/ miércoles 1 de julio de 2020

Gobernanza y sostenibilidad | Reflexión y sentido crítico frente a la posverdad

En 1992 el dramaturgo serbio Steve Tesich publicaba en el semanario estadounidense The Nation, “Nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en algún mundo de posverdad”.

En 2016, posverdad fue la palabra del año.

De acuerdo al Oxford English Dictionary, Posverdad es la “Información o afirmación en la que los datos objetivos tienen menos importancia para el público que las opiniones y emociones que suscitan” y según la Real Academia de la Lengua Española, el término designa la “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales” y ejemplifica con la afirmación “Los Demagogos son maestros de la posverdad”.

Mientras que para explicar la verdad, el clásico Adecuatio rei intellectus, ponía el énfasis en la adecuación entre la realidad y el intelecto, la posverdad pone su énfasis en la percepción subjetiva que se apropia de nociones conceptuales e ideológicas para integrar una verdad bajo los propios recursos de comprensión con absoluto desprecio a la objetividad; en otros términos, una verdad a la carta o como lo señala el investigador Ivan Almeida “tal vez el fenómeno resida en una íntima voluntad de ser engañados cuando el mundo no llega a acomodarse a los propios sueños”.

La cuestión es que como expone el escritos argentino Cristian Vázquez (2016) “Muchas personas se empeñan en creer en las citas erróneas por una sencilla razón: es una forma de lograr que los escritores más prestigiosos digan cosas que nunca dijeron, pero que suenan bien”.

Lo peligroso de la tendencia es que la cultura de nuestra era se está fraguando en el carácter fundacional de la posverdad. Los conceptos suelen enmarcar los contextos culturales de la época.

Hoy como nunca, los mares infinitos de la información desbordan las redes sociales y definen la tendencia de la opinión pública.

El avasallante estruendo de las fake news dejan cicatrices en los imaginarios colectivos que no dejan de sangrar –o hacer sangrar a los pueblos– mientras que el pensamiento y la ciencia –más que nunca de alcance masivo– son cuestionados o incluso excluídos del diálogo y un diálogo sin razón es un discurso dadaista, un boceto surreal del diario acontecer.

El problema es que en un momento coyuntural, la razón y el diálogo son condiciones para la estabilidad social y la sostenibilidad.

Hablar de posverdad es por tanto hablar de la hegemonía de la confusión pues donde la realidad es un accesorio prescindible, cada sujeto puede fabricar su realidad o aceptar la imposición de un espejismo con fervor religioso.

No es casual que los discursos de odio sigan derramándose en las democracias, no es casual la polarización, ni casual es que ante la sed de lo incierto del panorama mundial se asuman explicaciones erróneas y absurdad en el pantano escabroso de la posverdad.

Las democracias mueren en la oscuridad, versa un famoso y acertado slogan. Las tinieblas de la desinformación, la confusión y el caos que engendra la posverdad, son peligros que deben combatirse y aunque no hay fórmulas ni recetas milagrosas, la formación de la razón y el pensamiento crítico son factores determinantes para la comprensión objetiva del mundo.

Las sociedades no deben ni pueden sostenerse en la mitología de un discurso maniqueista que exalta la confrontación por el contrario, es el estado de derecho, la cordura y el diálogo desideologizado lo que posibilitará un mejor mañana.

En 1992 el dramaturgo serbio Steve Tesich publicaba en el semanario estadounidense The Nation, “Nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en algún mundo de posverdad”.

En 2016, posverdad fue la palabra del año.

De acuerdo al Oxford English Dictionary, Posverdad es la “Información o afirmación en la que los datos objetivos tienen menos importancia para el público que las opiniones y emociones que suscitan” y según la Real Academia de la Lengua Española, el término designa la “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales” y ejemplifica con la afirmación “Los Demagogos son maestros de la posverdad”.

Mientras que para explicar la verdad, el clásico Adecuatio rei intellectus, ponía el énfasis en la adecuación entre la realidad y el intelecto, la posverdad pone su énfasis en la percepción subjetiva que se apropia de nociones conceptuales e ideológicas para integrar una verdad bajo los propios recursos de comprensión con absoluto desprecio a la objetividad; en otros términos, una verdad a la carta o como lo señala el investigador Ivan Almeida “tal vez el fenómeno resida en una íntima voluntad de ser engañados cuando el mundo no llega a acomodarse a los propios sueños”.

La cuestión es que como expone el escritos argentino Cristian Vázquez (2016) “Muchas personas se empeñan en creer en las citas erróneas por una sencilla razón: es una forma de lograr que los escritores más prestigiosos digan cosas que nunca dijeron, pero que suenan bien”.

Lo peligroso de la tendencia es que la cultura de nuestra era se está fraguando en el carácter fundacional de la posverdad. Los conceptos suelen enmarcar los contextos culturales de la época.

Hoy como nunca, los mares infinitos de la información desbordan las redes sociales y definen la tendencia de la opinión pública.

El avasallante estruendo de las fake news dejan cicatrices en los imaginarios colectivos que no dejan de sangrar –o hacer sangrar a los pueblos– mientras que el pensamiento y la ciencia –más que nunca de alcance masivo– son cuestionados o incluso excluídos del diálogo y un diálogo sin razón es un discurso dadaista, un boceto surreal del diario acontecer.

El problema es que en un momento coyuntural, la razón y el diálogo son condiciones para la estabilidad social y la sostenibilidad.

Hablar de posverdad es por tanto hablar de la hegemonía de la confusión pues donde la realidad es un accesorio prescindible, cada sujeto puede fabricar su realidad o aceptar la imposición de un espejismo con fervor religioso.

No es casual que los discursos de odio sigan derramándose en las democracias, no es casual la polarización, ni casual es que ante la sed de lo incierto del panorama mundial se asuman explicaciones erróneas y absurdad en el pantano escabroso de la posverdad.

Las democracias mueren en la oscuridad, versa un famoso y acertado slogan. Las tinieblas de la desinformación, la confusión y el caos que engendra la posverdad, son peligros que deben combatirse y aunque no hay fórmulas ni recetas milagrosas, la formación de la razón y el pensamiento crítico son factores determinantes para la comprensión objetiva del mundo.

Las sociedades no deben ni pueden sostenerse en la mitología de un discurso maniqueista que exalta la confrontación por el contrario, es el estado de derecho, la cordura y el diálogo desideologizado lo que posibilitará un mejor mañana.