/ viernes 14 de enero de 2022

Gobernanza y sostenibilidad | Hay que revitalizar el fenómeno educativo

El crecimiento exponencial y vertiginoso de las tecnologías de la información de las últimas décadas ha generado importantes e innumerables cambios en todos los círculos de la vida social. La educación, no es la excepción.

La pandemia agudizó la urgente necesidad de adecuar los sistemas educativos a los escenarios de un mundo dinámico que enfrenta cotidianamente nuevos desafíos que se suman a los históricos retos como son la pobreza, el hambre y la asimetría de recursos.

La última ola de la pandemia que ha traído una cresta sin precedentes de contagios amenaza con dejar terribles estragos en las sociedades de todo el mundo.

Ante un escenario poco alentador, la estabilidad macroeconómica y el desarrollo son temas medulares que son evidentes en todos los contextos –por su naturaleza–, aunque no los únicos que se deben resolver con urgencia.

Existen innumerables asuntos que como sociedad tenemos que enfrentar y solucionar, y para eso es indispensable prestar especial atención al tema educativo, cuya importancia es vital por el nivel de impacto que éste tiene en el desarrollo económico y social de todos los países.

Pero atender los problemas en torno a la educación no se reduce a temas de forma ni únicamente a soluciones de carácter pragmático. La práctica educativa y todo el fenómeno educativo en su conjunto se tiene que repensar y reconfigurarse, en consecuencia.

No se trata de computadoras y acceso a internet solamente, no se trata de forma sino de fondo. Claro que las computadoras, los smartphones y la conectividad son fundamentales, pero sin una visión clara del futuro que necesitamos construir en nuestras comunidades, los recursos tecnológicos estarán huecos, incluso en los entornos más sofisticados y con mayores niveles de inversión.

No se trata de inundar los programas educativos de los términos de moda –en el medio académico– para vestir con ropa nueva aquel modelo educativo prusiano. No se trata de cómo acrecentar el catálogo de acreditaciones, sino cómo estas pueden favorecer a los humanos que participan del fenómeno educativo. Hay que humanizar la educación.

El modelo de producción de graduados constituyó el eje del sistema educativo de toda una época, pero las grandes transformaciones de la historia no solo requieren graduados, exigen la formación de ciudadanos capaces de responder a los grandes desafíos no solo del mercado laboral, sino de la humanidad, y hoy, de la humanidad ante la crisis de la pospandemia.

El modelo prusiano basado en premios y castigos estaba diseñado para formar sujetos capacitados para un tipo de economía que se ha transformado y en contextos que han dejado de existir. Hoy se requiere una renovada visión que ponga al ser humano en el centro de todo el quehacer educativo.

La política educativa debe replantearse y adecuarse al inmenso mosaico de realidades del país y sus necesidades, pero un cambio de política en sí mismo no es una solución.

El replanteamiento, la convicción y la construcción de un enfoque educativo pertinente debe inflamar las voluntades de todos los actores de la educación y vigorizar todas las instituciones educativas, desde los pasillos hasta la dirección sin dejar de lado el aula, ese escenario –virtual o físico– donde interactúan las personas que pueden corregir el rumbo de la historia y desde donde nacen las democracias, los demócratas y los ciudadanos de ese mundo que todos merecemos.

El crecimiento exponencial y vertiginoso de las tecnologías de la información de las últimas décadas ha generado importantes e innumerables cambios en todos los círculos de la vida social. La educación, no es la excepción.

La pandemia agudizó la urgente necesidad de adecuar los sistemas educativos a los escenarios de un mundo dinámico que enfrenta cotidianamente nuevos desafíos que se suman a los históricos retos como son la pobreza, el hambre y la asimetría de recursos.

La última ola de la pandemia que ha traído una cresta sin precedentes de contagios amenaza con dejar terribles estragos en las sociedades de todo el mundo.

Ante un escenario poco alentador, la estabilidad macroeconómica y el desarrollo son temas medulares que son evidentes en todos los contextos –por su naturaleza–, aunque no los únicos que se deben resolver con urgencia.

Existen innumerables asuntos que como sociedad tenemos que enfrentar y solucionar, y para eso es indispensable prestar especial atención al tema educativo, cuya importancia es vital por el nivel de impacto que éste tiene en el desarrollo económico y social de todos los países.

Pero atender los problemas en torno a la educación no se reduce a temas de forma ni únicamente a soluciones de carácter pragmático. La práctica educativa y todo el fenómeno educativo en su conjunto se tiene que repensar y reconfigurarse, en consecuencia.

No se trata de computadoras y acceso a internet solamente, no se trata de forma sino de fondo. Claro que las computadoras, los smartphones y la conectividad son fundamentales, pero sin una visión clara del futuro que necesitamos construir en nuestras comunidades, los recursos tecnológicos estarán huecos, incluso en los entornos más sofisticados y con mayores niveles de inversión.

No se trata de inundar los programas educativos de los términos de moda –en el medio académico– para vestir con ropa nueva aquel modelo educativo prusiano. No se trata de cómo acrecentar el catálogo de acreditaciones, sino cómo estas pueden favorecer a los humanos que participan del fenómeno educativo. Hay que humanizar la educación.

El modelo de producción de graduados constituyó el eje del sistema educativo de toda una época, pero las grandes transformaciones de la historia no solo requieren graduados, exigen la formación de ciudadanos capaces de responder a los grandes desafíos no solo del mercado laboral, sino de la humanidad, y hoy, de la humanidad ante la crisis de la pospandemia.

El modelo prusiano basado en premios y castigos estaba diseñado para formar sujetos capacitados para un tipo de economía que se ha transformado y en contextos que han dejado de existir. Hoy se requiere una renovada visión que ponga al ser humano en el centro de todo el quehacer educativo.

La política educativa debe replantearse y adecuarse al inmenso mosaico de realidades del país y sus necesidades, pero un cambio de política en sí mismo no es una solución.

El replanteamiento, la convicción y la construcción de un enfoque educativo pertinente debe inflamar las voluntades de todos los actores de la educación y vigorizar todas las instituciones educativas, desde los pasillos hasta la dirección sin dejar de lado el aula, ese escenario –virtual o físico– donde interactúan las personas que pueden corregir el rumbo de la historia y desde donde nacen las democracias, los demócratas y los ciudadanos de ese mundo que todos merecemos.