/ viernes 18 de septiembre de 2020

El cumpleaños del perro | El oficio de vivir

Alzo la vista. La noche sangra. Esto es Tampico donde lágrimas de luz caen, forman arroyos y van hacia algún sueño. El tiempo nos odia, no golpea, nos envejece, nos deja tirados en la carreta de la edad. ¿Qué hacer? Contar es un viaje al silencio. Entre palabra y silencio un ahogo nos asalta: es lo contado. Al abrir los ojos constato lo temporal, a ojos cerrados soy inmortal.

El tiempo es sangre, piel y memoria. La brizna rota delata una huida, una estampida hacia ninguna parte. No son estos años los que he querido vivir. Me he conformado con ver tormentas que no provoqué. Hasta el suelo que piso no es mío. En las manos se me durmieron los más negros jacintos. Los sueños se petrificaron cuando quise arrancarles un pétalo de cristal. La espada del valiente no fue fabricada para mí. Quizá me equivoqué de mundo o de cuerpo.

Gritar en la multitud o en la página en blanco da lo mismo: el dolor persiste. Cesare Pavese en su diario “El oficio de vivir” apunta esto sobre el dolor: “El dolor no es en modo alguno un privilegio, un signo de nobleza, un recuerdo de Dios. El dolor es algo bestial y feroz, trivial y gratuito, natural como el aire. Es impalpable, escapa a todo aferramiento y a toda lucha; vive en el tiempo, es lo mismo que el tiempo; si tiene sobresaltos y lanza gritos, solo es para dejar más indefenso a quien sufre en los instantes sucesivos, en los largos instantes en que volvemos a saborear el desgarramiento pasado y esperamos el siguiente. Estos sobresaltos y estremecimientos no son el dolor propiamente dicho, son instantes de vitalidad inventados por los nervios para hacernos sentir la duración del dolor verdadero, la duración tediosa, exasperante, infinita del tiempo-dolor.

“Quien sufre se mantiene siempre en estado de espera: espera del estremecimiento y espera del nuevo estremecimiento. Llega el momento en que se prefiere la crisis del alarido a su espera. Llega el momento en que gritamos sin necesidad con tal de romper la corriente del tiempo, con tal de sentir que ocurre algo, que la duración eterna del dolor atroz se ha interrumpido un instante, aunque más no sea para intensificarse.

“A veces nos asalta la sospecha de que la muerte –el infierno- será aún el afluir de un dolor sin estremecimientos, sin voz, sin instantes, tiempo absoluto y eternidad absoluta, incesante como el fluir de la sangre por un cuerpo que nunca morirá. ¡La fuerza de la indiferencia!… permitió a las piedras perdurar sin cambio millones de años".

Me abro, me cierro, es fuerte el dolor. ¿Dónde me apoyo? Los días pasan uniformes, como los autos en la avenida Hidalgo. El ayer no me dice nada. Me caigo a pedazos, despierto incompleto, me faltan miembros, elementos de la memoria. Me pesa, me duele el cuerpo, no son los años: es mi alma.

Las cosas se dicen como son, con los tonos y significados primigenios. No hay que lavar en aguas prístinas a la idea. La idea, de origen viene sucia, impregnada de ansia, de deseos de existencia, de perpetuación.

¿Qué habrá más allá de los abedules que cubren esta ventana? Las fugas son de los ansiosos, yo no tengo mapas ni doncellas que rescatar. Nunca tendré voluntad de mirmidón. El mar me lo tragué hace muchos años. Marinero, como mi padre, no aprendo que cada quien tiene su ración de olas.

Si salir significa ¿qué hago con tantas sombras, séquito en mi reino de ausencias? Años fantasmas, ruina moral: vida que se oculta en el himen de la noche más remota. Miro mis manos, en la eternidad un adiós continuo. La luz es líquida. Mi voz es agua. La edad, lo sé, es una lluvia persistente que me persigue a todos lados…

Me abro, me cierro, es fuerte el dolor. ¿Dónde me apoyo? Los días pasan uniformes, como los autos en la avenida Hidalgo. El ayer no me dice nada

Alzo la vista. La noche sangra. Esto es Tampico donde lágrimas de luz caen, forman arroyos y van hacia algún sueño. El tiempo nos odia, no golpea, nos envejece, nos deja tirados en la carreta de la edad. ¿Qué hacer? Contar es un viaje al silencio. Entre palabra y silencio un ahogo nos asalta: es lo contado. Al abrir los ojos constato lo temporal, a ojos cerrados soy inmortal.

El tiempo es sangre, piel y memoria. La brizna rota delata una huida, una estampida hacia ninguna parte. No son estos años los que he querido vivir. Me he conformado con ver tormentas que no provoqué. Hasta el suelo que piso no es mío. En las manos se me durmieron los más negros jacintos. Los sueños se petrificaron cuando quise arrancarles un pétalo de cristal. La espada del valiente no fue fabricada para mí. Quizá me equivoqué de mundo o de cuerpo.

Gritar en la multitud o en la página en blanco da lo mismo: el dolor persiste. Cesare Pavese en su diario “El oficio de vivir” apunta esto sobre el dolor: “El dolor no es en modo alguno un privilegio, un signo de nobleza, un recuerdo de Dios. El dolor es algo bestial y feroz, trivial y gratuito, natural como el aire. Es impalpable, escapa a todo aferramiento y a toda lucha; vive en el tiempo, es lo mismo que el tiempo; si tiene sobresaltos y lanza gritos, solo es para dejar más indefenso a quien sufre en los instantes sucesivos, en los largos instantes en que volvemos a saborear el desgarramiento pasado y esperamos el siguiente. Estos sobresaltos y estremecimientos no son el dolor propiamente dicho, son instantes de vitalidad inventados por los nervios para hacernos sentir la duración del dolor verdadero, la duración tediosa, exasperante, infinita del tiempo-dolor.

“Quien sufre se mantiene siempre en estado de espera: espera del estremecimiento y espera del nuevo estremecimiento. Llega el momento en que se prefiere la crisis del alarido a su espera. Llega el momento en que gritamos sin necesidad con tal de romper la corriente del tiempo, con tal de sentir que ocurre algo, que la duración eterna del dolor atroz se ha interrumpido un instante, aunque más no sea para intensificarse.

“A veces nos asalta la sospecha de que la muerte –el infierno- será aún el afluir de un dolor sin estremecimientos, sin voz, sin instantes, tiempo absoluto y eternidad absoluta, incesante como el fluir de la sangre por un cuerpo que nunca morirá. ¡La fuerza de la indiferencia!… permitió a las piedras perdurar sin cambio millones de años".

Me abro, me cierro, es fuerte el dolor. ¿Dónde me apoyo? Los días pasan uniformes, como los autos en la avenida Hidalgo. El ayer no me dice nada. Me caigo a pedazos, despierto incompleto, me faltan miembros, elementos de la memoria. Me pesa, me duele el cuerpo, no son los años: es mi alma.

Las cosas se dicen como son, con los tonos y significados primigenios. No hay que lavar en aguas prístinas a la idea. La idea, de origen viene sucia, impregnada de ansia, de deseos de existencia, de perpetuación.

¿Qué habrá más allá de los abedules que cubren esta ventana? Las fugas son de los ansiosos, yo no tengo mapas ni doncellas que rescatar. Nunca tendré voluntad de mirmidón. El mar me lo tragué hace muchos años. Marinero, como mi padre, no aprendo que cada quien tiene su ración de olas.

Si salir significa ¿qué hago con tantas sombras, séquito en mi reino de ausencias? Años fantasmas, ruina moral: vida que se oculta en el himen de la noche más remota. Miro mis manos, en la eternidad un adiós continuo. La luz es líquida. Mi voz es agua. La edad, lo sé, es una lluvia persistente que me persigue a todos lados…

Me abro, me cierro, es fuerte el dolor. ¿Dónde me apoyo? Los días pasan uniformes, como los autos en la avenida Hidalgo. El ayer no me dice nada