/ lunes 25 de noviembre de 2019

El club/ el anti spa del pecado

Con Postmortem/ 2011 y No/ 2012 Pablo Larraín se dispuso a poner la lente de manera revisionista pero apartada de los tufos de una revancha reivindicada de la historia contemporánea chilena.

Y, en este sentido, El club/ Chile-2015 sujeta sin cortapisas un tema sensible para la creencia católica: la vida pecaminosa de ciertos sacerdotes que son remitidos a una especie de casa de retiro frente al mar.

Abriendo con una cita alusiva del Génesis ("Y vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de las tinieblas") la película encierra al espectador en un útero moral y ético donde la condena a priori parecería inmediata para el puñado de curas pederastas que no podrían admitir misericordia, pese a su rutina tupida por ese velo del ritual religioso (lavado de pies, servir humildemente, rezar).

Larraín tiene razón cuando en una entrevista para la radio de su país precisa que su película "tiene tanta humidad que hay que atender". Los curas que han delinquido en su labor pastoral llegan a esa casa que, como dice uno de ellos, "es una cárcel" donde el arrepentimiento y la culpa juegan una partida definitoria de reinserción y halo punitivo.

Los demonios interiores de los curas (Vidal, Ortega, Ramírez y Alfonso) se verán insuflados por la llegada del padre Matías Lascano y la aparición de un vagabundo que desatará las autoculpas por los crímenes de pedofilia cometidos por Lascano quien no soportará sus acciones pasadas.

La hermana Mónica será una especie de confidente servil en la casa donde los mismos curas no admitirán del todo sus crímenes y pecados, cayendo en el cinismo de la selectividad de los delitos. "¿Es uno de tus niñitos, degenerado?", brutal línea espetada al padre Lascano que les recordará, tanto al espectador y a los inquilinos de la casa, el porqué están en ese lugar.

Larraín asume con fría sobriedad la vida de redención e hipocresía de este "club" de exservidores de Dios que ahora no saben si están en el infierno o en la extensión de sus aburguesadas rutinas eclesiásticas, sazonadas con la llegada inquisitiva del padre García el cual, a la manera de Teorema/ 1968, de Pasolini, vendrá a alterar el orden placentero de sus colegas (que dirimen su tiempo en el cuidado de un galgo, "el único perro que se menciona en la Biblia") para hacerles ver el desvío delictivo de sus misiones. La fotografía deslavada y maniatada en colores pastel débiles acentúan la metáfora de suciedad de conciencia de los personajes. Con las actuaciones de Alfredo Castro, Antonia Zegers, Marcelo Alonso, José Soza y Jaime Vadell, El club es uno de los mejores filmes chilenos en lo que va del siglo…

Con Postmortem/ 2011 y No/ 2012 Pablo Larraín se dispuso a poner la lente de manera revisionista pero apartada de los tufos de una revancha reivindicada de la historia contemporánea chilena.

Y, en este sentido, El club/ Chile-2015 sujeta sin cortapisas un tema sensible para la creencia católica: la vida pecaminosa de ciertos sacerdotes que son remitidos a una especie de casa de retiro frente al mar.

Abriendo con una cita alusiva del Génesis ("Y vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de las tinieblas") la película encierra al espectador en un útero moral y ético donde la condena a priori parecería inmediata para el puñado de curas pederastas que no podrían admitir misericordia, pese a su rutina tupida por ese velo del ritual religioso (lavado de pies, servir humildemente, rezar).

Larraín tiene razón cuando en una entrevista para la radio de su país precisa que su película "tiene tanta humidad que hay que atender". Los curas que han delinquido en su labor pastoral llegan a esa casa que, como dice uno de ellos, "es una cárcel" donde el arrepentimiento y la culpa juegan una partida definitoria de reinserción y halo punitivo.

Los demonios interiores de los curas (Vidal, Ortega, Ramírez y Alfonso) se verán insuflados por la llegada del padre Matías Lascano y la aparición de un vagabundo que desatará las autoculpas por los crímenes de pedofilia cometidos por Lascano quien no soportará sus acciones pasadas.

La hermana Mónica será una especie de confidente servil en la casa donde los mismos curas no admitirán del todo sus crímenes y pecados, cayendo en el cinismo de la selectividad de los delitos. "¿Es uno de tus niñitos, degenerado?", brutal línea espetada al padre Lascano que les recordará, tanto al espectador y a los inquilinos de la casa, el porqué están en ese lugar.

Larraín asume con fría sobriedad la vida de redención e hipocresía de este "club" de exservidores de Dios que ahora no saben si están en el infierno o en la extensión de sus aburguesadas rutinas eclesiásticas, sazonadas con la llegada inquisitiva del padre García el cual, a la manera de Teorema/ 1968, de Pasolini, vendrá a alterar el orden placentero de sus colegas (que dirimen su tiempo en el cuidado de un galgo, "el único perro que se menciona en la Biblia") para hacerles ver el desvío delictivo de sus misiones. La fotografía deslavada y maniatada en colores pastel débiles acentúan la metáfora de suciedad de conciencia de los personajes. Con las actuaciones de Alfredo Castro, Antonia Zegers, Marcelo Alonso, José Soza y Jaime Vadell, El club es uno de los mejores filmes chilenos en lo que va del siglo…

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