/ miércoles 8 de septiembre de 2021

Gobernanza y sostenibilidad | El reto de ponerle fin al hambre y la desnutrición

La alimentación es un factor medular para el desarrollo humano. Todo organismo necesita nutrirse para su conservación y crecimiento adecuado. Las implicaciones de una mala nutrición tienen implicaciones en todos los aspectos de la vida.

Paradójicamente, paralelo a un amplio sector de la población interesado en el cuidado de la alimentación, existe un extenso número de personas que a diario concluye el día con dificultades para alimentarse.

Actualmente existen 821 millones de personas con desnutrición.

Más del 63% de las personas con desnutrición viven en Asia.

Cerca de 151 millones de niños no han alcanzado su desarrollo óptimo a causa de la desnutrición.

Una de cada tres mujeres en edad reproductiva padece anemia y uno de cada ocho adultos es obeso –lo que es otra expresión de la desnutrición–.

Si bien los Objetivos del Milenio habían propiciado un avance en la agenda de la erradicación del hambre, aún queda mucho por hacer.

El hambre y la desnutrición son factores determinantes en el desarrollo humano y por lo tanto, tiene un impacto significativo en el desarrollo social.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible buscan terminar con todas las formas de hambre y desnutrición en 2030 y garantizar el acceso de todas las personas, en especial los niños y los más vulnerables, a una alimentación nutritiva.

Pero la erradicación del hambre es un tema complejo. No solo tiene que ver con la extensa población que enfrenta la pobreza sino con la escasez de recursos dentro de un patrón de consumo inmoderado que obstaculiza el desarrollo humano en todos los sentidos.

De acuerdo al Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, para acabar con el hambre a nivel mundial se requieren 267 mil millones de dólares anuales. Sin embargo, el problema no solamente tiene que ver con macroproyectos de gran escala. Los hábitos cotidianos de las familias contribuyen a cuidar –no desperdiciar– los alimentos que pueden faltar en otras mesas, buscando consumir productos locales para generar una dinámica de generación sostenible de alimentos.

El hambre y la desnutrición son problemas que amenazan cada vez más a todas las sociedades humanas. Con la pandemia, el número de personas con hambre crónica pudiera incrementar a 130 millones. Hoy como nunca debemos buscar desde nuestros entornos enfrentar este grave problema con nuestras acciones.

La alimentación es un factor medular para el desarrollo humano. Todo organismo necesita nutrirse para su conservación y crecimiento adecuado. Las implicaciones de una mala nutrición tienen implicaciones en todos los aspectos de la vida.

Paradójicamente, paralelo a un amplio sector de la población interesado en el cuidado de la alimentación, existe un extenso número de personas que a diario concluye el día con dificultades para alimentarse.

Actualmente existen 821 millones de personas con desnutrición.

Más del 63% de las personas con desnutrición viven en Asia.

Cerca de 151 millones de niños no han alcanzado su desarrollo óptimo a causa de la desnutrición.

Una de cada tres mujeres en edad reproductiva padece anemia y uno de cada ocho adultos es obeso –lo que es otra expresión de la desnutrición–.

Si bien los Objetivos del Milenio habían propiciado un avance en la agenda de la erradicación del hambre, aún queda mucho por hacer.

El hambre y la desnutrición son factores determinantes en el desarrollo humano y por lo tanto, tiene un impacto significativo en el desarrollo social.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible buscan terminar con todas las formas de hambre y desnutrición en 2030 y garantizar el acceso de todas las personas, en especial los niños y los más vulnerables, a una alimentación nutritiva.

Pero la erradicación del hambre es un tema complejo. No solo tiene que ver con la extensa población que enfrenta la pobreza sino con la escasez de recursos dentro de un patrón de consumo inmoderado que obstaculiza el desarrollo humano en todos los sentidos.

De acuerdo al Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, para acabar con el hambre a nivel mundial se requieren 267 mil millones de dólares anuales. Sin embargo, el problema no solamente tiene que ver con macroproyectos de gran escala. Los hábitos cotidianos de las familias contribuyen a cuidar –no desperdiciar– los alimentos que pueden faltar en otras mesas, buscando consumir productos locales para generar una dinámica de generación sostenible de alimentos.

El hambre y la desnutrición son problemas que amenazan cada vez más a todas las sociedades humanas. Con la pandemia, el número de personas con hambre crónica pudiera incrementar a 130 millones. Hoy como nunca debemos buscar desde nuestros entornos enfrentar este grave problema con nuestras acciones.