, el romano, podemos establecer que los gladiadores eran ofrecidos prácticamente como tributo de gratitud (por parte del César) a los dioses en virtud de las guerras ganadas. Es sorprendente cómo el luchador poco a poco se va convirtiendo en parte del imaginario colectivo (conjunto de imágenes interiorizadas y en base a las cuales se mira, clasifica y ordena nuestro entorno) para erigirse en un arquetipo nacional. Por ejemplo, en los partidos de futbol cuando juega la selección mexicana, es común ver entre el público a enmascarados emulando a El Santo, Blue Demon, Místico, al lado de guerreros aztecas, chapulines colorados, lo cual nos provoca la siguiente pregunta: ¿por qué esos estereotipos? Si los vemos detalladamente, todos simbolizan a héroes, es decir, a representantes de algún tipo de luchador social o personajes con superpoderes en aras de combatir al más fuerte en su abuso contra el débil.

Pero, ¿por qué el luchador enmascarado atrae la atención y las preferencias del público? Uno de los objetos reales de estudio de la sociología son los fenómenos sociales los cuales están manifestados por la conducta humana, son complejos, multicausales e inestables. Asimismo, la lucha libre ha profundizado su condición de fenómeno debido al aura de misterio que encierra el ritual o el algoritmo de la lucha: un enmascarado cuyos orígenes cuasi divinos (de allí los nombre de El Santo, El Ángel Blanco, Blue Demon, Místico, El Alebrije) se enfrentan a villanos (El Cavernario Galindo, Último Guerrero, Damián 666, Halloween) tras una premisa ineluctable: la preferencia y aprobación de la afición.

Además, la máscara le otorga al luchador una especie de licencia para comportarse como el héroe que todos necesitamos y que, en el rostro del rudo o villano no puede encontrarse esta situación por el simple hecho de que se requiere el misterio, la incógnita, el traslado sociológico de que todos podemos ser ese enmascarado paladín de la justicia…

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