/ jueves 24 de septiembre de 2020

El otro gallo | Con balsa o con salvavidas

Mi madre siempre decía "como te ves me vi y como me ves te verás", era una frase que usaba cuando sentía que alguien la trataba de molestar diciéndole vieja.

Mi mamá, al fin mujer, guardaba cierta vanidad por su arreglo personal pero nunca luchó con el paso del tiempo, ella envejeció con elegancia. Con ese donaire que solo se obtiene a través de la experiencia y el autoconocimiento y aunque toda su vida se arregló y cuidó, jamás trató de competir con las más jóvenes pues según decía no tenía sentido alguno hacerlo.

Alguna vez leí que la gente que se queda en los 20 nunca cumple los 40 y es cierto. El saber decir adiós a la juventud es un arte.

Considero que la juventud está sobrevaluada, pues se cree que por ser joven todo se puede y aunque quizá físicamente pueda ser así, dudo mucho que alguien inexperto por ser joven sortee las adversidades tan bien como alguien mayor.

La juventud es la balsa que se nos presta para transitar ríos, pero cuando se llega al mar se nos quita y nos dan un salvavidas, y ahí es donde se forja el carácter, si es que se forma, pues, aunque la vejez también es sinónimo de experiencia no garantiza que se sepa utilizar el salvavidas precisamente porque muchos se quedaron estancados en los 20.

En lo personal, observo cada día que las líneas de mi rostro se hacen cada vez más profundas y que gustan de dibujar mapas donde antes era un llano virgen. Son visibles ya las grietas que la lluvia formó en época de llanto y las arrugas en tiempo de sequía y blancos hilos brotan de mi cabeza y son cada vez más renuentes a dejarse teñir.

Hoy comprendo al fin por donde pasa la corriente que me ha de llevar al último océano, quedaron atrás los rápidos y las vertientes de ríos impetuosos. Esta corriente me llevará al fin a las aguas calmas e inmutables de paz, por ello dejo que la vida pase y me atraviese, la dejo permear a través de mi piel y me deja tranquila, y aunque de cuando en cuando reviven en mí destellos de las ansias propias de la juventud, afortunadamente son silenciadas por mi sentido común.

El otoño llegó y con él nuestro recuento de lo ocurrido se aproxima velozmente al igual que el tiempo de mirarnos al espejo y hacer las paces con nosotros mismos. Será inevitable si realmente se desea avanzar y no quedarse en el ayer, y aunque muchos traduzcan este avance como material, lo realmente importante es colocar en el lugar que se merecen las prioridades y que no será precisamente en el orden en que los demás las conciban.

El aceptar que somos un año más viejos podría servir, el aceptar que conforme pasan el tiempo, los artificios pasan a segundo plano y que los adornos materiales aunque bellos se quedarán cuando no estemos, también; y sin embargo, el reconocer nuestro paso temporal por esta vida y que en este año marcado por la muerte y ahora la recesión económica al menos hemos sobrevivido sin que nada nos hubiese pasado por no usar o no poder comprar lo que no era de primera necesidad, debe haber marcado nuestra vida de alguna forma y debe habernos enseñado que nada nos es indispensable para vivir y ser feliz a excepción de nuestra propia persona.

Saber decir adiós a lo innecesario o a lo que sabemos que no volverá nos hará marineros expertos y evitaremos naufragar una y mil veces con balsa o con salvavidas.

Mi madre siempre decía "como te ves me vi y como me ves te verás", era una frase que usaba cuando sentía que alguien la trataba de molestar diciéndole vieja.

Mi mamá, al fin mujer, guardaba cierta vanidad por su arreglo personal pero nunca luchó con el paso del tiempo, ella envejeció con elegancia. Con ese donaire que solo se obtiene a través de la experiencia y el autoconocimiento y aunque toda su vida se arregló y cuidó, jamás trató de competir con las más jóvenes pues según decía no tenía sentido alguno hacerlo.

Alguna vez leí que la gente que se queda en los 20 nunca cumple los 40 y es cierto. El saber decir adiós a la juventud es un arte.

Considero que la juventud está sobrevaluada, pues se cree que por ser joven todo se puede y aunque quizá físicamente pueda ser así, dudo mucho que alguien inexperto por ser joven sortee las adversidades tan bien como alguien mayor.

La juventud es la balsa que se nos presta para transitar ríos, pero cuando se llega al mar se nos quita y nos dan un salvavidas, y ahí es donde se forja el carácter, si es que se forma, pues, aunque la vejez también es sinónimo de experiencia no garantiza que se sepa utilizar el salvavidas precisamente porque muchos se quedaron estancados en los 20.

En lo personal, observo cada día que las líneas de mi rostro se hacen cada vez más profundas y que gustan de dibujar mapas donde antes era un llano virgen. Son visibles ya las grietas que la lluvia formó en época de llanto y las arrugas en tiempo de sequía y blancos hilos brotan de mi cabeza y son cada vez más renuentes a dejarse teñir.

Hoy comprendo al fin por donde pasa la corriente que me ha de llevar al último océano, quedaron atrás los rápidos y las vertientes de ríos impetuosos. Esta corriente me llevará al fin a las aguas calmas e inmutables de paz, por ello dejo que la vida pase y me atraviese, la dejo permear a través de mi piel y me deja tranquila, y aunque de cuando en cuando reviven en mí destellos de las ansias propias de la juventud, afortunadamente son silenciadas por mi sentido común.

El otoño llegó y con él nuestro recuento de lo ocurrido se aproxima velozmente al igual que el tiempo de mirarnos al espejo y hacer las paces con nosotros mismos. Será inevitable si realmente se desea avanzar y no quedarse en el ayer, y aunque muchos traduzcan este avance como material, lo realmente importante es colocar en el lugar que se merecen las prioridades y que no será precisamente en el orden en que los demás las conciban.

El aceptar que somos un año más viejos podría servir, el aceptar que conforme pasan el tiempo, los artificios pasan a segundo plano y que los adornos materiales aunque bellos se quedarán cuando no estemos, también; y sin embargo, el reconocer nuestro paso temporal por esta vida y que en este año marcado por la muerte y ahora la recesión económica al menos hemos sobrevivido sin que nada nos hubiese pasado por no usar o no poder comprar lo que no era de primera necesidad, debe haber marcado nuestra vida de alguna forma y debe habernos enseñado que nada nos es indispensable para vivir y ser feliz a excepción de nuestra propia persona.

Saber decir adiós a lo innecesario o a lo que sabemos que no volverá nos hará marineros expertos y evitaremos naufragar una y mil veces con balsa o con salvavidas.

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