/ lunes 29 de abril de 2019

El cine caníbal de Avengers: Endgame

Cuando en 1990 se presentó Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes, ante las críticas de algún segmento del sector intelectual, el escritor Carlos Monsiváis acotó que no había que explicar al Divo de Juárez como fenómeno social, sino al público que lo sigue.

En este tono, cabe enunciar lo mismo que el gran Monsi: para entender el enorme (y extraño) fenómeno mundial del filme Avengers: Endgame hay que entender, explorar o estudiar a los públicos que asisten a verlo.

Los hermanos Anthony y Joe Russo plantean en esta aparente clausura de la saga de los héroes del mundo Marvel un asunto de cine comercial: la taquilla es antes que nada, masacrando – incluso – cualquier intención estética.

Avengers: Endgame es un testimonio de nuestra época en términos del público que ha hecho de las redes sociales su razón de ser. El ensalzamiento de cine como producto de consumo (que, de hecho, lo inauguró George Lucas en 1977 con Star Wars).

La historia del núcleo totalizante de Marvel se lanza contra el villano Thanos quien ha aniquilado a buena parte de los habitantes del universo. El regreso, vía la mecánica cuántica, al tiempo cuando Thanos juntó las seis gemas mortales es el punto central de la misión de los súper héroes.

Los hermanos Russo dejan la inspiración en aras de la conclusión aseada, que no enfade a los fans. Supeditan el engranaje sicológico de los personajes al ritmo de una puesta en escena demencialmente coordinada, dosificada para el lucimiento del elenco de estrellas.

Avengers: Endgame es una coreografía visual desangelada, burilada sí en lo técnico pero sin contrapesos ontológicos. La razón del villano en el filme anterior, Avengers: Infinity War, ahora se desdibuja ante un causal bastante cuestionable (como predecible): modificar el pasado para que siga la pachanga.

Tomando como pivote, cuales Virgilios que bajan al mundo dantesco de Thanos, a un puñado de héroes: Capitán América, Iron Man, Hulk, los hermanos Russo están sujetados a consumir una tercera parte del filme (que dura tres horas) a explicar el porqué de la saga predecesora y no se ocupa en demasía en el escudriñamiento de algunos de los otros personajes que lucen más que nada como invitados de lujo: Capitana Marvel, Fury, etc.

Avengers: Endgame es una experiencia ulterior al cine mismo. Es un fenómeno, la instalación del consumismo digital, del achique de la aldea global que anunciaba McLuhan en los setentas.

Es la crónica inmaterial de una generación de cinéfilos cuyas credenciales a priori son pertenecer a un universo de fans que son celosos vigías de los héroes que, al ingresar al mundo de los Lumiere, se apoderan de fórmulas y clichés que están dirigidos a un consumidor altamente caníbal de este tipo de cine…

Cuando en 1990 se presentó Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes, ante las críticas de algún segmento del sector intelectual, el escritor Carlos Monsiváis acotó que no había que explicar al Divo de Juárez como fenómeno social, sino al público que lo sigue.

En este tono, cabe enunciar lo mismo que el gran Monsi: para entender el enorme (y extraño) fenómeno mundial del filme Avengers: Endgame hay que entender, explorar o estudiar a los públicos que asisten a verlo.

Los hermanos Anthony y Joe Russo plantean en esta aparente clausura de la saga de los héroes del mundo Marvel un asunto de cine comercial: la taquilla es antes que nada, masacrando – incluso – cualquier intención estética.

Avengers: Endgame es un testimonio de nuestra época en términos del público que ha hecho de las redes sociales su razón de ser. El ensalzamiento de cine como producto de consumo (que, de hecho, lo inauguró George Lucas en 1977 con Star Wars).

La historia del núcleo totalizante de Marvel se lanza contra el villano Thanos quien ha aniquilado a buena parte de los habitantes del universo. El regreso, vía la mecánica cuántica, al tiempo cuando Thanos juntó las seis gemas mortales es el punto central de la misión de los súper héroes.

Los hermanos Russo dejan la inspiración en aras de la conclusión aseada, que no enfade a los fans. Supeditan el engranaje sicológico de los personajes al ritmo de una puesta en escena demencialmente coordinada, dosificada para el lucimiento del elenco de estrellas.

Avengers: Endgame es una coreografía visual desangelada, burilada sí en lo técnico pero sin contrapesos ontológicos. La razón del villano en el filme anterior, Avengers: Infinity War, ahora se desdibuja ante un causal bastante cuestionable (como predecible): modificar el pasado para que siga la pachanga.

Tomando como pivote, cuales Virgilios que bajan al mundo dantesco de Thanos, a un puñado de héroes: Capitán América, Iron Man, Hulk, los hermanos Russo están sujetados a consumir una tercera parte del filme (que dura tres horas) a explicar el porqué de la saga predecesora y no se ocupa en demasía en el escudriñamiento de algunos de los otros personajes que lucen más que nada como invitados de lujo: Capitana Marvel, Fury, etc.

Avengers: Endgame es una experiencia ulterior al cine mismo. Es un fenómeno, la instalación del consumismo digital, del achique de la aldea global que anunciaba McLuhan en los setentas.

Es la crónica inmaterial de una generación de cinéfilos cuyas credenciales a priori son pertenecer a un universo de fans que son celosos vigías de los héroes que, al ingresar al mundo de los Lumiere, se apoderan de fórmulas y clichés que están dirigidos a un consumidor altamente caníbal de este tipo de cine…

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