/ sábado 13 de octubre de 2018

Enseñanzas de la historia

Mi abuelo paterno, el teniente coronel de Caballería, me contaba historias de la Revolución...

Yo era un niño y él presentaba en su cara los surcos que deja el roce del tiempo.

El abuelo, tenía diecisiete años cuando abandonó sus estudios de química azucarera que siguió en Baton Rouge, Louisiana, para retornar a México, al estado de Morelos, su lugar de residencia.

La incorporación de mi abuelo a “La Bola” fue impulsado en gran parte porque su padre, mi bisabuelo, el señor Adalberto Chavarría, sufrió un asalto en el tren del ferrocarril México-Cuernavaca, en la estación “Parres”, siendo gravemente herido en la arteria femoral. Fue enviado en la locomotora del convoy y logró llegar aún con vida a la ciudad de Cuernavaca, Morelos, donde fue internado en el Hospital Militar, pero falleció horas después.

Muchas veces el abuelo me describió la voz pausada y forma de expresarse casi fría, del Gral. Emiliano Zapata, y como le gustaba cabalgar en finos corceles los días de fiesta e ir elegantemente vestido de “punta en blanco”. Su amistad con el Lic. Antonio Díaz Soto y Gama, considerado el ideólogo del zapatismo. Y el gran corazón y ferocidad de Eufemio Zapata, fraterno del Caudillo del Sur, quien una vez en Palacio Nacional intentó quemar el Sillón Presidencial sin conseguirlo, por cierto, para abandonar el sitio con lágrimas resbalándole por las mejillas y lamentando su mala fortuna. ¡Este mueble está embrujado!–dicen que dijo--.

En una ocasión, sentados a la mesa, inquirí al abuelo por qué dormía con una pistola debajo de la almohada. Él me miró a los ojos, esbozó una tímida sonrisa y sujetando un tenedor y una cuchara comenzó a tamborilear rítmicamente sobre la mesa. Y yo, absorto en imitarlo, me olvidé de mi pregunta insolente.

Jamas advertí que el abuelo seguía un camino para evadir mis preguntas. “Abuelo, enséñame la cicatriz del balazo que tienes en la pierna”. “Abuelo, por qué comenzó la Revolucion”. “Abuelo, cómo aprendiste a tocar “los blues” en Nueva Orleáns”. Invariablemente había una historia qué contar. Una manera de prolongar las respuestas. ¡Cuánta paciencia me tuvo! ¡Y no era muy paciente que digamos!

Aún conservo los relatos de épocas fieras y terribles de ese hombre curtido en las veredas polvosas de la selva de Morelos, que finalmente llegó a aborrecer toda guerra fratricida.


Mi abuelo paterno, el teniente coronel de Caballería, me contaba historias de la Revolución...

Yo era un niño y él presentaba en su cara los surcos que deja el roce del tiempo.

El abuelo, tenía diecisiete años cuando abandonó sus estudios de química azucarera que siguió en Baton Rouge, Louisiana, para retornar a México, al estado de Morelos, su lugar de residencia.

La incorporación de mi abuelo a “La Bola” fue impulsado en gran parte porque su padre, mi bisabuelo, el señor Adalberto Chavarría, sufrió un asalto en el tren del ferrocarril México-Cuernavaca, en la estación “Parres”, siendo gravemente herido en la arteria femoral. Fue enviado en la locomotora del convoy y logró llegar aún con vida a la ciudad de Cuernavaca, Morelos, donde fue internado en el Hospital Militar, pero falleció horas después.

Muchas veces el abuelo me describió la voz pausada y forma de expresarse casi fría, del Gral. Emiliano Zapata, y como le gustaba cabalgar en finos corceles los días de fiesta e ir elegantemente vestido de “punta en blanco”. Su amistad con el Lic. Antonio Díaz Soto y Gama, considerado el ideólogo del zapatismo. Y el gran corazón y ferocidad de Eufemio Zapata, fraterno del Caudillo del Sur, quien una vez en Palacio Nacional intentó quemar el Sillón Presidencial sin conseguirlo, por cierto, para abandonar el sitio con lágrimas resbalándole por las mejillas y lamentando su mala fortuna. ¡Este mueble está embrujado!–dicen que dijo--.

En una ocasión, sentados a la mesa, inquirí al abuelo por qué dormía con una pistola debajo de la almohada. Él me miró a los ojos, esbozó una tímida sonrisa y sujetando un tenedor y una cuchara comenzó a tamborilear rítmicamente sobre la mesa. Y yo, absorto en imitarlo, me olvidé de mi pregunta insolente.

Jamas advertí que el abuelo seguía un camino para evadir mis preguntas. “Abuelo, enséñame la cicatriz del balazo que tienes en la pierna”. “Abuelo, por qué comenzó la Revolucion”. “Abuelo, cómo aprendiste a tocar “los blues” en Nueva Orleáns”. Invariablemente había una historia qué contar. Una manera de prolongar las respuestas. ¡Cuánta paciencia me tuvo! ¡Y no era muy paciente que digamos!

Aún conservo los relatos de épocas fieras y terribles de ese hombre curtido en las veredas polvosas de la selva de Morelos, que finalmente llegó a aborrecer toda guerra fratricida.


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