/ domingo 10 de febrero de 2019

El lujo que el amor es

El lujo que el amor es

Si usted ama y es amado, con todo lo que en su verdadera dimensión eso realmente significa más allá de esas pobres y manipuladas desviaciones telenoveleras que a tanta gente seducen, quiero decirle que posee un lujo del que no cualquiera puede presumir.

Pero si no es así, y tristemente se debate entre el hastío y el abandono, o se ha dejado llevar por esa patética caricatura con que a veces se lo han presentado, permítame entonces decirle que es la persona más desvalida y necesitada de la tierra, aunque esté rodeado de tantas cosas que pretenden suplir, sin lograrlo, lo que su corazón en verdad ansía y que es sentirse amado con sinceridad por alguien, que a su vez, usted anhela y sueña con amar.

Porque aunque usted no lo crea, el amor es un lujo del que muchas personas quisieran ufanarse, aunque muy pocas puedan hacerlo. Amar es saber conjugar el verbo dar sin convertirlo en disfrazado egoísmo; es poder ver profundamente en unos ojos que nos miran de la misma forma, intensa y transparente; amar es saber descifrar lo que el otro quizás no es capaz de expresar, pero intuímos está en su corazón; es encontrar que la vida vale la pena de ser vivida porque es a través de ella que celebramos gozosos el encuentro con alguien que pensamos nos había sido destinado desde siempre. Amar es disfrutar del bullicio tanto como del silencio; es sentir la inquietud a la par que el desafío, es mantener la esperanza viva aún en los momentos más difíciles, y es saber, más allá de toda duda, que ya nunca estaremos solos y que podremos contar con quien amamos y nos ama, porque el amor es así, esplendoroso y magnífico.

Es cierto que a veces el amor se confunde con otras emociones y engaña nuestros sentidos con falsas señales volviéndose por eso incapaz de desafiar el tiempo y enfrentar la tormenta y nos hace creer que sus frágiles amarras no podrán impedir su previsible naufragio. Pero es entonces que no debemos permitir que la decepción nos haga decir neciamente que el amor acaba, premisa cierta cuando no decidimos luchar por él a pesar de su manifiesta contingencia; es ahí que, con todo y sus espinas, debemos agradecer el privilegio que tuvimos de aspirar la fragancia de esa rosa que un día aromó nuestro corazón, aunque sepamos que quizás quede más tarde solitario y triste. Pero al final estaremos ciertos que su derrotero, aunque gloriosamente finito, fue puerto seguro mientras le permitimos ser guiados por él, en lugar de pretender dirigirlo nosotros, porque al cabo de todo como dice el Rey Sabio “es fuerte como la muerte”

A veces, por desgracia, el amor es suplido por la conveniencia y la comodidad que nos dan los bienes de quienes dicen amarnos. Pero permitirlo es hacer que nuestro espíritu, hecho para más, se empequeñezca al enajenar su naturaleza trascendente, por cosas que le gratifican, pero no le realizan plenamente; por objetos que brillan, pero no tienen luz por sí mismos, sino porque hemos puesto en ellos sólo la tenue y frágil llama de un fuego fatuo. Porque al final de todo sabemos que el corazón no puede ser engañado y el sentimiento amoroso se percibe simplemente viendo hacia el interior de la persona y no sólo a través de los dones que nos ofrece, aunque pueda tener las manos llenas de ellos e intente con esas dádivas convencernos, porque lo único que no necesita justificación, que es el amor.

Quizás por eso, el mayor error que podemos cometer cuando pretendemos lucir el amor que nos es dado como regalo por alguien, es confundirlo con esos otros pequeños lujos, que de alguna manera son también aspiraciones legítimas de nuestra naturaleza y son signos visibles de lo que por su misma esencia debiera ser mayormente cualitativo. Porque el amor será siempre algo más que un signo: es un lujo espiritual; es el regocijo que se percibe en nuestro cuerpo, pero que tiene su origen en nuestra alma; es el diseño que adorna nuestros sueños e ilusiones y trasciende el limitado espacio en el que a veces queremos encerrarlo como si fuera un objeto más y es, como dice el poeta, “la escapatoria de las dos pisadas idénticas que saltan hasta la nube, de la que se regresa en la mañana”

Pero el mayor lujo que podemos presumir es que alguien sienta como privilegio el que nuestra mano toque su corazón y que a nuestra vez experimentemos el honor de que nuestro corazón sea tocado por la mano de quien sabemos que nos ama. Porque el brillo de una moda deslumbrante pasará, la fama y la hermosura son viento que el tiempo desvanecerá un día; la lozanía y la juventud son el lujoso tesoro que todos pudimos disfrutar, pero que igualmente veremos cómo se irá sin remedio.

Pero en cambio, el lujo que el amor es, consiste en poder contemplar la belleza que se esconde en un corazón que nos ama por lo que somos y hemos sido a pesar de todo, por encima de palabras y de cosas, eso es algo que permanecerá por siempre, tesoro que no se extinguirá nunca, regalo semejante a la eterna fuente de donde, como de un mágico y magnífico surtidor, procedió alguna vez...

El lujo que el amor es

Si usted ama y es amado, con todo lo que en su verdadera dimensión eso realmente significa más allá de esas pobres y manipuladas desviaciones telenoveleras que a tanta gente seducen, quiero decirle que posee un lujo del que no cualquiera puede presumir.

Pero si no es así, y tristemente se debate entre el hastío y el abandono, o se ha dejado llevar por esa patética caricatura con que a veces se lo han presentado, permítame entonces decirle que es la persona más desvalida y necesitada de la tierra, aunque esté rodeado de tantas cosas que pretenden suplir, sin lograrlo, lo que su corazón en verdad ansía y que es sentirse amado con sinceridad por alguien, que a su vez, usted anhela y sueña con amar.

Porque aunque usted no lo crea, el amor es un lujo del que muchas personas quisieran ufanarse, aunque muy pocas puedan hacerlo. Amar es saber conjugar el verbo dar sin convertirlo en disfrazado egoísmo; es poder ver profundamente en unos ojos que nos miran de la misma forma, intensa y transparente; amar es saber descifrar lo que el otro quizás no es capaz de expresar, pero intuímos está en su corazón; es encontrar que la vida vale la pena de ser vivida porque es a través de ella que celebramos gozosos el encuentro con alguien que pensamos nos había sido destinado desde siempre. Amar es disfrutar del bullicio tanto como del silencio; es sentir la inquietud a la par que el desafío, es mantener la esperanza viva aún en los momentos más difíciles, y es saber, más allá de toda duda, que ya nunca estaremos solos y que podremos contar con quien amamos y nos ama, porque el amor es así, esplendoroso y magnífico.

Es cierto que a veces el amor se confunde con otras emociones y engaña nuestros sentidos con falsas señales volviéndose por eso incapaz de desafiar el tiempo y enfrentar la tormenta y nos hace creer que sus frágiles amarras no podrán impedir su previsible naufragio. Pero es entonces que no debemos permitir que la decepción nos haga decir neciamente que el amor acaba, premisa cierta cuando no decidimos luchar por él a pesar de su manifiesta contingencia; es ahí que, con todo y sus espinas, debemos agradecer el privilegio que tuvimos de aspirar la fragancia de esa rosa que un día aromó nuestro corazón, aunque sepamos que quizás quede más tarde solitario y triste. Pero al final estaremos ciertos que su derrotero, aunque gloriosamente finito, fue puerto seguro mientras le permitimos ser guiados por él, en lugar de pretender dirigirlo nosotros, porque al cabo de todo como dice el Rey Sabio “es fuerte como la muerte”

A veces, por desgracia, el amor es suplido por la conveniencia y la comodidad que nos dan los bienes de quienes dicen amarnos. Pero permitirlo es hacer que nuestro espíritu, hecho para más, se empequeñezca al enajenar su naturaleza trascendente, por cosas que le gratifican, pero no le realizan plenamente; por objetos que brillan, pero no tienen luz por sí mismos, sino porque hemos puesto en ellos sólo la tenue y frágil llama de un fuego fatuo. Porque al final de todo sabemos que el corazón no puede ser engañado y el sentimiento amoroso se percibe simplemente viendo hacia el interior de la persona y no sólo a través de los dones que nos ofrece, aunque pueda tener las manos llenas de ellos e intente con esas dádivas convencernos, porque lo único que no necesita justificación, que es el amor.

Quizás por eso, el mayor error que podemos cometer cuando pretendemos lucir el amor que nos es dado como regalo por alguien, es confundirlo con esos otros pequeños lujos, que de alguna manera son también aspiraciones legítimas de nuestra naturaleza y son signos visibles de lo que por su misma esencia debiera ser mayormente cualitativo. Porque el amor será siempre algo más que un signo: es un lujo espiritual; es el regocijo que se percibe en nuestro cuerpo, pero que tiene su origen en nuestra alma; es el diseño que adorna nuestros sueños e ilusiones y trasciende el limitado espacio en el que a veces queremos encerrarlo como si fuera un objeto más y es, como dice el poeta, “la escapatoria de las dos pisadas idénticas que saltan hasta la nube, de la que se regresa en la mañana”

Pero el mayor lujo que podemos presumir es que alguien sienta como privilegio el que nuestra mano toque su corazón y que a nuestra vez experimentemos el honor de que nuestro corazón sea tocado por la mano de quien sabemos que nos ama. Porque el brillo de una moda deslumbrante pasará, la fama y la hermosura son viento que el tiempo desvanecerá un día; la lozanía y la juventud son el lujoso tesoro que todos pudimos disfrutar, pero que igualmente veremos cómo se irá sin remedio.

Pero en cambio, el lujo que el amor es, consiste en poder contemplar la belleza que se esconde en un corazón que nos ama por lo que somos y hemos sido a pesar de todo, por encima de palabras y de cosas, eso es algo que permanecerá por siempre, tesoro que no se extinguirá nunca, regalo semejante a la eterna fuente de donde, como de un mágico y magnífico surtidor, procedió alguna vez...

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