/ miércoles 21 de octubre de 2020

El cumpleaños del perro | El falso documental de Woody Allen

Hay un filme de Woody Allen, “Zelig” / Estados Unidos- 1983, que pareciera haberse hecho con todo el tonelaje del documental. Pero esa es la valía del mismo: el remedo, la parodia del documental.

El documental, lo sabemos, es un registro visual que capta un asunto dramático, cuyo hálito de denuncia (o revelación) es evidente y que, en su explanación objetiva deja minas certeras para que estallen en la subjetividad de cada quien.

Si nos acercamos al estupendo “engendro” fílmico que hizo Allen en “Zelig”, veríamos que el invento de los Lumière aún tiene posibilidades de magia. Y es que “Zelig” es un festín de imaginación agradecible donde la ficción es manipulada por los tentáculos del documental para confluir en una palabra total: cine, cine, cine.

La historia de Leonard Zelig, un hombre que cambiaba y se transformaba en la persona con la que estaba próximo, es llevada por Allen por territorios de la experimentación técnica y el refocile intelectual.

Ubicando a su personaje a finales de los años 20, en los Estados Unidos, y trasladándolo por la Europa previa de la Segunda Guerra Mundial y codeándolo con personajes disímbolos como Hitler, el Papa Pío XI y Josephine Baker, mediante asombrosos efectos visuales (diez años antes que “Forrest Gump” los popularizara), Allen consigue una rotunda mentira creíble para el espectador, máxime si el “documental” está salpicado por sesudas opiniones mediante entrevistas a Susan Sontag y el Premio Nobel de Literatura Saul Bellow quienes ahondan en la importancia de Leonard Zelig en la sociedad norteamericana de las primeras mitad del siglo veinte pasado.

En su momento se dijo que “Zelig” era producto del genio del director de fotografía Gordon Willis, cosa que es irrebatible, pero no hay duda que la idea seminal de Allen (apoyado en un texto de F. Scott Fitzgerald sobre un hombre que cambia de opinión acorde al medio social en que se encuentre) es rica, incluso, en lecturas antropológicas porque, efectivamente, es un falso documental pero a través del mismo establece un repaso de historia ineluctable: la masificación de las doctrinas totalitarias como el nazismo (Zelig forma parte del séquito de Hitler), lo informe de la fe entre millones de fieles (Zelig es un intruso entre el cortejo de Pío XI), la búsqueda de trascendencia en una sociedad consumista y caníbal de personalidades (Zelig cruza de cabeza, en un aeroplano el Atlántico) y lo inasible de creer en fenómenos mediáticos (Zelig es catapultado por los diarios por su capacidad camaleónica de transformarse físicamente).

A tantos años de haberse filmado, aún puede apreciarse a “Zelig” como el punto culminante de la creatividad de Woody Allen y, sobre todo, como el cine (dentro del contexto de medio de comunicación que es) puede estar a la par de las redes sociales y la internet para participar en la babel moderna que intenta ofrecer una versión de la realidad, aunque esta sea falsa como “Zelig” …



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Hay un filme de Woody Allen, “Zelig” / Estados Unidos- 1983, que pareciera haberse hecho con todo el tonelaje del documental. Pero esa es la valía del mismo: el remedo, la parodia del documental.

El documental, lo sabemos, es un registro visual que capta un asunto dramático, cuyo hálito de denuncia (o revelación) es evidente y que, en su explanación objetiva deja minas certeras para que estallen en la subjetividad de cada quien.

Si nos acercamos al estupendo “engendro” fílmico que hizo Allen en “Zelig”, veríamos que el invento de los Lumière aún tiene posibilidades de magia. Y es que “Zelig” es un festín de imaginación agradecible donde la ficción es manipulada por los tentáculos del documental para confluir en una palabra total: cine, cine, cine.

La historia de Leonard Zelig, un hombre que cambiaba y se transformaba en la persona con la que estaba próximo, es llevada por Allen por territorios de la experimentación técnica y el refocile intelectual.

Ubicando a su personaje a finales de los años 20, en los Estados Unidos, y trasladándolo por la Europa previa de la Segunda Guerra Mundial y codeándolo con personajes disímbolos como Hitler, el Papa Pío XI y Josephine Baker, mediante asombrosos efectos visuales (diez años antes que “Forrest Gump” los popularizara), Allen consigue una rotunda mentira creíble para el espectador, máxime si el “documental” está salpicado por sesudas opiniones mediante entrevistas a Susan Sontag y el Premio Nobel de Literatura Saul Bellow quienes ahondan en la importancia de Leonard Zelig en la sociedad norteamericana de las primeras mitad del siglo veinte pasado.

En su momento se dijo que “Zelig” era producto del genio del director de fotografía Gordon Willis, cosa que es irrebatible, pero no hay duda que la idea seminal de Allen (apoyado en un texto de F. Scott Fitzgerald sobre un hombre que cambia de opinión acorde al medio social en que se encuentre) es rica, incluso, en lecturas antropológicas porque, efectivamente, es un falso documental pero a través del mismo establece un repaso de historia ineluctable: la masificación de las doctrinas totalitarias como el nazismo (Zelig forma parte del séquito de Hitler), lo informe de la fe entre millones de fieles (Zelig es un intruso entre el cortejo de Pío XI), la búsqueda de trascendencia en una sociedad consumista y caníbal de personalidades (Zelig cruza de cabeza, en un aeroplano el Atlántico) y lo inasible de creer en fenómenos mediáticos (Zelig es catapultado por los diarios por su capacidad camaleónica de transformarse físicamente).

A tantos años de haberse filmado, aún puede apreciarse a “Zelig” como el punto culminante de la creatividad de Woody Allen y, sobre todo, como el cine (dentro del contexto de medio de comunicación que es) puede estar a la par de las redes sociales y la internet para participar en la babel moderna que intenta ofrecer una versión de la realidad, aunque esta sea falsa como “Zelig” …



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