/ viernes 11 de septiembre de 2020

El cumpleaños del perro | Rosauro Castro

Después de ver en “El infierno” / 2010 el rol del cacique de don José Reyes/ Ernesto Gómez Cruz, amén de narco y brutal, queda claro que el prototipo del oligarca feudal regional en el cine mexicano se ha transformado acorde a los vaivenes del contexto sociopolítico.

Sin embargo, este tipo de personajes tienen su génesis, indudablemente, en la cinta “Rosauro Castro” / 1950, dirigida por Roberto Gavaldón, cuyo guion urdió con sobriedad e inteligencia el escritor José Revueltas, teniendo a Pedro Armendáriz como protagonista central.

Gavaldón, cuya obra aún no recibe la atención merecida, era un director de atmósferas híbridas donde los personajes parecían haber perdido lo que a los de Ismael Rodríguez les sobraba: vivacidad.

Maestro en el manejo de los géneros, aunque el melodrama era el dominante. Gavaldón dejó verdaderas perlas en nuestro cine: “La barraca”, “La otra”, “La noche avanza”, “Macario”, “Días de otoño”, “El gallo de oro” (donde colaboró en el guion con Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez) y “Doña macabra”. Incluso, se dio el lujo de darle categoría al personaje de Cantinflas en “Don Quijote cabalga de nuevo”, coproducción mexicana-española de 1972.

En “Rosauro Castro” (disponible de manera gratuita en la plataforma YouTube), Pedro Armendáriz está en su jugo. Es el villano, cacique de un pequeño pueblo en donde es dueño de tierras y de vidas. Nada se mueve sin su voluntad. Y si algún adversario logra retarlo, la tumba es el destino final para el interfecto.

El laconismo, el páramo y las calles del pueblo casi vacías, arropan a los personajes de “Rosauro Castro” en una geografía asfixiante donde, al parecer, la venganza es la única justicia posible.

El cacique en el cine mexicano ha sido, curiosamente, un referente muy poco socorrido. Si acaso el último lo representó Fernando Soler en “El lugar sin límites”, en el rol de don Alejo (amén de echarle un vistazo a los sobrecogedores documentales “Etnocidio: notas sobre El Mezquital”, de Paul Leduc, y “Santa Gertrudis: la primera pregunta sobre la felicidad”, de Gilles Groulx, los cuales denuncian sin cortapisas el papel siniestro del cacique en el medio rural mexicano).

Quizá el cine mexicano ha tenido en el cacique una figura polémica y rica en exploración fílmica, sin embargo, la censura brutal que ha vivido este país hizo que los cineastas recularan y mostraran a dicho personaje solo por el borde.

Los acomodos políticos y democráticos que vivimos en México pueden permitir que el cine goce de mayor libertad y arriesgue temático. Solo quedará algo peor que la censura: la autocensura que, lamentablemente, afecta al creador fílmico.

Ante la ausencia de una cabeza que disponía del curso (y recursos) del país, los poderes institucionales están ajustados a eso que Octavio Paz apunta en un verso: “Abrazos caníbales”, ya que cada quien devora, en beneficio propio, al contrincante. Senadores, diputados, alcaldes, regidores, síndicos, gobernadores al parecer se sienten libres de los amarres de antaño para poder actuar. Si no, echémosle un vistazo al Congreso de la Unión…

Después de ver en “El infierno” / 2010 el rol del cacique de don José Reyes/ Ernesto Gómez Cruz, amén de narco y brutal, queda claro que el prototipo del oligarca feudal regional en el cine mexicano se ha transformado acorde a los vaivenes del contexto sociopolítico.

Sin embargo, este tipo de personajes tienen su génesis, indudablemente, en la cinta “Rosauro Castro” / 1950, dirigida por Roberto Gavaldón, cuyo guion urdió con sobriedad e inteligencia el escritor José Revueltas, teniendo a Pedro Armendáriz como protagonista central.

Gavaldón, cuya obra aún no recibe la atención merecida, era un director de atmósferas híbridas donde los personajes parecían haber perdido lo que a los de Ismael Rodríguez les sobraba: vivacidad.

Maestro en el manejo de los géneros, aunque el melodrama era el dominante. Gavaldón dejó verdaderas perlas en nuestro cine: “La barraca”, “La otra”, “La noche avanza”, “Macario”, “Días de otoño”, “El gallo de oro” (donde colaboró en el guion con Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez) y “Doña macabra”. Incluso, se dio el lujo de darle categoría al personaje de Cantinflas en “Don Quijote cabalga de nuevo”, coproducción mexicana-española de 1972.

En “Rosauro Castro” (disponible de manera gratuita en la plataforma YouTube), Pedro Armendáriz está en su jugo. Es el villano, cacique de un pequeño pueblo en donde es dueño de tierras y de vidas. Nada se mueve sin su voluntad. Y si algún adversario logra retarlo, la tumba es el destino final para el interfecto.

El laconismo, el páramo y las calles del pueblo casi vacías, arropan a los personajes de “Rosauro Castro” en una geografía asfixiante donde, al parecer, la venganza es la única justicia posible.

El cacique en el cine mexicano ha sido, curiosamente, un referente muy poco socorrido. Si acaso el último lo representó Fernando Soler en “El lugar sin límites”, en el rol de don Alejo (amén de echarle un vistazo a los sobrecogedores documentales “Etnocidio: notas sobre El Mezquital”, de Paul Leduc, y “Santa Gertrudis: la primera pregunta sobre la felicidad”, de Gilles Groulx, los cuales denuncian sin cortapisas el papel siniestro del cacique en el medio rural mexicano).

Quizá el cine mexicano ha tenido en el cacique una figura polémica y rica en exploración fílmica, sin embargo, la censura brutal que ha vivido este país hizo que los cineastas recularan y mostraran a dicho personaje solo por el borde.

Los acomodos políticos y democráticos que vivimos en México pueden permitir que el cine goce de mayor libertad y arriesgue temático. Solo quedará algo peor que la censura: la autocensura que, lamentablemente, afecta al creador fílmico.

Ante la ausencia de una cabeza que disponía del curso (y recursos) del país, los poderes institucionales están ajustados a eso que Octavio Paz apunta en un verso: “Abrazos caníbales”, ya que cada quien devora, en beneficio propio, al contrincante. Senadores, diputados, alcaldes, regidores, síndicos, gobernadores al parecer se sienten libres de los amarres de antaño para poder actuar. Si no, echémosle un vistazo al Congreso de la Unión…