/ miércoles 23 de septiembre de 2020

Gobernanza y sostenibilidad | Armonía en la pandemia

Si escribes la palabra éxito en el buscador te encontrarás con cerca de 259 millones de resultados en .67 segundos. El éxito es un concepto asociado a la plenitud económica y la felicidad bajo modelos constantemente expuestos en los medios de comunicación que con frecuencia representan la figura terminada, figuras omnipotentes en un marco de poder desde escenarios paradisiacos.

Estas figuras corresponden frecuentemente a sujetos disociados de la realidad comunitaria y sin un interés en lo terrible de la asimetría de los recursos ni en la grave situación social que experimentan millones de personas.

El concepto de éxito está arraigado en la mayoría de las ocasiones en el imaginario colectivo como producto de un golpe de suerte o a la narrativa inspiracional romántica de la casualidad, pero en pocas ocasiones vinculado a la idea de la disciplina y el trabajo constante.

Alguna vez un buen amigo le preguntó a un joven mexicano muy cercano al entonces presidente Obama cuál era la causa de su éxito en su carrera profesional. La respuesta fue contundente: “No hay secretos en este mundo, lleva una agenda, haz compromisos contigo y cumple esos compromisos”. Esta respuesta expresa con entera claridad la importancia del orden y la disciplina en el camino al éxito.

La disciplina pudiera entenderse como la capacidad de orientar la voluntad hacia lo que es mejor para el sujeto. Desde la antigua Grecia los filósofos habían expuesto este paradigma. Aristóteles abordó con gran claridad el binomio de inteligencia y voluntad como potencias esenciales del sujeto cuya tendencia natural es a la verdad y al bien. Pero a pesar de la tendencia natural, la voluntad tiene que ser encauzada hacia lo que es conveniente para una persona.

Las fórmulas de éxito en el mercado suelen presentarse como combos al estilo de fast food o bajo el paradigma del Do it Yourself sin aclarar que son diversas las variables que intervienen en el fenómeno del éxito y que la constancia, el trabajo y la dedicación son constantes que se deben considerar. Nada se dice de la responsabilidad social que implican dichos paradigmas.

La aspiración al éxito es legítima y natural. Todas las personas tienen una aspiración genuina a tener mejores condiciones de vida. Incluso los ascetas desde su racionalidad lo desean en sus propios términos. Hoy más que nunca, frente a los retos derivados de la pandemia –y como ayer– la gente busca salir adelante.

En una época marcada por las estadísticas de miles de muertes en todo el mundo, hablar de vida es una virtud. Antes de buscar o promover fórmulas indiscutibles para el éxito sería valioso reconocer lo maravilloso de la vida, la familia y los amigos y reconocer que con pandemia o sin pandemia el tiempo es un recurso no renovable y tenemos que aprovechar al máximo cada instante de nuestra vida, nutrir el espíritu, la mente y el cuerpo. En el tiempo donde los distractores están a un clic de distancia y donde el entretenimiento es el mejor placebo a la rutina, las horas y los días expiran sin darnos cuenta.

Que la pandemia no nos arranque la esperanza. Es tiempo de aprovechar los recursos a nuestro alcance para optimizar el tiempo. Las universidades y otros centros de investigación ofrecen cursos gratuitos para aprender un mar de conocimientos. El internet ofrece infinitas posibilidades para el conocimiento científico y práctico, leer y desarrollar aptitudes. Además, la realidad nos da la oportunidad de compartir un pan a quien lo necesite, pero sobre todo esperanza. Una sonrisa, una palabra de ánimo y de esperanza no cuestan.

La facultad de transformar este éxodo –de la pandemia– en un camino de esperanza está en cada uno de nosotros. El orden y la disciplina son factores que darán armonía a nuestros entornos bajo cualquier perspectiva. La forma en la que aprovechemos la vida hoy, determinará la calidad con la que vivamos la pospandemia mañana.

Si escribes la palabra éxito en el buscador te encontrarás con cerca de 259 millones de resultados en .67 segundos. El éxito es un concepto asociado a la plenitud económica y la felicidad bajo modelos constantemente expuestos en los medios de comunicación que con frecuencia representan la figura terminada, figuras omnipotentes en un marco de poder desde escenarios paradisiacos.

Estas figuras corresponden frecuentemente a sujetos disociados de la realidad comunitaria y sin un interés en lo terrible de la asimetría de los recursos ni en la grave situación social que experimentan millones de personas.

El concepto de éxito está arraigado en la mayoría de las ocasiones en el imaginario colectivo como producto de un golpe de suerte o a la narrativa inspiracional romántica de la casualidad, pero en pocas ocasiones vinculado a la idea de la disciplina y el trabajo constante.

Alguna vez un buen amigo le preguntó a un joven mexicano muy cercano al entonces presidente Obama cuál era la causa de su éxito en su carrera profesional. La respuesta fue contundente: “No hay secretos en este mundo, lleva una agenda, haz compromisos contigo y cumple esos compromisos”. Esta respuesta expresa con entera claridad la importancia del orden y la disciplina en el camino al éxito.

La disciplina pudiera entenderse como la capacidad de orientar la voluntad hacia lo que es mejor para el sujeto. Desde la antigua Grecia los filósofos habían expuesto este paradigma. Aristóteles abordó con gran claridad el binomio de inteligencia y voluntad como potencias esenciales del sujeto cuya tendencia natural es a la verdad y al bien. Pero a pesar de la tendencia natural, la voluntad tiene que ser encauzada hacia lo que es conveniente para una persona.

Las fórmulas de éxito en el mercado suelen presentarse como combos al estilo de fast food o bajo el paradigma del Do it Yourself sin aclarar que son diversas las variables que intervienen en el fenómeno del éxito y que la constancia, el trabajo y la dedicación son constantes que se deben considerar. Nada se dice de la responsabilidad social que implican dichos paradigmas.

La aspiración al éxito es legítima y natural. Todas las personas tienen una aspiración genuina a tener mejores condiciones de vida. Incluso los ascetas desde su racionalidad lo desean en sus propios términos. Hoy más que nunca, frente a los retos derivados de la pandemia –y como ayer– la gente busca salir adelante.

En una época marcada por las estadísticas de miles de muertes en todo el mundo, hablar de vida es una virtud. Antes de buscar o promover fórmulas indiscutibles para el éxito sería valioso reconocer lo maravilloso de la vida, la familia y los amigos y reconocer que con pandemia o sin pandemia el tiempo es un recurso no renovable y tenemos que aprovechar al máximo cada instante de nuestra vida, nutrir el espíritu, la mente y el cuerpo. En el tiempo donde los distractores están a un clic de distancia y donde el entretenimiento es el mejor placebo a la rutina, las horas y los días expiran sin darnos cuenta.

Que la pandemia no nos arranque la esperanza. Es tiempo de aprovechar los recursos a nuestro alcance para optimizar el tiempo. Las universidades y otros centros de investigación ofrecen cursos gratuitos para aprender un mar de conocimientos. El internet ofrece infinitas posibilidades para el conocimiento científico y práctico, leer y desarrollar aptitudes. Además, la realidad nos da la oportunidad de compartir un pan a quien lo necesite, pero sobre todo esperanza. Una sonrisa, una palabra de ánimo y de esperanza no cuestan.

La facultad de transformar este éxodo –de la pandemia– en un camino de esperanza está en cada uno de nosotros. El orden y la disciplina son factores que darán armonía a nuestros entornos bajo cualquier perspectiva. La forma en la que aprovechemos la vida hoy, determinará la calidad con la que vivamos la pospandemia mañana.