/ sábado 18 de mayo de 2019

Elogio al tenis

Debo haber tenido 16 años o algo así, cuando obtuve mi primer par de zapatillas deportivas, unos Super Faro, de lienzo y caucho, que me guiñaban el ojo en el aparador de la Casa Limón, una legendaria tienda de artículos deportivos de nuestra ciudad y puerto

Ser el feliz poseedor de unos Super Faro te adjudicaba cierto status, aunque eran una copia de los tenis All Star. No importaba. En ese entonces, con el mismo calzado se jugaba bas-quetbol, tenis, voleibol, atletismo y otros deportes. La única diferencia es que los zapatos Converse se producían en choclo y bota. Las técnicas de mercadotecnia comenzaban a surgir, pero no había catálogos digitales ni reinaba la noción de artículo pirata, de acuerdo con parámetros actuales.

Años después recibí unos tenis “para correr” de una conocida marca germana. De alba figura, estaban decorados con tres rayas de fulgor renegrido en los costados. En la zapatería Canadá los presentaban como una novedad. Llevarlos te podía hacer objeto de bullying. Ahora no.

Los primeros Super Faro que tuve los desgasté hasta que adquirieron un color grisáceo. Y me negué a adquirir otro par nuevo y reluciente, durante un año entero, hasta que los hilos saltaban de la lona.

El ambiente corporativo de los años 80 decretó la obsolescencia planeada de mis tenis predilectos. De repente, estos se vieron rebasados por una diversidad de marcas y modelos. Universo en el que el logo de la palomita cambió completamente los gustos y preferencias del consumidor.

Toda una generación, mi Generación, nos volvimos tan modernos que dejamos atrás los tenis que nos acompañaron en un periodo en que fuimos parte de una confraternidad que creyó poder cambiar al mundo. Y olvidamos en el armario esos tenis que jamás conocieron lo que es un código de barras.

En los años 70, un par de tenis sepia eran más codiciados que los recién salidos de la fábrica. El intento de darles un aspecto estropeado humedeciéndolos con cloro y agua, raspándolos con un cepillo de picos de acero o simplemente frotándolos en una piedra era un deseo vano. Obtener unos tenis ajados, demandaba no solo meterlos en la tierra y el lodo, sino tesón y paciencia. Había que seguir la ruta para tener arrugas en el rostro.

Hace unos años la influyente marca de la palomita, que desbancó a los All Star, condenándolos al ostracismo, planeó rescatarlos más por negocio que por nostalgia, y nuevamente los puso en boga. Hoy, es relativamente sencillo hacerse de uno de estos pares de zapatillas. Incluso, existen tenis cuya tela expuesta a procesos industriales simula un desgaste natural.

Es entendible el intento por recuperar las sensaciones que nos causaron nuestros tenis primigenios. Solo que en mi interior una voz me dice, parafraseando la cancion “Dando vueltas en el aire”, de Fito Páez, “cada salto en el vacío es una cuestión de fe, nunca nada se repite como la primera vez”. Podemos pretender que somos nuevamente adolescentes, pero jamás volver realmente a ese periodo de nuestras vidas en que soñamos con un mundo alegre y sin violencia recurrente, cuando nos encargamos de “estropear” nuestros Super Faro “a la antigua”, dándoles un uso rudo y continuo. Cuando éramos dueños de nuestro presente y estábamos dispuestos a desafiar el futuro.

Debo haber tenido 16 años o algo así, cuando obtuve mi primer par de zapatillas deportivas, unos Super Faro, de lienzo y caucho, que me guiñaban el ojo en el aparador de la Casa Limón, una legendaria tienda de artículos deportivos de nuestra ciudad y puerto

Ser el feliz poseedor de unos Super Faro te adjudicaba cierto status, aunque eran una copia de los tenis All Star. No importaba. En ese entonces, con el mismo calzado se jugaba bas-quetbol, tenis, voleibol, atletismo y otros deportes. La única diferencia es que los zapatos Converse se producían en choclo y bota. Las técnicas de mercadotecnia comenzaban a surgir, pero no había catálogos digitales ni reinaba la noción de artículo pirata, de acuerdo con parámetros actuales.

Años después recibí unos tenis “para correr” de una conocida marca germana. De alba figura, estaban decorados con tres rayas de fulgor renegrido en los costados. En la zapatería Canadá los presentaban como una novedad. Llevarlos te podía hacer objeto de bullying. Ahora no.

Los primeros Super Faro que tuve los desgasté hasta que adquirieron un color grisáceo. Y me negué a adquirir otro par nuevo y reluciente, durante un año entero, hasta que los hilos saltaban de la lona.

El ambiente corporativo de los años 80 decretó la obsolescencia planeada de mis tenis predilectos. De repente, estos se vieron rebasados por una diversidad de marcas y modelos. Universo en el que el logo de la palomita cambió completamente los gustos y preferencias del consumidor.

Toda una generación, mi Generación, nos volvimos tan modernos que dejamos atrás los tenis que nos acompañaron en un periodo en que fuimos parte de una confraternidad que creyó poder cambiar al mundo. Y olvidamos en el armario esos tenis que jamás conocieron lo que es un código de barras.

En los años 70, un par de tenis sepia eran más codiciados que los recién salidos de la fábrica. El intento de darles un aspecto estropeado humedeciéndolos con cloro y agua, raspándolos con un cepillo de picos de acero o simplemente frotándolos en una piedra era un deseo vano. Obtener unos tenis ajados, demandaba no solo meterlos en la tierra y el lodo, sino tesón y paciencia. Había que seguir la ruta para tener arrugas en el rostro.

Hace unos años la influyente marca de la palomita, que desbancó a los All Star, condenándolos al ostracismo, planeó rescatarlos más por negocio que por nostalgia, y nuevamente los puso en boga. Hoy, es relativamente sencillo hacerse de uno de estos pares de zapatillas. Incluso, existen tenis cuya tela expuesta a procesos industriales simula un desgaste natural.

Es entendible el intento por recuperar las sensaciones que nos causaron nuestros tenis primigenios. Solo que en mi interior una voz me dice, parafraseando la cancion “Dando vueltas en el aire”, de Fito Páez, “cada salto en el vacío es una cuestión de fe, nunca nada se repite como la primera vez”. Podemos pretender que somos nuevamente adolescentes, pero jamás volver realmente a ese periodo de nuestras vidas en que soñamos con un mundo alegre y sin violencia recurrente, cuando nos encargamos de “estropear” nuestros Super Faro “a la antigua”, dándoles un uso rudo y continuo. Cuando éramos dueños de nuestro presente y estábamos dispuestos a desafiar el futuro.

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