/ miércoles 2 de septiembre de 2020

El cumpleaños del perro | 30 años de Santa Sangre

El Joven/ Axel Jodorowski está internado en un manicomio. Su habitación tiene por decoración un árbol sin ramas. Sus compañeros son mongoloides. Una tarde salen todos al cine, guiados por un pachuco, al ritmo del mambo Lupita. Llegan a la zona roja.

El Joven se escapa. Flash back: el Niño cirquero presencia cómo su madre/ Blanca Guerra sorprende a su marido con la amante/ Thelma Tixou, y es mutilada de ambos brazos por aquel.

Presente. El Joven encuentra a su madre sin brazos. Ella encabeza la secta de la Santa Sangre. Ambos se hacen cómplices gore; él es los brazos de su madre. Ella lo obliga a matar mujeres que después entierra en el patio de la casa.

Con toda la voz fílmica de que es capaz, Alejandro Jodorowski dirige en 1990 Santa Sangre, hablada en inglés, con actores mexicanos y musicalizada con piezas de mambo, de Consuelo Velázquez, Gabriel Ruiz, canto nuevo, cha-cha-chá, así como rutinas de mímicas de Marcel Marceau.

Contada en versión de melodrama barato, sentimentalón y con reminiscencias evidentes de los cines de Juan Orol (en su periodo mexicano), Federico Fellini, Roman Polanski, Víctor Manuel “El Güero” Castro, Wes Craven, John Carpenter, Santa Sangre es un ejercicio fílmico summa de las obsesiones vitales de Jodorowskli: el zen, la ouija, la religión, la metafísica, el plano astral, el pop, el folclor.

Autor de imágenes insólitas y muchas de las veces naïf (un águila planeando por el Zócalo al ritmo del mambo Caballo Negro, el cortejo fúnebre de un elefante en pleno Centro Histórico defeño, pegasos saliendo de las sepulturas del patio), el chileno mantiene en Santa Sangre una línea de ruptura diseñada desde Fando y Lis/ 1967 y El Topo/ 1969: un cine de significados esotéricos, litúrgicos, donde el guiño a la zona espiritual colinda con lo grotesco (el famoso kitsch) y la teatralidad de la vida según John Ford, Darío Fo, Don Siegel, Darío Argento y Arturo Ripstein.

A ojos de espectador ajeno al cine del chileno Alejandro Jodorowski, Santa Sangre puede parecer una guasa, un experimento intelectual del cine más fútil, lo cierto es que la obra de Jodorowski en el séptimo arte es honesto, fiel a él mismo. No acepta términos medios.

Si el tiempo de escandalizar en el arte hace años que pasó, ¿qué cosa queda para un inconforme como Jodorowski? Hurgar en esa virgen impúdica que es la memoria para establecer la premisa anfibia del artista: exteriorizar los abismos del hombre.

Para acercarse al cine de Jodorowski hay que hacerlo desde lo sencillo. Quizá allí radique el secreto para entender lo complejo: el arte se teje no con hilos de acero, sino con telarañas de sensaciones, de emociones…

El Joven/ Axel Jodorowski está internado en un manicomio. Su habitación tiene por decoración un árbol sin ramas. Sus compañeros son mongoloides. Una tarde salen todos al cine, guiados por un pachuco, al ritmo del mambo Lupita. Llegan a la zona roja.

El Joven se escapa. Flash back: el Niño cirquero presencia cómo su madre/ Blanca Guerra sorprende a su marido con la amante/ Thelma Tixou, y es mutilada de ambos brazos por aquel.

Presente. El Joven encuentra a su madre sin brazos. Ella encabeza la secta de la Santa Sangre. Ambos se hacen cómplices gore; él es los brazos de su madre. Ella lo obliga a matar mujeres que después entierra en el patio de la casa.

Con toda la voz fílmica de que es capaz, Alejandro Jodorowski dirige en 1990 Santa Sangre, hablada en inglés, con actores mexicanos y musicalizada con piezas de mambo, de Consuelo Velázquez, Gabriel Ruiz, canto nuevo, cha-cha-chá, así como rutinas de mímicas de Marcel Marceau.

Contada en versión de melodrama barato, sentimentalón y con reminiscencias evidentes de los cines de Juan Orol (en su periodo mexicano), Federico Fellini, Roman Polanski, Víctor Manuel “El Güero” Castro, Wes Craven, John Carpenter, Santa Sangre es un ejercicio fílmico summa de las obsesiones vitales de Jodorowskli: el zen, la ouija, la religión, la metafísica, el plano astral, el pop, el folclor.

Autor de imágenes insólitas y muchas de las veces naïf (un águila planeando por el Zócalo al ritmo del mambo Caballo Negro, el cortejo fúnebre de un elefante en pleno Centro Histórico defeño, pegasos saliendo de las sepulturas del patio), el chileno mantiene en Santa Sangre una línea de ruptura diseñada desde Fando y Lis/ 1967 y El Topo/ 1969: un cine de significados esotéricos, litúrgicos, donde el guiño a la zona espiritual colinda con lo grotesco (el famoso kitsch) y la teatralidad de la vida según John Ford, Darío Fo, Don Siegel, Darío Argento y Arturo Ripstein.

A ojos de espectador ajeno al cine del chileno Alejandro Jodorowski, Santa Sangre puede parecer una guasa, un experimento intelectual del cine más fútil, lo cierto es que la obra de Jodorowski en el séptimo arte es honesto, fiel a él mismo. No acepta términos medios.

Si el tiempo de escandalizar en el arte hace años que pasó, ¿qué cosa queda para un inconforme como Jodorowski? Hurgar en esa virgen impúdica que es la memoria para establecer la premisa anfibia del artista: exteriorizar los abismos del hombre.

Para acercarse al cine de Jodorowski hay que hacerlo desde lo sencillo. Quizá allí radique el secreto para entender lo complejo: el arte se teje no con hilos de acero, sino con telarañas de sensaciones, de emociones…