/ domingo 26 de agosto de 2018

En busca del sentido humano

¿Cómo pretender que en muchos de nuestros países, sobre todo los más modernos, desarrollados y tecnificados, se aspire a tener siquiera una pizca de sentido humano hacia los demás, si quienes los dirigen lo único que buscan es privilegiar la ambición, el poder y la ganancia, sin ningún otro propósito?

¿Cómo lograr que aquellos cuyas mentes lúcidas han creado empresas, instituciones y gobiernos; que han inventado formas aspiracionales de vida para los demás con sus innovaciones y sus sorprenden- tes imaginaciones del futuro, lo hagan de la mano de la solidaridad, la inclusión y la generosidad para con los otros? ¿ Cómo hacer para que quienes han hecho con su esfuerzo que este mundo se convierta en un mejor lugar para vivir, incorporen a su ingenio y creatividad la responsabilidad social, el respeto y la conciencia de la dignidad de la persona?

Ojalá que estos hombres notables por su brillante desempeño productivo, incluyeran también en su carta de ruta la justicia para todos, y puedan así los de- más disfrutar también de ese mundo que crearon, y que éste no sea sólo para ellos y unos cuantos más. Porque si lo pensamos bien, la ambición no es mala, mientras no se convierta en obsesión; ni la ganancia injusta si es lícita y el mismo poder enaltece, si se usa para servir a las personas. Y que recuerden siempre que sobre los bienes que poseen, aún los legítimamente adquiridos, priva, cómo afirma Agustín de Hipona, una hipoteca social, deuda impagable con el mundo y con la vida que recibieron sin an- tes haberla merecido.

Que los empresarios del mundo de tal modo se solidarizaran con sus trabajadores, con sus clientes, con su ambiente y con su hábitat, que su divisa fuera siempre “ganar-ganar”. Que esos logos espléndidos que orgullosa- mente lucen y que dicen “empresa socialmente responsable” no sean sólo reclamos publicitarios de mercadotecnia pura, sino una realidad para con todos sus grupos de interés; que sus emplea- dos sean bien remunerados no sólo con un salario digno, sino también por el aprecio sincero que se tiene hacia sus emociones y su deseo de autoestima, y en- tiendan que es a través de todo ello que en verdad encontrarán su realización como trabajadores y personas. Y finalmente que esos brillantes hombres de empresa sepan equilibrar su anhelo de competitividad con el uso prudente de la tecnología y que ésta no les lleve al reemplazo definitivo de la persona humana y su dignidad por una máquina, porque si así fuera, el futuro venturoso al que aspiran un día les pasará factura.

Ojalá que los gobernantes no se conformen con redistribuir las migajas de un presupuesto, por otra parte tomado del impuesto de los demás, para darlo simple- mente entre los pobres y los más marginados y congraciarse con ellos, sino que se preocupen también por buscar cómo crear empleos entre quienes pueden hacerlo y en lugar de “dar el pescado, los enseñen también a pescar”. Porque eso es lo que el sentido humano debería significar y que es servir, y esa debería ser también su verdadera vocación: ayudar al otro a que encuentre lo gratificante que es participar activamente en la danza de la vida. Y que el gobernante esté ahí, para acompañar a sus gobernados en ese sentido de búsqueda.

Ojalá que los religiosos sepan igualmente que su misión, aunque sin duda espiritual, es a partir de la temporalidad que ahora todos tenemos como heredad, que hemos podido participar como testimonios vivos de la verdadera trascendencia que es Dios. Que recuerden que ellos son ministros de lo divino porque como dice Pablo, “han sido tomados de entre los hombres y constituido en favor de ellos, para que ofrezca dones y sacrificios ...para que puedan compadecerse de los que ignoran y yerran...pues ellos mismos están rodeados de debilidad...” Y que si se olvidaran de esto, sólo serían simples “funcionarios del ramo de las almas”, miembros de una “ong piadosa”, que catequiza a sus fieles para que aspiren a la vida eterna, sin pensar que si no tienen una vida buena y solidaria con los demás en ésta, tampoco podrán aspirar a la otra.

Y ojalá nuestros padres de familia y quienes les acompañan en su labor de formar para la vida a sus hijos, que son los maestros, también encontraran la fórmula que les haga entender que sin una dialéctica de la inclusión con sus hermanos los demás hombres, nuestro mundo no tendrá redención posible. Basta con que veamos los últimos acontecimientos que nos duelen para saber qué cerca estamos ya del abismo de un nuevo holocausto, lo que parece no importar a los supuestos líderes del mundo.

De la misma manera ojalá supieran de común acuerdo inculcar en nuestros niños y jóvenes el sentido de compasión por el otro; que se sensibilicen y sean empáticos ante el dolor de lo que pasa en Siria o en Sierra Leona, o don- de haya hambre y sed de justicia, y que pongan a sus neuronas espejo a funcionar, porque es la única forma de sentir como propia la desgracia ajena. Y que en- tiendan claramente que su pequeño mundo del smarthphone, el twitter y google no son el remedio final de sus afanes, porque si las cosas siguen el rumbo que nuestros líderes establecen para su vanidad y su prepotencia, tal vez ya no haya un mundo en el que puedan usarlos, al haber olvidado incorporar a nuestra vida el amor, la generosidad y la com- pasión.

En el Libro Santo se lee que “nadie puede afirmar que ama a Dios, al que no ve, si es incapaz de amar al prójimo, al que sí ve”.

Y también dice: “El corazón de este pueblo se ha vuelto insensible; con dificultad oyen y se han cerrado sus ojos”.

El que quiera entender, que entienda.

¿Cómo pretender que en muchos de nuestros países, sobre todo los más modernos, desarrollados y tecnificados, se aspire a tener siquiera una pizca de sentido humano hacia los demás, si quienes los dirigen lo único que buscan es privilegiar la ambición, el poder y la ganancia, sin ningún otro propósito?

¿Cómo lograr que aquellos cuyas mentes lúcidas han creado empresas, instituciones y gobiernos; que han inventado formas aspiracionales de vida para los demás con sus innovaciones y sus sorprenden- tes imaginaciones del futuro, lo hagan de la mano de la solidaridad, la inclusión y la generosidad para con los otros? ¿ Cómo hacer para que quienes han hecho con su esfuerzo que este mundo se convierta en un mejor lugar para vivir, incorporen a su ingenio y creatividad la responsabilidad social, el respeto y la conciencia de la dignidad de la persona?

Ojalá que estos hombres notables por su brillante desempeño productivo, incluyeran también en su carta de ruta la justicia para todos, y puedan así los de- más disfrutar también de ese mundo que crearon, y que éste no sea sólo para ellos y unos cuantos más. Porque si lo pensamos bien, la ambición no es mala, mientras no se convierta en obsesión; ni la ganancia injusta si es lícita y el mismo poder enaltece, si se usa para servir a las personas. Y que recuerden siempre que sobre los bienes que poseen, aún los legítimamente adquiridos, priva, cómo afirma Agustín de Hipona, una hipoteca social, deuda impagable con el mundo y con la vida que recibieron sin an- tes haberla merecido.

Que los empresarios del mundo de tal modo se solidarizaran con sus trabajadores, con sus clientes, con su ambiente y con su hábitat, que su divisa fuera siempre “ganar-ganar”. Que esos logos espléndidos que orgullosa- mente lucen y que dicen “empresa socialmente responsable” no sean sólo reclamos publicitarios de mercadotecnia pura, sino una realidad para con todos sus grupos de interés; que sus emplea- dos sean bien remunerados no sólo con un salario digno, sino también por el aprecio sincero que se tiene hacia sus emociones y su deseo de autoestima, y en- tiendan que es a través de todo ello que en verdad encontrarán su realización como trabajadores y personas. Y finalmente que esos brillantes hombres de empresa sepan equilibrar su anhelo de competitividad con el uso prudente de la tecnología y que ésta no les lleve al reemplazo definitivo de la persona humana y su dignidad por una máquina, porque si así fuera, el futuro venturoso al que aspiran un día les pasará factura.

Ojalá que los gobernantes no se conformen con redistribuir las migajas de un presupuesto, por otra parte tomado del impuesto de los demás, para darlo simple- mente entre los pobres y los más marginados y congraciarse con ellos, sino que se preocupen también por buscar cómo crear empleos entre quienes pueden hacerlo y en lugar de “dar el pescado, los enseñen también a pescar”. Porque eso es lo que el sentido humano debería significar y que es servir, y esa debería ser también su verdadera vocación: ayudar al otro a que encuentre lo gratificante que es participar activamente en la danza de la vida. Y que el gobernante esté ahí, para acompañar a sus gobernados en ese sentido de búsqueda.

Ojalá que los religiosos sepan igualmente que su misión, aunque sin duda espiritual, es a partir de la temporalidad que ahora todos tenemos como heredad, que hemos podido participar como testimonios vivos de la verdadera trascendencia que es Dios. Que recuerden que ellos son ministros de lo divino porque como dice Pablo, “han sido tomados de entre los hombres y constituido en favor de ellos, para que ofrezca dones y sacrificios ...para que puedan compadecerse de los que ignoran y yerran...pues ellos mismos están rodeados de debilidad...” Y que si se olvidaran de esto, sólo serían simples “funcionarios del ramo de las almas”, miembros de una “ong piadosa”, que catequiza a sus fieles para que aspiren a la vida eterna, sin pensar que si no tienen una vida buena y solidaria con los demás en ésta, tampoco podrán aspirar a la otra.

Y ojalá nuestros padres de familia y quienes les acompañan en su labor de formar para la vida a sus hijos, que son los maestros, también encontraran la fórmula que les haga entender que sin una dialéctica de la inclusión con sus hermanos los demás hombres, nuestro mundo no tendrá redención posible. Basta con que veamos los últimos acontecimientos que nos duelen para saber qué cerca estamos ya del abismo de un nuevo holocausto, lo que parece no importar a los supuestos líderes del mundo.

De la misma manera ojalá supieran de común acuerdo inculcar en nuestros niños y jóvenes el sentido de compasión por el otro; que se sensibilicen y sean empáticos ante el dolor de lo que pasa en Siria o en Sierra Leona, o don- de haya hambre y sed de justicia, y que pongan a sus neuronas espejo a funcionar, porque es la única forma de sentir como propia la desgracia ajena. Y que en- tiendan claramente que su pequeño mundo del smarthphone, el twitter y google no son el remedio final de sus afanes, porque si las cosas siguen el rumbo que nuestros líderes establecen para su vanidad y su prepotencia, tal vez ya no haya un mundo en el que puedan usarlos, al haber olvidado incorporar a nuestra vida el amor, la generosidad y la com- pasión.

En el Libro Santo se lee que “nadie puede afirmar que ama a Dios, al que no ve, si es incapaz de amar al prójimo, al que sí ve”.

Y también dice: “El corazón de este pueblo se ha vuelto insensible; con dificultad oyen y se han cerrado sus ojos”.

El que quiera entender, que entienda.

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