/ sábado 21 de diciembre de 2019

El epistemológico y avant-garde Apitchatpong Weerasethakul

La metáfora como arma visual puede ser perturbadora y bella a la vez. Es el caso del cineasta tailandés Apitchatpong Weerasethakul quien en su obra fílmica concatena el bagaje, la cultura y el sincretismo histórico de su país con una herramienta liberadora y asfixiante: la imaginación estética.

En Cementerio del esplendor/ Tailandia- Reino Unido- Francia-Alemania- Malasia- 2015 Wheerasethakul arriesga un poco más de su potaje artístico ya conocido (reencarnaciones que conviven de manera natural con los seres queridos) y bucea en el comentario político. De hecho, Cementerio de esplendor puede ser vista como una implacable crítica a la sociedad tailandesa moderna, inmersa en la tiranía de los gobernantes y la enajenación de sus habitantes (la secuencia en las escaleras eléctricas cuando bajan y suben bañados por las luces cromáticas que aducen a los sueños/´pesadillas de los soldados narcolépticos es brutal).

La historia del filme está centrado en un hospital provinciano que atiende a soldados que sufren una extraña enfermedad que los mantiene en constante sueño. Pese a los paliativos de una máquina, probada por el ejército en Afganistán, que emite luces cromáticas para anular las pesadillas de los soldados, éstos al parecer no muestran síntomas de reparación.

Jen, una mujer enferma de su pierna izquierda, llega al hospital para atender como voluntaria a los hombres dormidos. Se relaciona con una joven vidente que sirve de puente entre los pacientes y sus familiares.

Jen lleva una relación con un americano y en cierta ocasión que van a un templo dejan una ofrenda a dos deidades. A los días siguientes, dichas deidades se le aparecen a la mujer en forma de dos chicas jóvenes y le informan que los soldados no tienen cura porque sus espíritus son absorbidos por reyes milenarios que en antaño combatieron y que yacen sepultados en los escombros del cementerio que hoy ocupa el hospital.

Wheerasethakul instala una puesta en escena a ratos, literalmente, soporífera. La fotografía del mexicano Diego García es precisa en su registro con luz natural y otorga al relato un realismo a la par que lo hizo Lubezki en El nuevo mundo/ 2005, de Terrence Malick. (Por cierto, hay un guiño a México: en la escena cuando Jen conversa con la enfermera, se ve en la pared derecha una lámina del tradicional juego de la lotería)

Al igual que en su laureada El tío Boonme recuerda sus vidas pasadas/ 2010 (Palma de Oro en Cannes), Wheerasethakul vivifica su raigambre cultural en Cementerio de esplendor bajo una óptica no de los mitos o usos y costumbres, sino de una universalidad insoslayable: el convivio de éstos con la modernidad. Aquí, los personajes usan celulares para comunicarse con sus familiares, van al cine, al mall o a cenar y sin embargo están poseídos por una fuerza sobrenatural, ancestral que los mantiene en un estado catatónico y, lo más inquietante - acorde a la escena final cuando Jen observa a unos niños jugar futbol – ya sea dormidos o despiertos. De allí que cobre impacto el mensaje encontrado por la mujer entre las ruinas: “Entre los humanos, los más inteligentes son los disciplinados…”

La metáfora como arma visual puede ser perturbadora y bella a la vez. Es el caso del cineasta tailandés Apitchatpong Weerasethakul quien en su obra fílmica concatena el bagaje, la cultura y el sincretismo histórico de su país con una herramienta liberadora y asfixiante: la imaginación estética.

En Cementerio del esplendor/ Tailandia- Reino Unido- Francia-Alemania- Malasia- 2015 Wheerasethakul arriesga un poco más de su potaje artístico ya conocido (reencarnaciones que conviven de manera natural con los seres queridos) y bucea en el comentario político. De hecho, Cementerio de esplendor puede ser vista como una implacable crítica a la sociedad tailandesa moderna, inmersa en la tiranía de los gobernantes y la enajenación de sus habitantes (la secuencia en las escaleras eléctricas cuando bajan y suben bañados por las luces cromáticas que aducen a los sueños/´pesadillas de los soldados narcolépticos es brutal).

La historia del filme está centrado en un hospital provinciano que atiende a soldados que sufren una extraña enfermedad que los mantiene en constante sueño. Pese a los paliativos de una máquina, probada por el ejército en Afganistán, que emite luces cromáticas para anular las pesadillas de los soldados, éstos al parecer no muestran síntomas de reparación.

Jen, una mujer enferma de su pierna izquierda, llega al hospital para atender como voluntaria a los hombres dormidos. Se relaciona con una joven vidente que sirve de puente entre los pacientes y sus familiares.

Jen lleva una relación con un americano y en cierta ocasión que van a un templo dejan una ofrenda a dos deidades. A los días siguientes, dichas deidades se le aparecen a la mujer en forma de dos chicas jóvenes y le informan que los soldados no tienen cura porque sus espíritus son absorbidos por reyes milenarios que en antaño combatieron y que yacen sepultados en los escombros del cementerio que hoy ocupa el hospital.

Wheerasethakul instala una puesta en escena a ratos, literalmente, soporífera. La fotografía del mexicano Diego García es precisa en su registro con luz natural y otorga al relato un realismo a la par que lo hizo Lubezki en El nuevo mundo/ 2005, de Terrence Malick. (Por cierto, hay un guiño a México: en la escena cuando Jen conversa con la enfermera, se ve en la pared derecha una lámina del tradicional juego de la lotería)

Al igual que en su laureada El tío Boonme recuerda sus vidas pasadas/ 2010 (Palma de Oro en Cannes), Wheerasethakul vivifica su raigambre cultural en Cementerio de esplendor bajo una óptica no de los mitos o usos y costumbres, sino de una universalidad insoslayable: el convivio de éstos con la modernidad. Aquí, los personajes usan celulares para comunicarse con sus familiares, van al cine, al mall o a cenar y sin embargo están poseídos por una fuerza sobrenatural, ancestral que los mantiene en un estado catatónico y, lo más inquietante - acorde a la escena final cuando Jen observa a unos niños jugar futbol – ya sea dormidos o despiertos. De allí que cobre impacto el mensaje encontrado por la mujer entre las ruinas: “Entre los humanos, los más inteligentes son los disciplinados…”