/ domingo 21 de julio de 2019

La ética: teoría y praxis…

En su primer libro sobre Metafísica, Aristóteles afirma que el estudio de la Ética “no debe ser sólo teórico, sino también práctico, porque si así no fuera, de nada nos serviría”.

A menudo los eruditos e intelectuales, incluso aquellos que dicen saber sobre filosofía, hablan de la ética como si fuera algo etéreo, o se tratara de una disciplina puramente académica que, en el peor de los casos, es un fantasma intangible que no tiene por qué mortificar al hombre. Para muchos otros la ética es una paradoja, una utopía irrealizable, ya que, dicen, no se puede ser bueno y exitoso al mismo tiempo. Así, por ejemplo, muchos hombres de negocios creen que se debe elegir entre ser competitivo o ético, pero de ninguna manera pensar que se puede ser ambos a la vez.

Obviamente este es un falso dilema: se puede ser un empresario brillante y ser también cálido y decente; un excelente emprendedor, y también talentoso y solidario; extraordinario innovador y ser igualmente empático e incluyente. Hay quienes, sin embargo, por no vivir de acuerdo a lo que creen, acaban creyendo lo que viven. Y esto, y sus indudables consecuencias para la sociedad en la que vivimos, ha sido una verdadera tragedia por la descomposición social que ha producido.

A este propósito, hay una anécdota de un profesor de ética de una universidad alemana, cuya vida poco edificante hizo que los papás de sus alumnos se quejaran de su conducta ante el rector. Cuando éste le reclamó al profesor por su inmoral comportamiento, éste contestó que no había razón para la queja, pues él era como los marcadores que hay en las carreteras señalando la distancia entre un lugar y otro. Lo señalaban bien, aunque nunca lo hubiera recorrido. Y que así dijo el profesor que era él: indicaba bien el camino, aunque no lo recorriera, pretendiendo con ello justificar su injustificable incongruencia.

Este pensamiento acerca de la marginalidad y la poca importancia que para muchos tiene la ética y que para algunos llega a ser incluso un estorbo para la actividad humana productiva, ha sido sin duda una de las causantes de casi todos nuestros males. En este nuestro brillante y sorprendente siglo del conocimiento y la innovación tecnológica “disruptiva”, en el que presumimos de haber llegado a las fronteras de casi todo, hemos dejado por desgracia de lado el cultivo de la virtud y el carácter, la formación humana de los valores básicos de la honestidad y el respeto por el otro, que es lo que verdaderamente nos permite trascender el aquí y el ahora de la vida.

Los griegos llamaron ética (Aristóteles, Sócrates, Platón) al estudio de las costumbres (ethos, costumbre) pero desde el punto de vista de lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, objetivo que otras ciencias sociales, por ejemplo, la sociología o la antropología no persiguen. Pero para que el análisis ético tenga sentido, debemos hacer claro qué o quien determina lo que es bueno o malo, lo que nos define como seres humanos y constituye nuestra diferencia específica con los demás seres. Y ese principio es la razón, fundamento básico en el que toda conducta humana tiene su explicación. Por eso, la suprema expresión de la eticidad humana, es el imperativo categórico que, naciendo de nuestra racionalidad, es el sustento definitivo y la esencia misma de nuestra naturaleza pensante. No actuar de acuerdo a la razón, desnaturalizaría esa esencia porque es lo que nos distingue de cualquier otro ser en nuestro tiempo y nuestro espacio. Por eso se dice que toda actitud criminal sólo puede provenir de alguien que actúa irracionalmente, así como no podemos afirmar que un animal irracional es ético pues carece de la razón que determina su capacidad para distinguir el bien del mal.

En realidad el horizonte de toda ética, social, religiosa o jurídica consiste en buscar conciliar los paradigmas de cada una de sus normas, con los que nuestra naturaleza racional nos exige. Alejarnos de la razón al actuar, es renegar de ella, pero hacerlo de acuerdo a sus mandatos nos reivindica con el privilegio de tenerla.

Los filósofos modernos han llamado a la ética de nuestro tiempo “de tercera generación” y esa denominación parte de la idea de que la racionalidad humana adquiere su verdadera dimensión moral cuando se pone en acción en el servicio de los demás, cuando se “crea comunidad” y la auténtica bondad se manifiesta en el otro, no en el vacío, sino en medio de aquellos con quienes compartimos la misma esencia y son seres únicos e irrepetibles como nosotros. Porque, en el fondo, ser éticos es hacer todo el bien que podamos a quienes son nuestros compañeros de viaje en la fascinante aventura de la vida.

Y sólo hay una fórmula viable que nos permitirá restaurar el deshilachado tejido social que padecen nuestras doloridas y acongojadas comunidades, ante las asechanzas de la maldad y el crimen. Y es la educación. Pensar que la didáctica de los valores humanos, la ética y las virtudes ciudadanas son algo residual, un relleno en la enseñanza de los contenidos académicos sin ningún sentido práctico o trascendente para la vida humana es lo que definitivamente ha hecho que nuestra sociedad haya perdido la brújula. Y es tarea de todos retomar nuestro rumbo; en el hogar donde toda educación comienza y la escuela, las iglesias, el estado y el gobierno que tienen la obligación de perfeccionarla y dejar de culparse unos a otros de sus propias y autoinducidas decepciones.

Th Roosevelt afirmó:


Educa a un niño sólo en su mente y no en su corazón y lo único que estarás creando son amenazas para los demás


Un hombre sin ética es una bestia salvaje arrojada a este mundo..

A. Camus

En su primer libro sobre Metafísica, Aristóteles afirma que el estudio de la Ética “no debe ser sólo teórico, sino también práctico, porque si así no fuera, de nada nos serviría”.

A menudo los eruditos e intelectuales, incluso aquellos que dicen saber sobre filosofía, hablan de la ética como si fuera algo etéreo, o se tratara de una disciplina puramente académica que, en el peor de los casos, es un fantasma intangible que no tiene por qué mortificar al hombre. Para muchos otros la ética es una paradoja, una utopía irrealizable, ya que, dicen, no se puede ser bueno y exitoso al mismo tiempo. Así, por ejemplo, muchos hombres de negocios creen que se debe elegir entre ser competitivo o ético, pero de ninguna manera pensar que se puede ser ambos a la vez.

Obviamente este es un falso dilema: se puede ser un empresario brillante y ser también cálido y decente; un excelente emprendedor, y también talentoso y solidario; extraordinario innovador y ser igualmente empático e incluyente. Hay quienes, sin embargo, por no vivir de acuerdo a lo que creen, acaban creyendo lo que viven. Y esto, y sus indudables consecuencias para la sociedad en la que vivimos, ha sido una verdadera tragedia por la descomposición social que ha producido.

A este propósito, hay una anécdota de un profesor de ética de una universidad alemana, cuya vida poco edificante hizo que los papás de sus alumnos se quejaran de su conducta ante el rector. Cuando éste le reclamó al profesor por su inmoral comportamiento, éste contestó que no había razón para la queja, pues él era como los marcadores que hay en las carreteras señalando la distancia entre un lugar y otro. Lo señalaban bien, aunque nunca lo hubiera recorrido. Y que así dijo el profesor que era él: indicaba bien el camino, aunque no lo recorriera, pretendiendo con ello justificar su injustificable incongruencia.

Este pensamiento acerca de la marginalidad y la poca importancia que para muchos tiene la ética y que para algunos llega a ser incluso un estorbo para la actividad humana productiva, ha sido sin duda una de las causantes de casi todos nuestros males. En este nuestro brillante y sorprendente siglo del conocimiento y la innovación tecnológica “disruptiva”, en el que presumimos de haber llegado a las fronteras de casi todo, hemos dejado por desgracia de lado el cultivo de la virtud y el carácter, la formación humana de los valores básicos de la honestidad y el respeto por el otro, que es lo que verdaderamente nos permite trascender el aquí y el ahora de la vida.

Los griegos llamaron ética (Aristóteles, Sócrates, Platón) al estudio de las costumbres (ethos, costumbre) pero desde el punto de vista de lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, objetivo que otras ciencias sociales, por ejemplo, la sociología o la antropología no persiguen. Pero para que el análisis ético tenga sentido, debemos hacer claro qué o quien determina lo que es bueno o malo, lo que nos define como seres humanos y constituye nuestra diferencia específica con los demás seres. Y ese principio es la razón, fundamento básico en el que toda conducta humana tiene su explicación. Por eso, la suprema expresión de la eticidad humana, es el imperativo categórico que, naciendo de nuestra racionalidad, es el sustento definitivo y la esencia misma de nuestra naturaleza pensante. No actuar de acuerdo a la razón, desnaturalizaría esa esencia porque es lo que nos distingue de cualquier otro ser en nuestro tiempo y nuestro espacio. Por eso se dice que toda actitud criminal sólo puede provenir de alguien que actúa irracionalmente, así como no podemos afirmar que un animal irracional es ético pues carece de la razón que determina su capacidad para distinguir el bien del mal.

En realidad el horizonte de toda ética, social, religiosa o jurídica consiste en buscar conciliar los paradigmas de cada una de sus normas, con los que nuestra naturaleza racional nos exige. Alejarnos de la razón al actuar, es renegar de ella, pero hacerlo de acuerdo a sus mandatos nos reivindica con el privilegio de tenerla.

Los filósofos modernos han llamado a la ética de nuestro tiempo “de tercera generación” y esa denominación parte de la idea de que la racionalidad humana adquiere su verdadera dimensión moral cuando se pone en acción en el servicio de los demás, cuando se “crea comunidad” y la auténtica bondad se manifiesta en el otro, no en el vacío, sino en medio de aquellos con quienes compartimos la misma esencia y son seres únicos e irrepetibles como nosotros. Porque, en el fondo, ser éticos es hacer todo el bien que podamos a quienes son nuestros compañeros de viaje en la fascinante aventura de la vida.

Y sólo hay una fórmula viable que nos permitirá restaurar el deshilachado tejido social que padecen nuestras doloridas y acongojadas comunidades, ante las asechanzas de la maldad y el crimen. Y es la educación. Pensar que la didáctica de los valores humanos, la ética y las virtudes ciudadanas son algo residual, un relleno en la enseñanza de los contenidos académicos sin ningún sentido práctico o trascendente para la vida humana es lo que definitivamente ha hecho que nuestra sociedad haya perdido la brújula. Y es tarea de todos retomar nuestro rumbo; en el hogar donde toda educación comienza y la escuela, las iglesias, el estado y el gobierno que tienen la obligación de perfeccionarla y dejar de culparse unos a otros de sus propias y autoinducidas decepciones.

Th Roosevelt afirmó:


Educa a un niño sólo en su mente y no en su corazón y lo único que estarás creando son amenazas para los demás


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