/ viernes 1 de noviembre de 2019

Fieles difuntos

En cuanto al significado profundo de la muerte (para los mexicanos la muerte es un hecho cotidiano; aunque le dediquemos fechas especiales, los días uno y dos de noviembre)...

Me parece oportuno reproducir un párrafo de la obra El Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz, sobre este asunto.

Dice Paz, “La vida solo se justifica y trasciende cuando se realiza la muerte. Y esta también es trascendencia, más allá, puesto que consiste en una nueva vida. Para los cristianos la muerte es un tránsito, un salto mortal entre dos vidas, la temporal y la ultraterrena; para los aztecas, la manera más honda de participar en la continua regeneracion de las fuerzas creadoras, siempre en peligro de extinguirse si no se les provee de sangre, alimento sagrado. En ambos sistemas vida y muerte carecen de autonomía; son las dos caras de una misma realidad. Toda su significación proviene de otros valores, que las rigen. Son referencias a realidades invisibles”.

Por otro lado, abunda Paz, “La muerte moderna no posee ninguna otra significación que la trascienda o se refiera a otros valores. En casi todos los casos es, simplemente, el fin inevitable de un proceso natural. En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más. Pero como es un hecho desagradable, un hecho que pone en tela de juicio todas nuestras concepciones y el sentido mismo de nuestra vida, la filosofía del progreso ( ¿El progreso hacia dónde y desde dónde?, se pregunta Scheler), pretende escamotearnos su presencia”.

En el llamado mundo moderno donde nada se entiende si no es por intermedio de la economía, las fuerzas se confabulan para actuar como si la muerte no existiera, estado que se contrapone a las raíces culturales y modo de ser de los mexicanos, que vemos en el “acto supremo” un motivo de juego, bromas, fiestas, celebraciones y rituales que aparecen a cada momento.

En Oaxaca, cientos de personas de los pueblos y comunidades rinden honores a sus difuntos y los acompañaron al lugar de su sepulcro en medio de rezos y cantos. Esto, en pocas palabras, es la antítesis del nuevo Orden Mundial, que reina imparable, donde la muerte es una palabra que rara vez se usa, quizás porque “quema los labios”, parafraseando a Octavio Paz.

En cuanto al significado profundo de la muerte (para los mexicanos la muerte es un hecho cotidiano; aunque le dediquemos fechas especiales, los días uno y dos de noviembre)...

Me parece oportuno reproducir un párrafo de la obra El Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz, sobre este asunto.

Dice Paz, “La vida solo se justifica y trasciende cuando se realiza la muerte. Y esta también es trascendencia, más allá, puesto que consiste en una nueva vida. Para los cristianos la muerte es un tránsito, un salto mortal entre dos vidas, la temporal y la ultraterrena; para los aztecas, la manera más honda de participar en la continua regeneracion de las fuerzas creadoras, siempre en peligro de extinguirse si no se les provee de sangre, alimento sagrado. En ambos sistemas vida y muerte carecen de autonomía; son las dos caras de una misma realidad. Toda su significación proviene de otros valores, que las rigen. Son referencias a realidades invisibles”.

Por otro lado, abunda Paz, “La muerte moderna no posee ninguna otra significación que la trascienda o se refiera a otros valores. En casi todos los casos es, simplemente, el fin inevitable de un proceso natural. En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más. Pero como es un hecho desagradable, un hecho que pone en tela de juicio todas nuestras concepciones y el sentido mismo de nuestra vida, la filosofía del progreso ( ¿El progreso hacia dónde y desde dónde?, se pregunta Scheler), pretende escamotearnos su presencia”.

En el llamado mundo moderno donde nada se entiende si no es por intermedio de la economía, las fuerzas se confabulan para actuar como si la muerte no existiera, estado que se contrapone a las raíces culturales y modo de ser de los mexicanos, que vemos en el “acto supremo” un motivo de juego, bromas, fiestas, celebraciones y rituales que aparecen a cada momento.

En Oaxaca, cientos de personas de los pueblos y comunidades rinden honores a sus difuntos y los acompañaron al lugar de su sepulcro en medio de rezos y cantos. Esto, en pocas palabras, es la antítesis del nuevo Orden Mundial, que reina imparable, donde la muerte es una palabra que rara vez se usa, quizás porque “quema los labios”, parafraseando a Octavio Paz.

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