/ viernes 17 de mayo de 2019

Es que no lo vi

Todos, o casi todos, los que de alguna manera u otra empezamos a correr la aventura del periodismo, pasamos por una regla no escrita, pero sumamente útil, que nos permite tomar la experiencia debida para continuar como se debe en esta compleja labor. Me refiero a cubrir la fuente policiaca, como se le llama en los medios de comunicación. Algunos se desempeñan de manera tan exitosa que hacen una verdadera carrera en esa sección del ejercicio del reportero

Es allí de donde se emanan las más impresionantes historias de las que, posteriormente, se vuelve testigo una sociedad a través de la mirada del reportero. Asimismo, la gran mayoría de ellas concluye con un final trágico y macabro. Pocas, muy pocas, son las que pueden presumirse de tener un colofón feliz y digno de ser recordado por los demás.

Es también, con el quehacer diario en ese apartado noticioso, que el aprendiz de reportero construye su criterio, valor, análisis crítico, lista de contactos, intuición y madurez que se traducen en lo que, llaman pomposamente en el argot como “olfato periodístico”.

Aún recuerdo cuando, muy temprano por la mañana, se debía pasar a recoger el parte de novedades en cada una de las dependencias que participaban en los esquemas y estrategias de seguridad, y más tarde, ya entrada la noche se les llamaba telefónicamente y se les hacía una pregunta de forma coloquial y amistosa: “¿Has tenido algo?”. Si la respuesta era afirmativa, el fotógrafo y el reportero se desplazaban a toda velocidad hasta el lugar de los hechos.

Hago esta introducción, gentil amigo lector, porque nuevamente las redes sociales dieron cuenta de un hecho que me llenó de tristeza y, debo decirlo, como ciudadano me dolió y me avergonzó, pues el contexto del hecho y las circunstancias en las que se dio, hablan de una profunda falta de sensibilidad social y un irresponsable manejo del recurso humano de las dependencias de asistencia pública.

Me anticipo al comentario que, seguramente, usted me hará refiriéndose a que el suceso no tuvo lugar en nuestra zona conurbada y que, por ende, nuestras autoridades no deben ser señaladas bajo ninguna circunstancia y estoy completamente de acuerdo con usted. Sin embargo, el hecho que traeremos a colación, reitero, es un síntoma de lo que nos ocurre como comunidad.

Seguramente se habrá enterado que hace tres días fue encontrado en la capital poblana el cuerpo sin vida de un hombre de aproximadamente sesenta y cinco años, que era conocido entre los habitantes de aquel lugar como “El Abuelito”. Mismo que fue hallado en posición de rezo sobre una de las jardineras del parque de San Pablo de los Frailes del barrio del mismo nombre de la Angelópolis. Ubicado frente al Templo del Señor de los Trabajos.

Cuando los feligreses fueron entrevistados por los medios de comunicación, varios de ellos coincidieron en que era muy probable que el sexagenario hubiera fallecido por inanición ya que en los últimos días se había quejado constantemente de no haber comido, además de que, en repetidas ocasiones, durante la última semana, se le veía llevarse las manos al estómago mientras se doblaba por el dolor.

Fue hasta avanzada la mañana que los viandantes se percataron de que “El Abuelito” no se movía y se dio aviso a las autoridades policiacas correspondientes quienes, de inmediato, acordonaron el área, para que el agente del ministerio público investigador y el médico legista cumplieran con sus funciones.

La cruda historia de abandono y, falta de atención, no quiero decir falta de interés, estremece al más frío de los reporteros, pues el hecho con “verdadero” valor noticioso, no es el triste fallecimiento de un hombre en situación de calle, sino todo lo que acontece antes del evento.

¿Acaso no hubo nadie, persona física o dependencia gubernamental, que le pudiera brindar siquiera un pedazo de pan a ese hombre? Si era bien conocido en la iglesia, ¿el sacerdote no se percató del padecimiento que le aquejaba a este hombre? ¿Qué pasa con la aplicación de los recursos en programas de asistencia y la cultura de habilitación de albergues en nuestro país? ¿Hasta dónde se debe llegar para que el ciudadano común voltee a ver lo que le ocurre a otra persona en desgracia?

Hace mucho escuché a un director de una conocida casa de estudios de nuestra zona llamarle la atención a un miembro de personal de apoyo por haber brincado y dejado tiradas tres botellas de refresco que estaban en su camino.

“Ah, perdón”, dijo el hombre, “Es que no las vi”. Las levantó y las puso en el recipiente. El titular del plantel lo siguió con la mirada y después de que el intendente se alejó, me dijo: “¿Ya viste Lic.? ¡Así como va esta sociedad, un día nos podremos encontrar con un muerto, le daremos la vuelta y seguiremos nuestro camino diciendo, ¡Es que no lo vi!”.

Ojalá y aún no haya llegado ese día.

¡Hasta la próxima!

Escríbame y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!

licajimenezmcc@hotmail.com

Todos, o casi todos, los que de alguna manera u otra empezamos a correr la aventura del periodismo, pasamos por una regla no escrita, pero sumamente útil, que nos permite tomar la experiencia debida para continuar como se debe en esta compleja labor. Me refiero a cubrir la fuente policiaca, como se le llama en los medios de comunicación. Algunos se desempeñan de manera tan exitosa que hacen una verdadera carrera en esa sección del ejercicio del reportero

Es allí de donde se emanan las más impresionantes historias de las que, posteriormente, se vuelve testigo una sociedad a través de la mirada del reportero. Asimismo, la gran mayoría de ellas concluye con un final trágico y macabro. Pocas, muy pocas, son las que pueden presumirse de tener un colofón feliz y digno de ser recordado por los demás.

Es también, con el quehacer diario en ese apartado noticioso, que el aprendiz de reportero construye su criterio, valor, análisis crítico, lista de contactos, intuición y madurez que se traducen en lo que, llaman pomposamente en el argot como “olfato periodístico”.

Aún recuerdo cuando, muy temprano por la mañana, se debía pasar a recoger el parte de novedades en cada una de las dependencias que participaban en los esquemas y estrategias de seguridad, y más tarde, ya entrada la noche se les llamaba telefónicamente y se les hacía una pregunta de forma coloquial y amistosa: “¿Has tenido algo?”. Si la respuesta era afirmativa, el fotógrafo y el reportero se desplazaban a toda velocidad hasta el lugar de los hechos.

Hago esta introducción, gentil amigo lector, porque nuevamente las redes sociales dieron cuenta de un hecho que me llenó de tristeza y, debo decirlo, como ciudadano me dolió y me avergonzó, pues el contexto del hecho y las circunstancias en las que se dio, hablan de una profunda falta de sensibilidad social y un irresponsable manejo del recurso humano de las dependencias de asistencia pública.

Me anticipo al comentario que, seguramente, usted me hará refiriéndose a que el suceso no tuvo lugar en nuestra zona conurbada y que, por ende, nuestras autoridades no deben ser señaladas bajo ninguna circunstancia y estoy completamente de acuerdo con usted. Sin embargo, el hecho que traeremos a colación, reitero, es un síntoma de lo que nos ocurre como comunidad.

Seguramente se habrá enterado que hace tres días fue encontrado en la capital poblana el cuerpo sin vida de un hombre de aproximadamente sesenta y cinco años, que era conocido entre los habitantes de aquel lugar como “El Abuelito”. Mismo que fue hallado en posición de rezo sobre una de las jardineras del parque de San Pablo de los Frailes del barrio del mismo nombre de la Angelópolis. Ubicado frente al Templo del Señor de los Trabajos.

Cuando los feligreses fueron entrevistados por los medios de comunicación, varios de ellos coincidieron en que era muy probable que el sexagenario hubiera fallecido por inanición ya que en los últimos días se había quejado constantemente de no haber comido, además de que, en repetidas ocasiones, durante la última semana, se le veía llevarse las manos al estómago mientras se doblaba por el dolor.

Fue hasta avanzada la mañana que los viandantes se percataron de que “El Abuelito” no se movía y se dio aviso a las autoridades policiacas correspondientes quienes, de inmediato, acordonaron el área, para que el agente del ministerio público investigador y el médico legista cumplieran con sus funciones.

La cruda historia de abandono y, falta de atención, no quiero decir falta de interés, estremece al más frío de los reporteros, pues el hecho con “verdadero” valor noticioso, no es el triste fallecimiento de un hombre en situación de calle, sino todo lo que acontece antes del evento.

¿Acaso no hubo nadie, persona física o dependencia gubernamental, que le pudiera brindar siquiera un pedazo de pan a ese hombre? Si era bien conocido en la iglesia, ¿el sacerdote no se percató del padecimiento que le aquejaba a este hombre? ¿Qué pasa con la aplicación de los recursos en programas de asistencia y la cultura de habilitación de albergues en nuestro país? ¿Hasta dónde se debe llegar para que el ciudadano común voltee a ver lo que le ocurre a otra persona en desgracia?

Hace mucho escuché a un director de una conocida casa de estudios de nuestra zona llamarle la atención a un miembro de personal de apoyo por haber brincado y dejado tiradas tres botellas de refresco que estaban en su camino.

“Ah, perdón”, dijo el hombre, “Es que no las vi”. Las levantó y las puso en el recipiente. El titular del plantel lo siguió con la mirada y después de que el intendente se alejó, me dijo: “¿Ya viste Lic.? ¡Así como va esta sociedad, un día nos podremos encontrar con un muerto, le daremos la vuelta y seguiremos nuestro camino diciendo, ¡Es que no lo vi!”.

Ojalá y aún no haya llegado ese día.

¡Hasta la próxima!

Escríbame y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!

licajimenezmcc@hotmail.com

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