/ domingo 2 de septiembre de 2018

El regalo que los abuelos son…

Hay algo indefinible, magnífico y a la vez paradójico, en el hecho de ser abuelo.

La mayoría de la gente cree, por ejemplo, que se es abuelo cuando ya se es viejo, y es por eso que temen llegar a serlo un día. Pero hay también muchos abuelos jóvenes.

Hay quienes piensan, que si se les dice abuelito, es porque ya están ancianos y decrépitos. Pero llamarlos así no es sino una forma cariñosa de hablarles, que nada tiene que ver con el Parkinson o el Alzheimer.

Algunos más creen y afirman, por su propia experiencia, que se ama más a los nietos que a los hijos, lo que parece ser tan evidente como ilógico. Y es que a los nietos se les da solamente amor y muchas caricias. De la disciplina y el orden se deberán encargar los papás.

Y hay también, y ojalá fueran los más, quienes sienten ese privilegio como un regalo de Dios, que en el fondo muchos anhelan, pero no todos tendrán, que les permite ver el rebrote de su propia semilla, señal inequívoca del esplendente misterio que la vida es, y de la sabiduría de su Diseñador, que de tiempo en tiempo recicla su maravilla.

Es verdad. Algo hay de indefinible y grandioso en el hecho de ser abuelo.

Hay reticencia y gozo. Recuerdos emocionados y a veces dolor al revivirlos. Alegría por la incipiente vida de los nietos y tristeza porque, como dice el poeta, “en la casa del mañana, que ellos habitarán, ni en sueños podremos morar un día”.

Hay también señales de fortaleza y debilidad, ante el hecho innegable de que, aunque seamos los mismos de ayer, ya no tenemos la misma energía y debemos entonces hacer como si la tuviéramos para estar en ese su mundo, tan diferente, y sentirnos cercanos, pero a la vez sabernos tan distantes de él.

Porque imagínese usted enfrentado de nuevo a la ternura audaz de unas manecitas que asaltan irreflexivamente sus sueños, en algunos casos ya casi lánguidos y en merecido reposo y saquean lo que aún está inédito en su corazón. Imagínese qué debe hacer entonces para resistir los embates del sentido común y jugar a ser niño como ellos, esplendorosos renuevos de su propia y generosa raíz, vuelta a florecer en el glorioso crepúsculo de su existencia.

Imagínese usted ya abuelo, viendo cómo en el reposo de su otoño, los nietos llegan con su incontenible energía a soplar, en muchos casos ya, el rescoldo de lo que un día fue lumbre maravillosa. Y cómo descubren asombrados que esas llamas que ahora vibran tranquilas y sosegadas, son igualmente acogedoras y tibias, que aun ahora iluminan con tenue resplandor, su incipiente visión de un universo que les espera para que lo descubran.

Entonces verán, con silencioso asombro, en la sonrisa franca y retadora de esas flores maravillosas que sus nietos son, un reflejo de lo que fue la suya y cómo por ellos el ciclo maravilloso de la vida se repite. Complacido ante su cautivadora sonrisa, se convencerán íntimamente de que frente a ellos está la simiente misma de su inmortalidad y cuán cierto es lo que dice el genial Víctor Hugo, que en “los ojos del anciano brilla la llama, pero en los de los jóvenes resplandece la luz”

Es de esta forma que el abuelo es de nuevo literalmente arrebatado por ese fuego tardío, pero no menos poderoso, en el que se compendian todos sus intemporales afanes de trascendencia. Y es por eso también que quizá muchos abuelos, aún en el declive, perciben con la claridad que sólo es capaz de otorgar el corazón, esa urgencia que tienen de ser amados y necesitados, como postrera y alentadora señal del permanente sentido de la vida, que no cesa de fluir.

Y entonces, mientras se dejan llevar por su fascinación, comprenden por qué efectivamente es verdad que el amor es perenne como la hierba y cómo el corazón de un niño, que les demanda ese amor, es la justificación exacta de su presencia en este mundo, y la razón por la cual sienten que vale la pena intervenir de nuevo, en la hermosa danza de la vida.

No hay nada más bello en este mundo que la visión del abuelo subyugado ante la ternura del nieto que arrulla entre sus brazos. En la imagen esplendorosa de edades tan dispares, que sin embargo se hacen una, vemos el maravilloso privilegio de la vida. En aquel que camina hacia su culminación, como un sol radiante que se pierde en el horizonte, y en aquel que la inicia apenas, como otro sol que tramonta por oriente cabalgando hacia su propio destino.

En este cuadro, en el que dos inocencias se conjugan, debemos admirar la sabiduría de Dios: la vida que se aprende y la vida que se enseña. Tal vez por eso sea verdad lo que dijo el filósofo, que sólo aprendemos a ser hijos cuando somos padres, y a ser padres cuando somos abuelos.

Y es por eso que en cada abuelo que habita en esta tierra hay un milagro de Dios en el que palpita aún el grito urgente de la vida, que nos invita a reiniciarla, aunque sea en un destiempo insospechado. Porque ciega y claramente entenderán el real e indudable privilegio que significa llevar gozosos de la mano al fruto de su propio fruto. Y al observar paciente el juego de sus nietos, que les recuerdan el que un día tuvieron con sus hijos en otra tarde lejana de abril podrán experimentar el regocijo de esa magia maravillosa, regalo de Dios vivo, que es ser abuelo


Hay algo indefinible, magnífico y a la vez paradójico, en el hecho de ser abuelo.

La mayoría de la gente cree, por ejemplo, que se es abuelo cuando ya se es viejo, y es por eso que temen llegar a serlo un día. Pero hay también muchos abuelos jóvenes.

Hay quienes piensan, que si se les dice abuelito, es porque ya están ancianos y decrépitos. Pero llamarlos así no es sino una forma cariñosa de hablarles, que nada tiene que ver con el Parkinson o el Alzheimer.

Algunos más creen y afirman, por su propia experiencia, que se ama más a los nietos que a los hijos, lo que parece ser tan evidente como ilógico. Y es que a los nietos se les da solamente amor y muchas caricias. De la disciplina y el orden se deberán encargar los papás.

Y hay también, y ojalá fueran los más, quienes sienten ese privilegio como un regalo de Dios, que en el fondo muchos anhelan, pero no todos tendrán, que les permite ver el rebrote de su propia semilla, señal inequívoca del esplendente misterio que la vida es, y de la sabiduría de su Diseñador, que de tiempo en tiempo recicla su maravilla.

Es verdad. Algo hay de indefinible y grandioso en el hecho de ser abuelo.

Hay reticencia y gozo. Recuerdos emocionados y a veces dolor al revivirlos. Alegría por la incipiente vida de los nietos y tristeza porque, como dice el poeta, “en la casa del mañana, que ellos habitarán, ni en sueños podremos morar un día”.

Hay también señales de fortaleza y debilidad, ante el hecho innegable de que, aunque seamos los mismos de ayer, ya no tenemos la misma energía y debemos entonces hacer como si la tuviéramos para estar en ese su mundo, tan diferente, y sentirnos cercanos, pero a la vez sabernos tan distantes de él.

Porque imagínese usted enfrentado de nuevo a la ternura audaz de unas manecitas que asaltan irreflexivamente sus sueños, en algunos casos ya casi lánguidos y en merecido reposo y saquean lo que aún está inédito en su corazón. Imagínese qué debe hacer entonces para resistir los embates del sentido común y jugar a ser niño como ellos, esplendorosos renuevos de su propia y generosa raíz, vuelta a florecer en el glorioso crepúsculo de su existencia.

Imagínese usted ya abuelo, viendo cómo en el reposo de su otoño, los nietos llegan con su incontenible energía a soplar, en muchos casos ya, el rescoldo de lo que un día fue lumbre maravillosa. Y cómo descubren asombrados que esas llamas que ahora vibran tranquilas y sosegadas, son igualmente acogedoras y tibias, que aun ahora iluminan con tenue resplandor, su incipiente visión de un universo que les espera para que lo descubran.

Entonces verán, con silencioso asombro, en la sonrisa franca y retadora de esas flores maravillosas que sus nietos son, un reflejo de lo que fue la suya y cómo por ellos el ciclo maravilloso de la vida se repite. Complacido ante su cautivadora sonrisa, se convencerán íntimamente de que frente a ellos está la simiente misma de su inmortalidad y cuán cierto es lo que dice el genial Víctor Hugo, que en “los ojos del anciano brilla la llama, pero en los de los jóvenes resplandece la luz”

Es de esta forma que el abuelo es de nuevo literalmente arrebatado por ese fuego tardío, pero no menos poderoso, en el que se compendian todos sus intemporales afanes de trascendencia. Y es por eso también que quizá muchos abuelos, aún en el declive, perciben con la claridad que sólo es capaz de otorgar el corazón, esa urgencia que tienen de ser amados y necesitados, como postrera y alentadora señal del permanente sentido de la vida, que no cesa de fluir.

Y entonces, mientras se dejan llevar por su fascinación, comprenden por qué efectivamente es verdad que el amor es perenne como la hierba y cómo el corazón de un niño, que les demanda ese amor, es la justificación exacta de su presencia en este mundo, y la razón por la cual sienten que vale la pena intervenir de nuevo, en la hermosa danza de la vida.

No hay nada más bello en este mundo que la visión del abuelo subyugado ante la ternura del nieto que arrulla entre sus brazos. En la imagen esplendorosa de edades tan dispares, que sin embargo se hacen una, vemos el maravilloso privilegio de la vida. En aquel que camina hacia su culminación, como un sol radiante que se pierde en el horizonte, y en aquel que la inicia apenas, como otro sol que tramonta por oriente cabalgando hacia su propio destino.

En este cuadro, en el que dos inocencias se conjugan, debemos admirar la sabiduría de Dios: la vida que se aprende y la vida que se enseña. Tal vez por eso sea verdad lo que dijo el filósofo, que sólo aprendemos a ser hijos cuando somos padres, y a ser padres cuando somos abuelos.

Y es por eso que en cada abuelo que habita en esta tierra hay un milagro de Dios en el que palpita aún el grito urgente de la vida, que nos invita a reiniciarla, aunque sea en un destiempo insospechado. Porque ciega y claramente entenderán el real e indudable privilegio que significa llevar gozosos de la mano al fruto de su propio fruto. Y al observar paciente el juego de sus nietos, que les recuerdan el que un día tuvieron con sus hijos en otra tarde lejana de abril podrán experimentar el regocijo de esa magia maravillosa, regalo de Dios vivo, que es ser abuelo


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