/ domingo 22 de marzo de 2020

Juárez: piedras y leyes

Como sucede con casi todos los grandes hombres en la historia del mundo, que suscitan alabanzas y reproches a la vez y son convertidos en mitos que se desdibujan con el tiempo, eso precisamente ha acontecido con nuestros héroes y próceres nacionales, de los cuales Juárez es el ejemplo más claro y evidente que tenemos los mexicanos

Hay quienes le dedican las loas más encendidas, recitan su famoso apotegma con fervor republicano y resaltan las virtudes heroicas que nadie más, en la historia nacional, parece haber tenido en la misma medida que él. Pero existen también quienes le recuerdan con resentimiento y aprensión, hacen a un lado sus méritos indiscutibles en favor de la patria, reiteran simplemente aquellas deficiencias circunstanciales e hijas de su tiempo que indudablemente tuvo y se complacen en repetirlas como inútil consuelo para su alma, por algunas razones resentida. En ambos casos, unos y otros mutuamente se regatean lo esencial de la vida de un personaje trascendente como el que Juárez fue: un ser humano con virtudes y defectos, empeñado en dar a su país una visión promisoria de su futuro, costara lo que costara. Y obviamente a muchos no les gustó el precio que hubo que pagar, y por eso se resisten a reconocer su valía.

Benito Juárez García es, ha sido y será una figura en la que, paradójicamente, confluyen las ideas más contradictorias que puedan referirse a un personaje histórico. Pero esa diversidad de opiniones no ha hecho sino engrandecer su talla de estadista visionario e inmortal, que está muy por encima de lo que sobre él han dicho tanto defensores como detractores. Quienes sin ningún miramiento lo reconocen como leal y patriota, refieren con prolija morosidad y con razón, todas las cualidades que sin duda posee para merecer esos títulos. Bástenos ver su cuna humilde, su trayectoria política fincada en la tenacidad y la cultura del esfuerzo, su honestidad a toda prueba y su férrea voluntad por transformar un país que no terminaba de construirse, después de su largo y accidentado tránsito a la soberanía y la independencia nacional.

En cambio, los que no piensan así le refieren errores que supuestamente pusieron en riesgo una independencia conseguida con sangre, y le reprochan actitudes poco agradecidas para quienes le dieron su formación inicial o le acusan de todo para manchar así su esforzada lucha a favor de la república. Y eso no deja de ser triste, dada la dimensión de sus logros y de todo lo que a través de su lucha por las instituciones, obtuvo para su patria, sin que por ello menguaran su honradez o sus convicciones más profundas. Sus leyes fueron sin duda piedras en el camino para muchos, pero fórmulas iniciales de salvación para otros, sobre todo los más débiles eslabones de una cadena que se resistía a ser rota, a favor de un derecho superior, más incluyente y solidario.

Porque no debe haber sido fácil emprender las reformas que se necesitaban en un país que reclamaba respeto para todos, así como establecer los límites de una autoridad que los mexicanos reconocían como herencia cultural, y así terminar con privilegios que la costumbre más que la justicia ordenaban. Sin duda debe haber sido difícil sostener una lucha desigual con invasores extraños tanto como con enemigos interiores, exiliados de sí mismos, que hicieron cruentas sus batallas por el poder y sus ambiciones ideológicas y partidistas. Pero lo hizo, con las leyes en sus manos y a pesar de muchos.

Ese es el Benito Juárez que deberíamos todos conocer. El Juárez íntegro, comprometido con “la medianía en los ingresos, que deben definir a un funcionario público”, el que fue fiel a la congruencia y a los principios por encima de la prepotencia y la ambición. A ese Juárez que tomó decisiones drásticas, pero necesarias en ese tiempo difícil para las instituciones, que fue recio juez de quienes querían la república como botín y que no se doblegó ante ninguna petición, por santa que fuera pero que supusiera debilidad en lo que importaba para la estabilidad del estado.

En un célebre manifiesto a la nación dijo: “he sido llamado a este difícil puesto por un precepto constitucional y procuraré que mi gobierno sea el defensor de los derechos de la nación y las libertades públicas….llamaré al orden a todos los que nieguen la obediencia a la ley y la autoridad, pero a todos los que se obstinen en seguir la senda extraviada, cuidaré de reprimirlos con toda la energía que corresponde, haciendo respetar las prerrogativas de la autoridad suprema de la República….”

El manifiesto está fechado en Guanajuato el 19 de enero de 1858., y es un exhorto vivo para quienes ahora presumen defender con retórica tantas veces inútil la figura emérita de este gran mexicano, en lugar de honrarlo en verdad haciendo respetar nuestro marchito estado de derecho, como él siempre quiso. Todo esto sin detrimento de la celebración de las ceremonias luctuosas y estacionales con que acostumbramos hacerlo, pero sin que ello signifique que eso es suficiente para honrar su memoria imperecedera.

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JUAREZ: PIEDRAS Y LEYES

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“…la única regla a la que deben

sujetarse los mexicanos para labrar

su felicidad, a la sombra de la paz,

es la Constitución…”

Benito Juárez, Manifiesto, (1858)

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Rubén Núñez de Cáceres V.

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“…la única regla a la que deben

sujetarse los mexicanos para labrar

su felicidad, a la sombra de la paz,

es la Constitución…”

Benito Juárez, Manifiesto, (1858)

Como sucede con casi todos los grandes hombres en la historia del mundo, que suscitan alabanzas y reproches a la vez y son convertidos en mitos que se desdibujan con el tiempo, eso precisamente ha acontecido con nuestros héroes y próceres nacionales, de los cuales Juárez es el ejemplo más claro y evidente que tenemos los mexicanos

Hay quienes le dedican las loas más encendidas, recitan su famoso apotegma con fervor republicano y resaltan las virtudes heroicas que nadie más, en la historia nacional, parece haber tenido en la misma medida que él. Pero existen también quienes le recuerdan con resentimiento y aprensión, hacen a un lado sus méritos indiscutibles en favor de la patria, reiteran simplemente aquellas deficiencias circunstanciales e hijas de su tiempo que indudablemente tuvo y se complacen en repetirlas como inútil consuelo para su alma, por algunas razones resentida. En ambos casos, unos y otros mutuamente se regatean lo esencial de la vida de un personaje trascendente como el que Juárez fue: un ser humano con virtudes y defectos, empeñado en dar a su país una visión promisoria de su futuro, costara lo que costara. Y obviamente a muchos no les gustó el precio que hubo que pagar, y por eso se resisten a reconocer su valía.

Benito Juárez García es, ha sido y será una figura en la que, paradójicamente, confluyen las ideas más contradictorias que puedan referirse a un personaje histórico. Pero esa diversidad de opiniones no ha hecho sino engrandecer su talla de estadista visionario e inmortal, que está muy por encima de lo que sobre él han dicho tanto defensores como detractores. Quienes sin ningún miramiento lo reconocen como leal y patriota, refieren con prolija morosidad y con razón, todas las cualidades que sin duda posee para merecer esos títulos. Bástenos ver su cuna humilde, su trayectoria política fincada en la tenacidad y la cultura del esfuerzo, su honestidad a toda prueba y su férrea voluntad por transformar un país que no terminaba de construirse, después de su largo y accidentado tránsito a la soberanía y la independencia nacional.

En cambio, los que no piensan así le refieren errores que supuestamente pusieron en riesgo una independencia conseguida con sangre, y le reprochan actitudes poco agradecidas para quienes le dieron su formación inicial o le acusan de todo para manchar así su esforzada lucha a favor de la república. Y eso no deja de ser triste, dada la dimensión de sus logros y de todo lo que a través de su lucha por las instituciones, obtuvo para su patria, sin que por ello menguaran su honradez o sus convicciones más profundas. Sus leyes fueron sin duda piedras en el camino para muchos, pero fórmulas iniciales de salvación para otros, sobre todo los más débiles eslabones de una cadena que se resistía a ser rota, a favor de un derecho superior, más incluyente y solidario.

Porque no debe haber sido fácil emprender las reformas que se necesitaban en un país que reclamaba respeto para todos, así como establecer los límites de una autoridad que los mexicanos reconocían como herencia cultural, y así terminar con privilegios que la costumbre más que la justicia ordenaban. Sin duda debe haber sido difícil sostener una lucha desigual con invasores extraños tanto como con enemigos interiores, exiliados de sí mismos, que hicieron cruentas sus batallas por el poder y sus ambiciones ideológicas y partidistas. Pero lo hizo, con las leyes en sus manos y a pesar de muchos.

Ese es el Benito Juárez que deberíamos todos conocer. El Juárez íntegro, comprometido con “la medianía en los ingresos, que deben definir a un funcionario público”, el que fue fiel a la congruencia y a los principios por encima de la prepotencia y la ambición. A ese Juárez que tomó decisiones drásticas, pero necesarias en ese tiempo difícil para las instituciones, que fue recio juez de quienes querían la república como botín y que no se doblegó ante ninguna petición, por santa que fuera pero que supusiera debilidad en lo que importaba para la estabilidad del estado.

En un célebre manifiesto a la nación dijo: “he sido llamado a este difícil puesto por un precepto constitucional y procuraré que mi gobierno sea el defensor de los derechos de la nación y las libertades públicas….llamaré al orden a todos los que nieguen la obediencia a la ley y la autoridad, pero a todos los que se obstinen en seguir la senda extraviada, cuidaré de reprimirlos con toda la energía que corresponde, haciendo respetar las prerrogativas de la autoridad suprema de la República….”

El manifiesto está fechado en Guanajuato el 19 de enero de 1858., y es un exhorto vivo para quienes ahora presumen defender con retórica tantas veces inútil la figura emérita de este gran mexicano, en lugar de honrarlo en verdad haciendo respetar nuestro marchito estado de derecho, como él siempre quiso. Todo esto sin detrimento de la celebración de las ceremonias luctuosas y estacionales con que acostumbramos hacerlo, pero sin que ello signifique que eso es suficiente para honrar su memoria imperecedera.

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JUAREZ: PIEDRAS Y LEYES

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“…la única regla a la que deben

sujetarse los mexicanos para labrar

su felicidad, a la sombra de la paz,

es la Constitución…”

Benito Juárez, Manifiesto, (1858)

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Rubén Núñez de Cáceres V.

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“…la única regla a la que deben

sujetarse los mexicanos para labrar

su felicidad, a la sombra de la paz,

es la Constitución…”

Benito Juárez, Manifiesto, (1858)

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