/ jueves 22 de octubre de 2020

El otro gallo | En la misma tierra

A los 6 años la muerte es solo una mujer muy flaca vestida elegantemente que únicamente llegas a ver en la lotería, así que la tomas como si fuese un chiste, una broma y hasta llegas a pensar que no existe.

No recuerdo haber ido a un panteón de niña, solo los llegué a conocer en las películas del "Santo, el enmascarado de plata", por lo que guardé en mi memoria por mucho tiempo esa imagen que era siempre terrorífica y tenebrosa, con una ausencia total de ruido que únicamente se interrumpía por alguna ave nocturna o por el paso del viento entre las hojas de los árboles; luego entonces, la imagen del cementerio se me antojaba cosa maligna, propia de fantasmas y residencia final de los que habían sido malos.

Cuántas fantasías y elucubraciones puede haber en una mente infantil y yo agregaría... afortunadamente.

Por fortuna cuando eres pequeña puedes, si quieres, inventar mil mundos maravillosos, donde la muerte y el dolor son únicamente dos palabras en el diccionario; donde el llanto solo se presenta por la inmensa felicidad que sientes y el adiós es un hasta pronto.

Desafortunadamente, cuando creces la vida te va obligando a ver lo que es y no lo que quieres ver. Decía mi madre que ante la muerte uno se quita el sombrero pues el amigo deja de serlo y el enemigo también, lo que significa que es en nuestro último acto donde los amores y rencores cesan; donde la ambición y las miserias terminan y donde todos, absolutamente todos, somos iguales.

Logros, títulos, reconocimientos, fortunas, cargos, investiduras, entre otras cosas, quedan reducidos a nada ante la muerte. Los aplausos o los insultos que uno recibió en vida dejan de tener sentido cuando se cierra la tapa y es precisamente aquí, en el instante mismo de cerrarse el ataúd, que los odios, amores y amistades se mitigan hasta encontrar un punto medio que permita descansar el corazón doliente del deudo.

Sin embargo, nunca llegamos a olvidar a quienes en vida significaron algo fundamental para nuestra existencia y por lo cual solemos tener un día especial para ellos, para recordarlos y recordarnos a nosotros mismos que tarde o temprano estaremos con ellos en donde quiera que se encuentren, quizás por esto el corazón reclama no solo recordarlos el Día de Muertos sino todo el mes de noviembre, mes donde con ansias locas esperamos la visita de nuestros seres queridos para sentir al menos unos días que vuelven a estar entre nosotros riendo y charlando.

Después de haber enterrado hace algunos años a los dos seres que más amé, comprendí que aquella imagen de la muerte inamovible y elegante que de pequeña tenía, no era tal, y que el cementerio no es un lugar terrorífico ni tenebroso como pensaba.

Comprendí que la muerte no es una imagen sino un hecho, una parte de la verdad de la existencia que complementa a la vida y no la contradice, entendí que el cementerio no es donde yacen los malos purgando un castigo, sino un lugar donde la vida cobra sentido y donde el silencio es la paz ganada después de tanto traqueteo del camino.

Pronto llegará noviembre y con él llegará la nostalgia y quizá el dolor inherente a nuestro capricho infantil de querer que todo sea eterno y sea como siempre ha sido... inmutable. Sin embargo, y tras haber sido este un año de lecciones en todos los sentidos, seguramente este noviembre consideraremos, como nunca lo hemos hecho, nuestra extrema fragilidad.

Este noviembre tomaremos conciencia de lo banal que resultan nuestras aflicciones desmedidas por alcanzar lo material, siendo esto precisamente lo que no nos llevaremos; irónico ¿no? Entonces, ¿para qué tanto desgaste y afán por acrecentar riqueza o poder pasando por encima de otros o provocando su sufrimiento?, si al final de las cuentas y cuando menos lo esperemos yaceremos quizá junto a esa persona a la que lastimamos o nos lastimó, en la misma tierra.

A los 6 años la muerte es solo una mujer muy flaca vestida elegantemente que únicamente llegas a ver en la lotería, así que la tomas como si fuese un chiste, una broma y hasta llegas a pensar que no existe.

No recuerdo haber ido a un panteón de niña, solo los llegué a conocer en las películas del "Santo, el enmascarado de plata", por lo que guardé en mi memoria por mucho tiempo esa imagen que era siempre terrorífica y tenebrosa, con una ausencia total de ruido que únicamente se interrumpía por alguna ave nocturna o por el paso del viento entre las hojas de los árboles; luego entonces, la imagen del cementerio se me antojaba cosa maligna, propia de fantasmas y residencia final de los que habían sido malos.

Cuántas fantasías y elucubraciones puede haber en una mente infantil y yo agregaría... afortunadamente.

Por fortuna cuando eres pequeña puedes, si quieres, inventar mil mundos maravillosos, donde la muerte y el dolor son únicamente dos palabras en el diccionario; donde el llanto solo se presenta por la inmensa felicidad que sientes y el adiós es un hasta pronto.

Desafortunadamente, cuando creces la vida te va obligando a ver lo que es y no lo que quieres ver. Decía mi madre que ante la muerte uno se quita el sombrero pues el amigo deja de serlo y el enemigo también, lo que significa que es en nuestro último acto donde los amores y rencores cesan; donde la ambición y las miserias terminan y donde todos, absolutamente todos, somos iguales.

Logros, títulos, reconocimientos, fortunas, cargos, investiduras, entre otras cosas, quedan reducidos a nada ante la muerte. Los aplausos o los insultos que uno recibió en vida dejan de tener sentido cuando se cierra la tapa y es precisamente aquí, en el instante mismo de cerrarse el ataúd, que los odios, amores y amistades se mitigan hasta encontrar un punto medio que permita descansar el corazón doliente del deudo.

Sin embargo, nunca llegamos a olvidar a quienes en vida significaron algo fundamental para nuestra existencia y por lo cual solemos tener un día especial para ellos, para recordarlos y recordarnos a nosotros mismos que tarde o temprano estaremos con ellos en donde quiera que se encuentren, quizás por esto el corazón reclama no solo recordarlos el Día de Muertos sino todo el mes de noviembre, mes donde con ansias locas esperamos la visita de nuestros seres queridos para sentir al menos unos días que vuelven a estar entre nosotros riendo y charlando.

Después de haber enterrado hace algunos años a los dos seres que más amé, comprendí que aquella imagen de la muerte inamovible y elegante que de pequeña tenía, no era tal, y que el cementerio no es un lugar terrorífico ni tenebroso como pensaba.

Comprendí que la muerte no es una imagen sino un hecho, una parte de la verdad de la existencia que complementa a la vida y no la contradice, entendí que el cementerio no es donde yacen los malos purgando un castigo, sino un lugar donde la vida cobra sentido y donde el silencio es la paz ganada después de tanto traqueteo del camino.

Pronto llegará noviembre y con él llegará la nostalgia y quizá el dolor inherente a nuestro capricho infantil de querer que todo sea eterno y sea como siempre ha sido... inmutable. Sin embargo, y tras haber sido este un año de lecciones en todos los sentidos, seguramente este noviembre consideraremos, como nunca lo hemos hecho, nuestra extrema fragilidad.

Este noviembre tomaremos conciencia de lo banal que resultan nuestras aflicciones desmedidas por alcanzar lo material, siendo esto precisamente lo que no nos llevaremos; irónico ¿no? Entonces, ¿para qué tanto desgaste y afán por acrecentar riqueza o poder pasando por encima de otros o provocando su sufrimiento?, si al final de las cuentas y cuando menos lo esperemos yaceremos quizá junto a esa persona a la que lastimamos o nos lastimó, en la misma tierra.

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