/ domingo 10 de abril de 2022

La lógica del narcisista

El mito del cual se desprende el concepto “narcisista” habla, palabras más, palabras menos, de un joven griego cuya belleza era tal que, sintiéndose muy pagado de sí mismo, despreciaba las declaraciones de amor de las jóvenes que se le acercaban, porque solo estaba enamorado de sí mismo. Debido a esa indiferencia, fue sometido a una maldición de la diosa Némesis y terminó por ahogarse en el río en el que, embelesado, contemplaba su imagen.

¿Existe acaso una razón que explique el por qué algunas personas actúan como el siniestro personaje del mito, que les hace capaces de amarse solo a sí mismos e incapaces de apreciar a los demás? Sin querer ser simplistas, pero mucho menos tratar de profundizar sobre este fenómeno, para el que no estoy en modo alguno capacitado, pretendo no obstante explicar brevemente lo que algunos notables psicólogos y psiquiatras han escrito sobre el tema.

El notable psicoanalista Alfred Adler, aborda este problema-dilema afirmando que la sobrestimación de uno mismo y el menosprecio por los demás, tiene su origen en un profundo sentimiento de inferioridad, casi siempre iniciado en la infancia y derivado a su vez del menoscabo y desprecio que experimenta un niño al ver que se le devalúa, se empobrece su espíritu considerándolo poca cosa y no digno de ser reconocido. Por desgracia este es un hecho innegable que sabemos comienza a veces en el mismo hogar

Ese problema no resuelto en la niñez se convertirá más tarde en un mecanismo de compensación, expresado en la forma de un sentimiento de superioridad, explicable por las experiencias anteriormente vividas. Aunque no necesariamente, como dicen los expertos, esa ecuación se resuelve siempre de esa manera.

Modernamente existe otra teoría que explica ese fenómeno del narcisismo, basada en un concepto original y novedoso, presentado por el psicólogo, escritor y periodista Daniel Goleman, en su libro “Inteligencia emocional”, tema hoy tan en boga en casi todos los ámbitos del quehacer humano. Goleman empieza por desmitificar el concepto “inteligencia”, al afirmar que esta ha sido vista como exclusiva del ámbito académico y valorada en demasía por las escuelas y por los padres de familia, a los que parece importarles solo el desarrollo académico de sus hijos y sus estudiantes, pero que les ha impedido ver que hay otra inteligencia, a menudo olvidada, pero tan importante como primera: aquella que tiene que ver con la empatía, la comprensión y la inclusión del otro. Y esa es la inteligencia emocional.

Es sin duda, a partir de las ideas de Goleman, que podemos entender el por qué no nos interesa establecer una conexión auténtica con los demás y nos conformamos con la relación temporal y frívola que hay a veces en las redes sociales y que nos conduce a lo que él llama “ensimismamiento narcisista”, una especie de autoexilio de nosotros mismos que nos vuelve inmunes ante la contemplación del dolor ajeno, incapaces de sentir la maldad de la esclavitud e impasibles ante la pobreza, la ignorancia y el abandono en el que viven los más vulnerables. Y tristemente lo vemos ahora en los horrores de la guerra allá lejos y ante la violencia que vivimos tan cerca.

Goleman afirma que toda esa indiferencia del hombre para con su hermano el hombre es fruto de lo que llama “el trance urbano”. Ese automatismo por el cual hemos terminado por creer que nuestra vida es como una carrera contra reloj y que el hecho de mirar la situación que vive el otro nos impedirá estar al tanto de nuestros propios intereses , por lo que no tendremos tiempo para malgastarlo en observar la miseria de los demás, y debemos primero velar por nosotros mismos, mientras que con cruel desdén ni siquiera volteamos a ver cómo sobreviven muchas personas en el mundo. Y sin que nos duela siquiera un poco, cambiamos de canal, damos la vuelta a la página del periódico y cerramos nuestros canales de noticias y las redes “sociales”.

Pero afortunadamente nuestra naturaleza tiene otros recursos con que Dios nos privilegió y nos permite ir descubriendo poco a poco dentro de nosotros mismos y en este caso en concreto en la misma estructura de nuestro maravilloso cerebro, ciertas funciones que no conocíamos.

En 1996, un grupo de neurocientíficos de la Universidad de Parma, Italia, liderado por Giacomo Rizzolati, descubrió un conjunto de neuronas que llamaron “espejo”, células que nos permiten comprender los sentimientos de los demás y establecer conexiones con ellos. Les llamaron “mecanismos de empatía emocional”. En el 2006 en colaboración con otro doctor, Corrado Sinigaglia, presentaron un libro sobre el tema, cuyo marco teórico es que “de la observación de una persona en su modo de actuar pudieron detectar un conjunto de disparos eléctricos, que impulsan a la persona que observa, a actuar de manera semejante a la señal recibida”. O sea que es verdad lo que la sabiduría popular nos ha enseñado: “Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra”.

Quiero pensar que cualquiera sea la lógica que use el narcisista, ya sean problemas de maltrato en la niñez dolorosamente reflejados en la edad adulta o el dejarse llevar casi impensadamente por el tráfago implacable de la rutina diaria, con su consiguiente aislamiento, la solución siempre estará en la educación. En que los padres aprendan a ser padres; en que la familia permanezca unida, más allá de los normales problemas que en todo hogar se dan irremediablemente, pero que en la plática sincera y honesta pueden resolverse, sin que las únicas víctimas sean los hijos; que la educación en las escuelas tenga siempre que ver con los valores humanos que nos definen y no se les dé solo una importancia marginal. Y mostrar con ejemplos cómo todo eso podrá en gran medida expulsar de nuestra vida el egoísmo para poner en su lugar la comprensión y la solidaridad.

En una extraordinaria caricatura del entrañable Quino, se ve a Mafalda frente al director de Recursos Humanos de una empresa diciendo: “¿Aquí es donde necesitan a una persona humana?”

Porque se puede ser una persona competente y hábil, pero también cálida y decente.

LA LÓGICA DEL NARCISISTA

“…yo soy yo y el otro,

si no se salva el otro,

tampoco me salvaré yo…”

José Ortega y Gasset

El mito del cual se desprende el concepto “narcisista” habla, palabras más, palabras menos, de un joven griego cuya belleza era tal que, sintiéndose muy pagado de sí mismo, despreciaba las declaraciones de amor de las jóvenes que se le acercaban, porque solo estaba enamorado de sí mismo. Debido a esa indiferencia, fue sometido a una maldición de la diosa Némesis y terminó por ahogarse en el río en el que, embelesado, contemplaba su imagen.

¿Existe acaso una razón que explique el por qué algunas personas actúan como el siniestro personaje del mito, que les hace capaces de amarse solo a sí mismos e incapaces de apreciar a los demás? Sin querer ser simplistas, pero mucho menos tratar de profundizar sobre este fenómeno, para el que no estoy en modo alguno capacitado, pretendo no obstante explicar brevemente lo que algunos notables psicólogos y psiquiatras han escrito sobre el tema.

El notable psicoanalista Alfred Adler, aborda este problema-dilema afirmando que la sobrestimación de uno mismo y el menosprecio por los demás, tiene su origen en un profundo sentimiento de inferioridad, casi siempre iniciado en la infancia y derivado a su vez del menoscabo y desprecio que experimenta un niño al ver que se le devalúa, se empobrece su espíritu considerándolo poca cosa y no digno de ser reconocido. Por desgracia este es un hecho innegable que sabemos comienza a veces en el mismo hogar

Ese problema no resuelto en la niñez se convertirá más tarde en un mecanismo de compensación, expresado en la forma de un sentimiento de superioridad, explicable por las experiencias anteriormente vividas. Aunque no necesariamente, como dicen los expertos, esa ecuación se resuelve siempre de esa manera.

Modernamente existe otra teoría que explica ese fenómeno del narcisismo, basada en un concepto original y novedoso, presentado por el psicólogo, escritor y periodista Daniel Goleman, en su libro “Inteligencia emocional”, tema hoy tan en boga en casi todos los ámbitos del quehacer humano. Goleman empieza por desmitificar el concepto “inteligencia”, al afirmar que esta ha sido vista como exclusiva del ámbito académico y valorada en demasía por las escuelas y por los padres de familia, a los que parece importarles solo el desarrollo académico de sus hijos y sus estudiantes, pero que les ha impedido ver que hay otra inteligencia, a menudo olvidada, pero tan importante como primera: aquella que tiene que ver con la empatía, la comprensión y la inclusión del otro. Y esa es la inteligencia emocional.

Es sin duda, a partir de las ideas de Goleman, que podemos entender el por qué no nos interesa establecer una conexión auténtica con los demás y nos conformamos con la relación temporal y frívola que hay a veces en las redes sociales y que nos conduce a lo que él llama “ensimismamiento narcisista”, una especie de autoexilio de nosotros mismos que nos vuelve inmunes ante la contemplación del dolor ajeno, incapaces de sentir la maldad de la esclavitud e impasibles ante la pobreza, la ignorancia y el abandono en el que viven los más vulnerables. Y tristemente lo vemos ahora en los horrores de la guerra allá lejos y ante la violencia que vivimos tan cerca.

Goleman afirma que toda esa indiferencia del hombre para con su hermano el hombre es fruto de lo que llama “el trance urbano”. Ese automatismo por el cual hemos terminado por creer que nuestra vida es como una carrera contra reloj y que el hecho de mirar la situación que vive el otro nos impedirá estar al tanto de nuestros propios intereses , por lo que no tendremos tiempo para malgastarlo en observar la miseria de los demás, y debemos primero velar por nosotros mismos, mientras que con cruel desdén ni siquiera volteamos a ver cómo sobreviven muchas personas en el mundo. Y sin que nos duela siquiera un poco, cambiamos de canal, damos la vuelta a la página del periódico y cerramos nuestros canales de noticias y las redes “sociales”.

Pero afortunadamente nuestra naturaleza tiene otros recursos con que Dios nos privilegió y nos permite ir descubriendo poco a poco dentro de nosotros mismos y en este caso en concreto en la misma estructura de nuestro maravilloso cerebro, ciertas funciones que no conocíamos.

En 1996, un grupo de neurocientíficos de la Universidad de Parma, Italia, liderado por Giacomo Rizzolati, descubrió un conjunto de neuronas que llamaron “espejo”, células que nos permiten comprender los sentimientos de los demás y establecer conexiones con ellos. Les llamaron “mecanismos de empatía emocional”. En el 2006 en colaboración con otro doctor, Corrado Sinigaglia, presentaron un libro sobre el tema, cuyo marco teórico es que “de la observación de una persona en su modo de actuar pudieron detectar un conjunto de disparos eléctricos, que impulsan a la persona que observa, a actuar de manera semejante a la señal recibida”. O sea que es verdad lo que la sabiduría popular nos ha enseñado: “Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra”.

Quiero pensar que cualquiera sea la lógica que use el narcisista, ya sean problemas de maltrato en la niñez dolorosamente reflejados en la edad adulta o el dejarse llevar casi impensadamente por el tráfago implacable de la rutina diaria, con su consiguiente aislamiento, la solución siempre estará en la educación. En que los padres aprendan a ser padres; en que la familia permanezca unida, más allá de los normales problemas que en todo hogar se dan irremediablemente, pero que en la plática sincera y honesta pueden resolverse, sin que las únicas víctimas sean los hijos; que la educación en las escuelas tenga siempre que ver con los valores humanos que nos definen y no se les dé solo una importancia marginal. Y mostrar con ejemplos cómo todo eso podrá en gran medida expulsar de nuestra vida el egoísmo para poner en su lugar la comprensión y la solidaridad.

En una extraordinaria caricatura del entrañable Quino, se ve a Mafalda frente al director de Recursos Humanos de una empresa diciendo: “¿Aquí es donde necesitan a una persona humana?”

Porque se puede ser una persona competente y hábil, pero también cálida y decente.

LA LÓGICA DEL NARCISISTA

“…yo soy yo y el otro,

si no se salva el otro,

tampoco me salvaré yo…”

José Ortega y Gasset