/ viernes 1 de marzo de 2019

La inocencia ante el mundo

La inocencia ante el mundo

¿Cuándo se pierde la inocencia ante el mundo? ¿Cuándo se rompe el himen del pudor? Tal vez al contemplar en la ambición una posibilidad de supremacía.

Si buscamos el poder de decisión, si queremos abarcar las preguntas definitorias entonces, ¿qué le dejamos al silencio? En el silencio se refugian los colores y olores de la noche. Lenguaje de los suicidas y de los sabios, el silencio es la metáfora del instante que se esfuma. El silencio no propone: dispone de sus dominios: la vida y la muerte.

La inocencia ante el mundo es condicionante para eso llamado “amor fraternal”. Amar al otro es entender que la especie debe ser conservada.

Por los huecos de la noche se asoma un monstruo temible: la edad. La edad es el precio que pagamos por vivir. Con los años caen ideales, ropajes viejos, y sobre todo, caen los ángeles del encanto.

Si algo nos dejan los años al pasar es el desencanto por no haber vivido de acuerdo a como quisimos.

Cierta vez vi a un hombre ebrio, me parece que deambulaba por la Avenida Hidalgo, a la altura del cementerio municipal, gritando que él no le tenía miedo a nada, ni a la muerte, “sólo al juicio de mis hijos”. ¿Tendremos cada quien un fondo, una esencia eso que comúnmente se llama secreto?

¿Qué es lo más importante? En donde estén nuestros efectos allí, indudablemente, estaremos con el intelecto y el corazón.

Lo único cierto de las ciudades es su memoria. Lluvias o favonios: dualidad sin rostro -santos óleos del clima- barren las calles del puerto. Trashumantes alas entre nubes viudas, vanos designios de la madera henchida. En las naves que esperan matrículas. La paz consiste en el agua que no existe en la parodia del vapor. Memoria paralela espejo sin fragmentos. La ciudad nos recuerda silenciosa. Mira el bruto caer de pétalos rotos. En las manos de los años

Resplandecientes ojos en los edificios. Esquinas hastiadas de pies veloces. En la ciudad hay eructos antiguos. Bosquejos de espirales siempre ascendiendo hasta la desmemoria.

La historia cumple su ciclo, retorna a la siega primigenia. Los rostros caen de las máscaras más antiguas. La historia es piedra, construye el asilo de la memoria. El empiezo traza el mapamundi de los hechos, y nadie está en el centro (un mapa de Ptolomeo ponía a Grecia en el centro del mundo). No somos griegos, no quedan griegos de antaño.

Tampico es el nombre de nuestra ciudad. Tampico, “lugar de nutrias”. Nombrar es un acto que los dioses dejaron en labios humanos. El tiempo es sangre, piel y memoria. Es triste saber que la historia son los otros. Los vasos para beberla nos fueron prohibidos, sólo queda la sed presente…

La inocencia ante el mundo

¿Cuándo se pierde la inocencia ante el mundo? ¿Cuándo se rompe el himen del pudor? Tal vez al contemplar en la ambición una posibilidad de supremacía.

Si buscamos el poder de decisión, si queremos abarcar las preguntas definitorias entonces, ¿qué le dejamos al silencio? En el silencio se refugian los colores y olores de la noche. Lenguaje de los suicidas y de los sabios, el silencio es la metáfora del instante que se esfuma. El silencio no propone: dispone de sus dominios: la vida y la muerte.

La inocencia ante el mundo es condicionante para eso llamado “amor fraternal”. Amar al otro es entender que la especie debe ser conservada.

Por los huecos de la noche se asoma un monstruo temible: la edad. La edad es el precio que pagamos por vivir. Con los años caen ideales, ropajes viejos, y sobre todo, caen los ángeles del encanto.

Si algo nos dejan los años al pasar es el desencanto por no haber vivido de acuerdo a como quisimos.

Cierta vez vi a un hombre ebrio, me parece que deambulaba por la Avenida Hidalgo, a la altura del cementerio municipal, gritando que él no le tenía miedo a nada, ni a la muerte, “sólo al juicio de mis hijos”. ¿Tendremos cada quien un fondo, una esencia eso que comúnmente se llama secreto?

¿Qué es lo más importante? En donde estén nuestros efectos allí, indudablemente, estaremos con el intelecto y el corazón.

Lo único cierto de las ciudades es su memoria. Lluvias o favonios: dualidad sin rostro -santos óleos del clima- barren las calles del puerto. Trashumantes alas entre nubes viudas, vanos designios de la madera henchida. En las naves que esperan matrículas. La paz consiste en el agua que no existe en la parodia del vapor. Memoria paralela espejo sin fragmentos. La ciudad nos recuerda silenciosa. Mira el bruto caer de pétalos rotos. En las manos de los años

Resplandecientes ojos en los edificios. Esquinas hastiadas de pies veloces. En la ciudad hay eructos antiguos. Bosquejos de espirales siempre ascendiendo hasta la desmemoria.

La historia cumple su ciclo, retorna a la siega primigenia. Los rostros caen de las máscaras más antiguas. La historia es piedra, construye el asilo de la memoria. El empiezo traza el mapamundi de los hechos, y nadie está en el centro (un mapa de Ptolomeo ponía a Grecia en el centro del mundo). No somos griegos, no quedan griegos de antaño.

Tampico es el nombre de nuestra ciudad. Tampico, “lugar de nutrias”. Nombrar es un acto que los dioses dejaron en labios humanos. El tiempo es sangre, piel y memoria. Es triste saber que la historia son los otros. Los vasos para beberla nos fueron prohibidos, sólo queda la sed presente…

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