/ domingo 10 de noviembre de 2019

La desposada que espera


Algunos les llaman “monjas”, otros con respeto por la similitud con sus respectivas mamás, les dicen “madres,” y algunos más, “hermanas”. Son las religiosas, personas que se han consagrado a lo que el Libro Santo llama “la mejor parte”.

La vida de estos seres tan especiales es como la de una futura desposada que espera jubilosa el día de su boda, pero sin la natural inquietud de la novia que no sabe a ciencia cierta a quién va a entregar su corazón. Pero las monjas saben muy bien a quién han confiado el suyo, y están seguras que su Esposo será fiel a esa entrega.

De traje discreto, aún en estos tiempos de franca modernidad, las religiosas buscan dar con ello testimonio de su decoro interno, al hacer a un lado el atuendo elegante, porque su futuro esposo, viendo ese interior, se siente más complacido que con el sólo ropaje externo. Su más fino cosmético se encuentra en el encanto multicolor de su alma sencilla y no en los variados afeites que las demás mujeres emplean de ordinario para embellecer su cuerpo, porque saben que su verdadera belleza está en el que engalana su cuerpo mortal y no en el cuerpo que a veces se olvida de su espíritu inmortal.

La vida de las monjas es oración callada en un mundo que vive en el estruendo de su propia incongruencia; es meditación profunda en medio del egoísmo y la superficialidad; es vuelo hacia lo trascendente ante la mediocridad de tanta búsqueda de lo banal. Pero no es tristeza, ni hastío, ni acartonada resignación o refugio para quien teme enfrentarse a la vida, porque ellas también sueñan con la inclusión, el amor y la ternura de una entrega futura, pero su corazón sabe, ciega y claramente, que ésta será incondicional y recíproca. Lo que constituye un limpio remanso entre tantas promesas de entrega y fidelidad que vemos en este tiempo y que, como afirma el filósofo, acaba siendo algo incapaz de mantenerse.

Cualquiera que sea el nombre de su Congregación las religiosas viven una estructura jerárquica diferente de la convencional, desde que tiene como divisa lo sublime y se ancla en lo divino. Precisamente en esto radica y se justifica la razón de su existencia, que no es otro, desde su particular óptica que pasar “una mala noche en una mala posada”, como lo expresó un día su hermana mayor Teresa de Ávila. Pero saben también que en los niños que educan como si fueran propios; en los enfermos que cuidan con devoción Cristocéntrica y en las misiones que atienden como simples obreras de la viña del Señor, labran para sí una mansión que no se destruirá jamás, pues sirven a un Señor que “no se les morirá nunca”.

Tal vez si las viéramos con más detenimiento pero menos crítica, los juicios que muchas veces sobre ellas hacemos hablarían más de sus cualidades que de sus defectos y resaltaríamos más sus virtudes que sus errores. Si dimensionáramos el valor divino de su esfuerzo humano, por permanecer fieles a su promesa, apreciaríamos más su entrega, su fe viva y su devoción en un mundo en el que estas actitudes casi se han ya extinguido. Y entonces comprenderíamos, aunque fuera un poco, el significado de su renuncia, en esta tierra en la que ya casi nadie es capaz de renunciar a nada.

Por eso, fieles a su vocación que les significa desapego a casi todo, a las vanidades de este mundo, por sus votos; a la ternura de la compañía de alguien a la que tendrían legítimo derecho, pero a la cual renuncian para que su corazón pertenezca solamente a su Amado; a la bendición de los hijos propios y hasta a la misma familia, las religiosas son como las desposadas bíblicas que esperan la llegada del esposo con sus lámparas llenas de aceite, siempre atentas y vigilantes porque están ciertas de que un día sus esponsales serán, éstos sí, para la eternidad, cuando llegue la cita de su siempre Amado en el silencio maravilloso de su perenne asombro.

Y es ahí que el velo del misterio se descorrerá luminoso para ellas, cuando todos sus anhelos y sus sacrificios adquieran el sentido para el que los demás somos ciegos. Es en ese día en el que Juanas y Catalinas, sabias y estudiosas, brillantes y oscuras, madres provinciales y sencillas novicias, Teresa de Calcuta y Clara de Asís, sentadas en el banquete de sus bodas, podrán dimensionar la maravilla de lo que reciben como heredad a cambio de la ofrenda sencilla que un día dieron. Y entenderán el porqué de las palabras que el esposo les dirá: “Levántate ya, amada mía, hermosa mía y ven. Ya ha pasado el invierno y han cesado las lluvias y en nuestra tierra se deja oír el arrullo de la tórtola”. Y ellas contestarán: “mi Amado es para mí y yo para mi Amado. Él me apacienta en medio de azucenas”.


Algunos les llaman “monjas”, otros con respeto por la similitud con sus respectivas mamás, les dicen “madres,” y algunos más, “hermanas”. Son las religiosas, personas que se han consagrado a lo que el Libro Santo llama “la mejor parte”.

La vida de estos seres tan especiales es como la de una futura desposada que espera jubilosa el día de su boda, pero sin la natural inquietud de la novia que no sabe a ciencia cierta a quién va a entregar su corazón. Pero las monjas saben muy bien a quién han confiado el suyo, y están seguras que su Esposo será fiel a esa entrega.

De traje discreto, aún en estos tiempos de franca modernidad, las religiosas buscan dar con ello testimonio de su decoro interno, al hacer a un lado el atuendo elegante, porque su futuro esposo, viendo ese interior, se siente más complacido que con el sólo ropaje externo. Su más fino cosmético se encuentra en el encanto multicolor de su alma sencilla y no en los variados afeites que las demás mujeres emplean de ordinario para embellecer su cuerpo, porque saben que su verdadera belleza está en el que engalana su cuerpo mortal y no en el cuerpo que a veces se olvida de su espíritu inmortal.

La vida de las monjas es oración callada en un mundo que vive en el estruendo de su propia incongruencia; es meditación profunda en medio del egoísmo y la superficialidad; es vuelo hacia lo trascendente ante la mediocridad de tanta búsqueda de lo banal. Pero no es tristeza, ni hastío, ni acartonada resignación o refugio para quien teme enfrentarse a la vida, porque ellas también sueñan con la inclusión, el amor y la ternura de una entrega futura, pero su corazón sabe, ciega y claramente, que ésta será incondicional y recíproca. Lo que constituye un limpio remanso entre tantas promesas de entrega y fidelidad que vemos en este tiempo y que, como afirma el filósofo, acaba siendo algo incapaz de mantenerse.

Cualquiera que sea el nombre de su Congregación las religiosas viven una estructura jerárquica diferente de la convencional, desde que tiene como divisa lo sublime y se ancla en lo divino. Precisamente en esto radica y se justifica la razón de su existencia, que no es otro, desde su particular óptica que pasar “una mala noche en una mala posada”, como lo expresó un día su hermana mayor Teresa de Ávila. Pero saben también que en los niños que educan como si fueran propios; en los enfermos que cuidan con devoción Cristocéntrica y en las misiones que atienden como simples obreras de la viña del Señor, labran para sí una mansión que no se destruirá jamás, pues sirven a un Señor que “no se les morirá nunca”.

Tal vez si las viéramos con más detenimiento pero menos crítica, los juicios que muchas veces sobre ellas hacemos hablarían más de sus cualidades que de sus defectos y resaltaríamos más sus virtudes que sus errores. Si dimensionáramos el valor divino de su esfuerzo humano, por permanecer fieles a su promesa, apreciaríamos más su entrega, su fe viva y su devoción en un mundo en el que estas actitudes casi se han ya extinguido. Y entonces comprenderíamos, aunque fuera un poco, el significado de su renuncia, en esta tierra en la que ya casi nadie es capaz de renunciar a nada.

Por eso, fieles a su vocación que les significa desapego a casi todo, a las vanidades de este mundo, por sus votos; a la ternura de la compañía de alguien a la que tendrían legítimo derecho, pero a la cual renuncian para que su corazón pertenezca solamente a su Amado; a la bendición de los hijos propios y hasta a la misma familia, las religiosas son como las desposadas bíblicas que esperan la llegada del esposo con sus lámparas llenas de aceite, siempre atentas y vigilantes porque están ciertas de que un día sus esponsales serán, éstos sí, para la eternidad, cuando llegue la cita de su siempre Amado en el silencio maravilloso de su perenne asombro.

Y es ahí que el velo del misterio se descorrerá luminoso para ellas, cuando todos sus anhelos y sus sacrificios adquieran el sentido para el que los demás somos ciegos. Es en ese día en el que Juanas y Catalinas, sabias y estudiosas, brillantes y oscuras, madres provinciales y sencillas novicias, Teresa de Calcuta y Clara de Asís, sentadas en el banquete de sus bodas, podrán dimensionar la maravilla de lo que reciben como heredad a cambio de la ofrenda sencilla que un día dieron. Y entenderán el porqué de las palabras que el esposo les dirá: “Levántate ya, amada mía, hermosa mía y ven. Ya ha pasado el invierno y han cesado las lluvias y en nuestra tierra se deja oír el arrullo de la tórtola”. Y ellas contestarán: “mi Amado es para mí y yo para mi Amado. Él me apacienta en medio de azucenas”.

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