/ viernes 25 de septiembre de 2020

El cumpleaños del perro | El escritor ante el cine

Por más que se quiera lo contrario, el cine y la literatura son y seguirán siendo dos lenguajes, dos cosmovisiones del hombre y de la sociedad en que se desenvuelve. Un texto fílmico guardará distancia (ni por encima ni por abajo) del texto literario.

Así, por ejemplo, tenemos las referencias obligadas de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y William Faulkner quienes mantienen su condición de irrefutables en el renglón de la literatura, pero de los guiones que escribieron para la pantalla grande podemos decir simplemente que fueron malísimos.

El cine es otra cosa, otro ritmo, su dimensionamiento intelectual y artístico posee vida propia. Ver al hombre a través del cine es hacerlo desde una óptica bastante diferente al de la literatura.

Aunque sí es oportuno y aleccionador atender las reflexiones que un escritor consagrado pueda tener ante el cine, como las que vertió el Premio Nobel de Literatura Jean- Marie Gustave Le Clézio en su libro Ballaciner (Editorial Gallimard/ 2007).

A continuación, una extracción de las palabras introductorias de Le Clezio aBallaciner:

“Hay que decidirse por una nueva moral. Cámara en mano, los cineastas han inventado una responsabilidad que ningún otro medio de comunicación les había otorgado. ¿Tendríamos la misma idea del mundo sin los reportajes de guerra, sin las escenas dramáticas de los grandes eventos que sacuden el planeta, sin los temblores de tierra, sin los ciclones, sin las catástrofes naturales? ¿Nos sentiríamos concernidos de la misma manera por la contaminación, la desertización, el desangramiento de las grandes selvas, esenciales al equilibrio de nuestro planeta, sin las imágenes que nos muestran los estragos producidos por estas catástrofes?

“En 1918, el tifo (la gripa española) mató a más gente que la guerra en las trincheras. Pero son las imágenes de las guerras las que nos quedan en la memoria, porque los millones de personas que desaparecieron a causa de esta enfermedad murieron callados, en sus casas, cuando los campos de batalla se habían silenciado, además, la mayoría de las víctimas eran niños y ancianos.

“Esas imágenes no llegaron hasta nosotros, los nombres de esas víctimas no están grabados en los monumentos. (…)

“Esas imágenes, cualquiera que sea el análisis que se haga, cualquiera que sea a la conclusión a la que lleguemos, no se borraran, quedaran grabadas en nuestra memoria por siempre. En cien años, en mil años – si el mundo dura hasta allá- ellas seguirán existiendo. “Esa es la nueva moral de nuestra era. No tiene nada que ver con nuestras ideologías, ni con la religión, ni con las consideraciones políticas. La cámara en mano aporta pruebas. Algunas son contestables, otras no lo son, no lo serán jamás…”

El cine es otra cosa, otro ritmo, su dimensionamiento intelectual y artístico posee vida propia

Por más que se quiera lo contrario, el cine y la literatura son y seguirán siendo dos lenguajes, dos cosmovisiones del hombre y de la sociedad en que se desenvuelve. Un texto fílmico guardará distancia (ni por encima ni por abajo) del texto literario.

Así, por ejemplo, tenemos las referencias obligadas de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y William Faulkner quienes mantienen su condición de irrefutables en el renglón de la literatura, pero de los guiones que escribieron para la pantalla grande podemos decir simplemente que fueron malísimos.

El cine es otra cosa, otro ritmo, su dimensionamiento intelectual y artístico posee vida propia. Ver al hombre a través del cine es hacerlo desde una óptica bastante diferente al de la literatura.

Aunque sí es oportuno y aleccionador atender las reflexiones que un escritor consagrado pueda tener ante el cine, como las que vertió el Premio Nobel de Literatura Jean- Marie Gustave Le Clézio en su libro Ballaciner (Editorial Gallimard/ 2007).

A continuación, una extracción de las palabras introductorias de Le Clezio aBallaciner:

“Hay que decidirse por una nueva moral. Cámara en mano, los cineastas han inventado una responsabilidad que ningún otro medio de comunicación les había otorgado. ¿Tendríamos la misma idea del mundo sin los reportajes de guerra, sin las escenas dramáticas de los grandes eventos que sacuden el planeta, sin los temblores de tierra, sin los ciclones, sin las catástrofes naturales? ¿Nos sentiríamos concernidos de la misma manera por la contaminación, la desertización, el desangramiento de las grandes selvas, esenciales al equilibrio de nuestro planeta, sin las imágenes que nos muestran los estragos producidos por estas catástrofes?

“En 1918, el tifo (la gripa española) mató a más gente que la guerra en las trincheras. Pero son las imágenes de las guerras las que nos quedan en la memoria, porque los millones de personas que desaparecieron a causa de esta enfermedad murieron callados, en sus casas, cuando los campos de batalla se habían silenciado, además, la mayoría de las víctimas eran niños y ancianos.

“Esas imágenes no llegaron hasta nosotros, los nombres de esas víctimas no están grabados en los monumentos. (…)

“Esas imágenes, cualquiera que sea el análisis que se haga, cualquiera que sea a la conclusión a la que lleguemos, no se borraran, quedaran grabadas en nuestra memoria por siempre. En cien años, en mil años – si el mundo dura hasta allá- ellas seguirán existiendo. “Esa es la nueva moral de nuestra era. No tiene nada que ver con nuestras ideologías, ni con la religión, ni con las consideraciones políticas. La cámara en mano aporta pruebas. Algunas son contestables, otras no lo son, no lo serán jamás…”

El cine es otra cosa, otro ritmo, su dimensionamiento intelectual y artístico posee vida propia