/ jueves 2 de julio de 2020

¡Imagínese! | ¿Y si nos unimos?

A la mala hemos comprendido que en la gestión que hacen los diferentes gobiernos en esta pandemia nos va la vida y la bolsa en el medio de estas crisis desencadenantes, pero nuestra idiosincrasia nos perjudica terriblemente en nuestro afán de cómo sacarle la vuelta a las recomendaciones de la autoridad y (con o sin conocimiento de causa) contribuimos al aumento de casos positivos a coronavirus, a las siempre lamentables defunciones y a una situación económica cada día más grave que nos golpea a todos con fuerza inusitada y desmedida.

Este bicho microscópico que nos ha derruido el orgullo de una sociedad moderna, globalizada y tecnológica y nos ha regresado de golpe a la edad de las cavernas, nos ha cambiado la realidad en la que viviremos, quienes logremos sortear las diferentes crisis de este apocalíptico temporal que cada día nos sorprende y sacude con nuevos elementos.

Quizás lo peor del caso sea que todos nuestros gobernantes estén más preocupados por las elecciones del año entrante que, por ofrecer soluciones reales con instituciones fuertes, coordinadas en todos sus niveles y nos ofrezcan a los mexicanos (hoy políticamente polarizados) una imagen de gobiernos a los que realmente les importa la gente, más que la seguridad de sus cargos públicos. Urge a nuestros políticos de todos los niveles un buen baño de humildad y sentido común, que los haga voltear a ver la necesidad de un plan único y fuerte, que muestre todo el poder de nuestra democracia para meternos a todo el país en cintura y sepamos todos, qué hacer, cuando y cómo hacerlo, de manera que tengamos una sola estadística, cruda pero auténtica del tamaño del problema (sanitario y económico), y un solo plan de acción al que todo el país se atenga para crear todos juntos una eventual luz al final de un cada vez más largo e interminable túnel. Dejar de lado la interminable lista de intereses que cada coto de poder defiende con uñas y dientes y pasar a una etapa de conciliación, de entender que el enemigo afuera es el virus y no el político de enfrente. De lograr acuerdos nacionales que nos permitan conocer que sí es posible dejar de morirnos, porque de este lado de la frontera interestatal es una estrategia y del otro, pues otra cosa y con el liderazgo que presume, el jefe de Estado que el país necesita nos muestre una verdadera transformación de unidad, a manera de tregua para pelear todos del mismo lado la misma batalla. Lo que en este momento vive el mundo entero es inusitado, es muy lamentable por la pérdida de vidas humanas y de millones de empleos, por la generación de más y más pobreza; pero lo que en este momento vive México es una verdadera desgracia. El errático rumbo ha confrontado a nuestras familias, a nuestros amigos, a nuestros compañeros y en general ha polarizado a todos en el medio de una inmensa confusión de lo que realmente ocurre en nuestras calles. Esta desventura nos coloca en el medio de una tormenta perfecta a la que se han sumado las crisis sanitaria, económica, social y de seguridad, paralizándonos y dejándonos en la más impotente soledad en donde ya nadie sabe qué pasará, qué sigue.

Mientras un gobierno central marca un “semáforo naranja” con ciertas actividades, un gobierno estatal recula en las aperturas y vuelve a cerrar ante los casos que se han disparado en los últimos días y algún ayuntamiento permite actividades recreativas en playas vecinas. La confusión entre los ciudadanos de a pie, no tiene límites, y empeora ante la vorágine de noticias falsas, tergiversadas o tendenciosas que a cada segundo llegan, literalmente a la palma de la mano y la pregunta que se impone es: si todos hablan al mismo tiempo ¿quién está escuchando? Nuestros gobernantes deben entender de una vez por todas, que en el epicentro de este terremoto pandémico tienen nuestras vidas, nuestra bolsa y nuestro futuro en sus manos, en las estrategias que, como estadistas, sean capaces de construir, tomando los mejores ejemplos y aprendizaje de quienes ya están en otras etapas más avanzadas de la pandemia.

Y si realmente no saben qué hacer, quizás el primer paso sea primero unir esfuerzos, dejar de lado idealismos y orgullo, pensar en grande como una sola nación y comenzar a ofrecer soluciones que funcionen realmente como trajes a la medida para cada región del país. Como ciudadanos nos toca aprender también que nuestra forma de ser que nos distingue como un pueblo dicharachero y festivo, que buscamos sacarle la vuelta a las figuras de autoridad y sus reglas, con esta crisis nos está llevando a los hospitales y a los cementerios. Debemos entender de una vez por todas que quedarnos en casa y seguir las recomendaciones de higiene y sana distancia, son apenas los primeros pasos de una nueva normalidad con la que tenemos que aprender a vivir, antes de que sea demasiado tarde.

A la mala hemos comprendido que en la gestión que hacen los diferentes gobiernos en esta pandemia nos va la vida y la bolsa en el medio de estas crisis desencadenantes, pero nuestra idiosincrasia nos perjudica terriblemente en nuestro afán de cómo sacarle la vuelta a las recomendaciones de la autoridad y (con o sin conocimiento de causa) contribuimos al aumento de casos positivos a coronavirus, a las siempre lamentables defunciones y a una situación económica cada día más grave que nos golpea a todos con fuerza inusitada y desmedida.

Este bicho microscópico que nos ha derruido el orgullo de una sociedad moderna, globalizada y tecnológica y nos ha regresado de golpe a la edad de las cavernas, nos ha cambiado la realidad en la que viviremos, quienes logremos sortear las diferentes crisis de este apocalíptico temporal que cada día nos sorprende y sacude con nuevos elementos.

Quizás lo peor del caso sea que todos nuestros gobernantes estén más preocupados por las elecciones del año entrante que, por ofrecer soluciones reales con instituciones fuertes, coordinadas en todos sus niveles y nos ofrezcan a los mexicanos (hoy políticamente polarizados) una imagen de gobiernos a los que realmente les importa la gente, más que la seguridad de sus cargos públicos. Urge a nuestros políticos de todos los niveles un buen baño de humildad y sentido común, que los haga voltear a ver la necesidad de un plan único y fuerte, que muestre todo el poder de nuestra democracia para meternos a todo el país en cintura y sepamos todos, qué hacer, cuando y cómo hacerlo, de manera que tengamos una sola estadística, cruda pero auténtica del tamaño del problema (sanitario y económico), y un solo plan de acción al que todo el país se atenga para crear todos juntos una eventual luz al final de un cada vez más largo e interminable túnel. Dejar de lado la interminable lista de intereses que cada coto de poder defiende con uñas y dientes y pasar a una etapa de conciliación, de entender que el enemigo afuera es el virus y no el político de enfrente. De lograr acuerdos nacionales que nos permitan conocer que sí es posible dejar de morirnos, porque de este lado de la frontera interestatal es una estrategia y del otro, pues otra cosa y con el liderazgo que presume, el jefe de Estado que el país necesita nos muestre una verdadera transformación de unidad, a manera de tregua para pelear todos del mismo lado la misma batalla. Lo que en este momento vive el mundo entero es inusitado, es muy lamentable por la pérdida de vidas humanas y de millones de empleos, por la generación de más y más pobreza; pero lo que en este momento vive México es una verdadera desgracia. El errático rumbo ha confrontado a nuestras familias, a nuestros amigos, a nuestros compañeros y en general ha polarizado a todos en el medio de una inmensa confusión de lo que realmente ocurre en nuestras calles. Esta desventura nos coloca en el medio de una tormenta perfecta a la que se han sumado las crisis sanitaria, económica, social y de seguridad, paralizándonos y dejándonos en la más impotente soledad en donde ya nadie sabe qué pasará, qué sigue.

Mientras un gobierno central marca un “semáforo naranja” con ciertas actividades, un gobierno estatal recula en las aperturas y vuelve a cerrar ante los casos que se han disparado en los últimos días y algún ayuntamiento permite actividades recreativas en playas vecinas. La confusión entre los ciudadanos de a pie, no tiene límites, y empeora ante la vorágine de noticias falsas, tergiversadas o tendenciosas que a cada segundo llegan, literalmente a la palma de la mano y la pregunta que se impone es: si todos hablan al mismo tiempo ¿quién está escuchando? Nuestros gobernantes deben entender de una vez por todas, que en el epicentro de este terremoto pandémico tienen nuestras vidas, nuestra bolsa y nuestro futuro en sus manos, en las estrategias que, como estadistas, sean capaces de construir, tomando los mejores ejemplos y aprendizaje de quienes ya están en otras etapas más avanzadas de la pandemia.

Y si realmente no saben qué hacer, quizás el primer paso sea primero unir esfuerzos, dejar de lado idealismos y orgullo, pensar en grande como una sola nación y comenzar a ofrecer soluciones que funcionen realmente como trajes a la medida para cada región del país. Como ciudadanos nos toca aprender también que nuestra forma de ser que nos distingue como un pueblo dicharachero y festivo, que buscamos sacarle la vuelta a las figuras de autoridad y sus reglas, con esta crisis nos está llevando a los hospitales y a los cementerios. Debemos entender de una vez por todas que quedarnos en casa y seguir las recomendaciones de higiene y sana distancia, son apenas los primeros pasos de una nueva normalidad con la que tenemos que aprender a vivir, antes de que sea demasiado tarde.

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