/ viernes 6 de noviembre de 2020

Gobernanza y sostenibilidad | El fenómeno de las instituciones

La crisis de las instituciones es un fenómeno propio de la posmodernidad –o modernidad líquida como refiere Bauman– pero de fondo es la gran crisis de la cultura actual que en principio tiene un serio conflicto contra la razón.

El destacado filósofo mexicano Mauricio Beuchot afirma que el periodo de la modernidad con su contenido renacentista y su importante periodo ilustrado hizo una apuesta a “la razón”, de tal modo que el gran proyecto de la modernidad es en realidad el gran proyecto de la razón como eje ordenador de las instituciones y la ruta del estado moderno, el liberalismo, la democracia e incluso de la génesis de las utopías del siglo pasado.

El grave problema es que la modernidad desembocó en las dos grandes guerras que destrozaron la estructura y perspectiva occidental y con ello, sus constructos racionalistas que quedaron sepultados en un sombrío y desesperanzado existencialismo que emergió –justo con los filósofos que nacieron entre las guerras– hacia la segunda mitad del XX. Y puesto que la historia es pendular, de las ruinas de ese proyecto de la razón y de Auschwitz surge una tendencia cultural a la irracionalidad, al subjetivismo y al inmanentismo, un posicionamiento desde el hic et nunc que se contrapone a la racionalidad propia de las acciones humanas, que componen la racionalidad de las instituciones.

La aversión a las instituciones es parte del combo posmoderno del desencanto de una generación que no cree en la democracia, la trascendencia, el conocimiento filosófico. Una cultura centrada en lo fugaz, lo líquido, lo inmediato: el incendio de la emoción que se eleva por una causa para apagarse dos segundos después en el siguiente meme.

En esencia, la aversión a las instituciones es la aversión a una racionalidad. Ahora bien, el tema tiene que ver también con que las instituciones son creaciones y artilugios humanos, que se conforman por humanos y por lo tanto, son perfectibles. Si nos referimos a las instituciones del Estado Nación, recordaremos que las instituciones están fundadas en superestructuras complejas, bajo contextos e interacciones de poder, lo que implica que estén constituidas por intereses, fuerzas, grupos y relaciones de poder que sin duda han implicado excesos. No obstante, pese a todas las complicaciones que hay y ha habido en la historia, en mayor o menor medida, muchos países cuentan con niveles importantes de institucionalidad. Este contexto, nos puede dar líneas de reflexión muy significativas.

Por un lado, la aversión a las instituciones es un tema cultural ampliamente difundido que corresponde a nuestra época y al tema ampliamente difundido de forma sin precedentes como producto de la aversión a la razón propio de una dinámica histórica.

Los escándalos de la corrupción en las grandes instituciones a nivel mundial son demasiado estrepitosa que ha dejado imaginarios en el que los sistemas mundiales de institucionalización no alcanzan a legitimarse.

Y aquí el grave error, nos dijeron que las instituciones estaban en decadencia y que las cosas no podían estar peor, pero lo cierto es que las instituciones, sobre todo después de la primera mitad del siglo XX pese a todo y en términos generales, han permitido, con la articulación de mecanismos de democratización, la relativa estabilidad de los sistemas gubernamentales y su interacción con los respectivos grupos de poder. Desacreditar per se a las instituciones en su totalidad es producto de una óptica acotada o maliciosa que quiere desmantelar los niveles de institucionalización gubernamental y con ello los beneficios de la relativa estabilidad de los sistemas políticos. Las limitaciones de la democracia, sus fantasmas, peligros y coyunturas no son una novedad, tanto en la teoría como en la praxis han sido expuestas en infinitas ocasiones. El problema es que el desmantelamiento de las instituciones y el permanente ataque a estas minas los principios básicos y fundamentales de las sociedades modernas. En México, ha habido instituciones que han avanzado muchísimo en su proceso de institucionalización, por poner un ejemplo, el sistema electoral pese a todas sus deficiencias y críticas de parcialidad ha permitido orgánicamente –entre otras cosas– la alternancia, algo que hace apenas unas décadas parecía un sueño imposible.

Las instituciones evidentemente tienen que mejorar y ello es una exigencia tanto de los sistemas gubernamentales como de las sociedades. Las instituciones se deben fortalecer, no desmantelar, y se fortalecen mediante la articulación de mecanismos que impidan la corrupción que generen condiciones de eficiencia, eficacia y legitimidad en el que participen todos los miembros de la sociedad. El discurso que promueve la aversión a las instituciones y a su dinámica es un atentado contra la gobernabilidad y las posibilidades de una interacción social que promueva el bienestar. Ante el panorama mundial y frente a los retos de la realidad actual, hay que erradicar todo discurso de odio. Hoy más que nunca es tiempo de unidad, es tiempo de ver hacia adelante, es tiempo de construir.

La crisis de las instituciones es un fenómeno propio de la posmodernidad –o modernidad líquida como refiere Bauman– pero de fondo es la gran crisis de la cultura actual que en principio tiene un serio conflicto contra la razón.

El destacado filósofo mexicano Mauricio Beuchot afirma que el periodo de la modernidad con su contenido renacentista y su importante periodo ilustrado hizo una apuesta a “la razón”, de tal modo que el gran proyecto de la modernidad es en realidad el gran proyecto de la razón como eje ordenador de las instituciones y la ruta del estado moderno, el liberalismo, la democracia e incluso de la génesis de las utopías del siglo pasado.

El grave problema es que la modernidad desembocó en las dos grandes guerras que destrozaron la estructura y perspectiva occidental y con ello, sus constructos racionalistas que quedaron sepultados en un sombrío y desesperanzado existencialismo que emergió –justo con los filósofos que nacieron entre las guerras– hacia la segunda mitad del XX. Y puesto que la historia es pendular, de las ruinas de ese proyecto de la razón y de Auschwitz surge una tendencia cultural a la irracionalidad, al subjetivismo y al inmanentismo, un posicionamiento desde el hic et nunc que se contrapone a la racionalidad propia de las acciones humanas, que componen la racionalidad de las instituciones.

La aversión a las instituciones es parte del combo posmoderno del desencanto de una generación que no cree en la democracia, la trascendencia, el conocimiento filosófico. Una cultura centrada en lo fugaz, lo líquido, lo inmediato: el incendio de la emoción que se eleva por una causa para apagarse dos segundos después en el siguiente meme.

En esencia, la aversión a las instituciones es la aversión a una racionalidad. Ahora bien, el tema tiene que ver también con que las instituciones son creaciones y artilugios humanos, que se conforman por humanos y por lo tanto, son perfectibles. Si nos referimos a las instituciones del Estado Nación, recordaremos que las instituciones están fundadas en superestructuras complejas, bajo contextos e interacciones de poder, lo que implica que estén constituidas por intereses, fuerzas, grupos y relaciones de poder que sin duda han implicado excesos. No obstante, pese a todas las complicaciones que hay y ha habido en la historia, en mayor o menor medida, muchos países cuentan con niveles importantes de institucionalidad. Este contexto, nos puede dar líneas de reflexión muy significativas.

Por un lado, la aversión a las instituciones es un tema cultural ampliamente difundido que corresponde a nuestra época y al tema ampliamente difundido de forma sin precedentes como producto de la aversión a la razón propio de una dinámica histórica.

Los escándalos de la corrupción en las grandes instituciones a nivel mundial son demasiado estrepitosa que ha dejado imaginarios en el que los sistemas mundiales de institucionalización no alcanzan a legitimarse.

Y aquí el grave error, nos dijeron que las instituciones estaban en decadencia y que las cosas no podían estar peor, pero lo cierto es que las instituciones, sobre todo después de la primera mitad del siglo XX pese a todo y en términos generales, han permitido, con la articulación de mecanismos de democratización, la relativa estabilidad de los sistemas gubernamentales y su interacción con los respectivos grupos de poder. Desacreditar per se a las instituciones en su totalidad es producto de una óptica acotada o maliciosa que quiere desmantelar los niveles de institucionalización gubernamental y con ello los beneficios de la relativa estabilidad de los sistemas políticos. Las limitaciones de la democracia, sus fantasmas, peligros y coyunturas no son una novedad, tanto en la teoría como en la praxis han sido expuestas en infinitas ocasiones. El problema es que el desmantelamiento de las instituciones y el permanente ataque a estas minas los principios básicos y fundamentales de las sociedades modernas. En México, ha habido instituciones que han avanzado muchísimo en su proceso de institucionalización, por poner un ejemplo, el sistema electoral pese a todas sus deficiencias y críticas de parcialidad ha permitido orgánicamente –entre otras cosas– la alternancia, algo que hace apenas unas décadas parecía un sueño imposible.

Las instituciones evidentemente tienen que mejorar y ello es una exigencia tanto de los sistemas gubernamentales como de las sociedades. Las instituciones se deben fortalecer, no desmantelar, y se fortalecen mediante la articulación de mecanismos que impidan la corrupción que generen condiciones de eficiencia, eficacia y legitimidad en el que participen todos los miembros de la sociedad. El discurso que promueve la aversión a las instituciones y a su dinámica es un atentado contra la gobernabilidad y las posibilidades de una interacción social que promueva el bienestar. Ante el panorama mundial y frente a los retos de la realidad actual, hay que erradicar todo discurso de odio. Hoy más que nunca es tiempo de unidad, es tiempo de ver hacia adelante, es tiempo de construir.