/ sábado 5 de octubre de 2019

La obsolescencia programada

Imagine un teléfono o un televisor que tuviera una vida útil de más de 25 años, un foco que pudiera permanecer encendido por más de 100 años, o una computadora que funcionara y tuviera su Sistema Operativo y programas vigentes por décadas, probablemente sería el mejor de los escenarios para un Mundo Sustentable, pero la realidad es en verdad muy diferente, vivimos en la era de lo desechable, en los tiempos de la obsolescencia programada

Aún recuerdo cuando los abuelos platicaban de la calidad de los juguetes de antaño, decían que duraban muchos años, porque estaban hechos de materiales de mayor calidad y en general con una mejor manufactura, los de hoy, apenas si duran unas semanas o meses, cabe aclarar que depende mucho del uso dado a los mismos, pero también que cada vez consumimos más productos, no solo juguetes, creados principalmente del cáncer del planeta, el plástico.

Y aunque pareciera un problema de los nuevos tiempos, la historia nos dice que fue en 1930, luego de la gran depresión en los EEUU, que varios empresarios encabezados por el llamado Cártel de la Industria Eléctrica, plantearon por primera vez el término “obsolescencia programada”, específicamente en la elaboración de focos, los cuales tendrían como nueva norma una duración máxima en la vida útil de sus filamentos de mil horas. Luego, estos estándares contaminarían otras industrias, y como si se tratara de un paradigma, hoy, la mayoría de las manufacturas que se comercializan, incluyendo ya el copioso mundo de las tecnologías, están plagados de dispositivos programados, ya sea de manera física o lógica para no durar más allá de 24 meses.

Aunado a todo esto, la mercadotecnia promueve una nueva sociedad del consumo, lanzando al mercado constantemente nuevos modelos, en muchas ocasiones sin mayores aportes en lo tecnológico, solo con el fin de poder aumentar sus ventas. Celulares con más cámaras o mayores capacidades, computadoras con un poco más de memoria, automóviles con modelos ligeramente diferentes a los de un año anterior, y muchos otros ejemplos de artículos que han roto el ciclo de la necesidad, para ser simplemente un objeto para el deseo.

El problema se agrava cuando sumamos a la ecuación tecnológica el hecho de que, muchos de estos dispositivos dejan de recibir soporte técnico en tiempos cada vez más cortos, y que sus piezas o refaccionamiento son escasos o nulos, además que los precios de los mismos superan en muchas ocasiones el costo de comprar un artículo nuevo. Lo podíamos ver con el claro ejemplo de muchas impresoras, cuyo costo de adquirir cartuchos originales superaba incluso el de comprar un nuevo equipo de impresión.

El costo de esta tendencia ya está cobrando la factura, y no me refiero amable lector, a las cuentas o impuestos de toda esta industria, sino a la factura ecológica. El uso excesivo de plásticos y polímeros baratos, pero que tardan cientos, o incluso miles de años en degradarse está consumiendo al planeta en una polución nunca antes vista. Los ambientalistas advierten de dos enormes concentraciones en el Océano Pacífico, formadas por los movimientos de las mareas y consistentes en basura principalmente plástica, ambas con extensiones superiores al estado de Texas.

Con el paso de los años podríamos ver más marcada esta tendencia, al grado de señalar cada vez más lo que se ha denominado la “Huella de Carbono”; la cual es un indicador ambiental que pretende reflejar la totalidad de gases de efecto invernadero emitidos por efecto directo o indirecto de un individuo, organización, evento o producto. Y ésta, daña al planeta como consecuencia de la producción de casi cualquier producto que no se genere de una manera sustentable.

Para darnos una idea de la gravedad de la situación, para que un smartphone o una laptop pudieran “justificar” su huella de carbono, deberían de ser aparatos utilizables por al menos 40 años. Y el reciclaje, aunque también se presenta como una buena alternativa a los negocios, no es capaz de hacer frente a una frenética era de producción y consumismo, en la cual todos de alguna manera tenemos algún grado de responsabilidad.

La tecnología no se trata solo de presentar nuevos modelos de los productos, se trata de innovar con alternativas que generen verdaderos cambios en el estilo de vida de las personas, lo que no se justifica de ninguna manera, es solo cambiar el color o tamaño del producto y querer presentarlo como algo altamente novedoso. Cierro hoy mi columna con una frase que se atribuye a la tribu norteamericana Cree, “Cuando el último árbol sea cortado, el último río envenenado, el último pez pescado, sólo entonces el hombre descubrirá que el dinero no se come”.

Nos vemos en la Red

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Aún recuerdo cuando los abuelos platicaban de la calidad de los juguetes de antaño, decían que duraban muchos años, porque estaban hechos de materiales de mayor calidad y en general con una mejor manufactura, los de hoy, apenas si duran unas semanas o meses, cabe aclarar que depende mucho del uso dado a los mismos, pero también que cada vez consumimos más productos, no solo juguetes, creados principalmente del cáncer del planeta, el plástico.

Y aunque pareciera un problema de los nuevos tiempos, la historia nos dice que fue en 1930, luego de la gran depresión en los EEUU, que varios empresarios encabezados por el llamado Cártel de la Industria Eléctrica, plantearon por primera vez el término “obsolescencia programada”, específicamente en la elaboración de focos, los cuales tendrían como nueva norma una duración máxima en la vida útil de sus filamentos de mil horas. Luego, estos estándares contaminarían otras industrias, y como si se tratara de un paradigma, hoy, la mayoría de las manufacturas que se comercializan, incluyendo ya el copioso mundo de las tecnologías, están plagados de dispositivos programados, ya sea de manera física o lógica para no durar más allá de 24 meses.

Aunado a todo esto, la mercadotecnia promueve una nueva sociedad del consumo, lanzando al mercado constantemente nuevos modelos, en muchas ocasiones sin mayores aportes en lo tecnológico, solo con el fin de poder aumentar sus ventas. Celulares con más cámaras o mayores capacidades, computadoras con un poco más de memoria, automóviles con modelos ligeramente diferentes a los de un año anterior, y muchos otros ejemplos de artículos que han roto el ciclo de la necesidad, para ser simplemente un objeto para el deseo.

El problema se agrava cuando sumamos a la ecuación tecnológica el hecho de que, muchos de estos dispositivos dejan de recibir soporte técnico en tiempos cada vez más cortos, y que sus piezas o refaccionamiento son escasos o nulos, además que los precios de los mismos superan en muchas ocasiones el costo de comprar un artículo nuevo. Lo podíamos ver con el claro ejemplo de muchas impresoras, cuyo costo de adquirir cartuchos originales superaba incluso el de comprar un nuevo equipo de impresión.

El costo de esta tendencia ya está cobrando la factura, y no me refiero amable lector, a las cuentas o impuestos de toda esta industria, sino a la factura ecológica. El uso excesivo de plásticos y polímeros baratos, pero que tardan cientos, o incluso miles de años en degradarse está consumiendo al planeta en una polución nunca antes vista. Los ambientalistas advierten de dos enormes concentraciones en el Océano Pacífico, formadas por los movimientos de las mareas y consistentes en basura principalmente plástica, ambas con extensiones superiores al estado de Texas.

Con el paso de los años podríamos ver más marcada esta tendencia, al grado de señalar cada vez más lo que se ha denominado la “Huella de Carbono”; la cual es un indicador ambiental que pretende reflejar la totalidad de gases de efecto invernadero emitidos por efecto directo o indirecto de un individuo, organización, evento o producto. Y ésta, daña al planeta como consecuencia de la producción de casi cualquier producto que no se genere de una manera sustentable.

Para darnos una idea de la gravedad de la situación, para que un smartphone o una laptop pudieran “justificar” su huella de carbono, deberían de ser aparatos utilizables por al menos 40 años. Y el reciclaje, aunque también se presenta como una buena alternativa a los negocios, no es capaz de hacer frente a una frenética era de producción y consumismo, en la cual todos de alguna manera tenemos algún grado de responsabilidad.

La tecnología no se trata solo de presentar nuevos modelos de los productos, se trata de innovar con alternativas que generen verdaderos cambios en el estilo de vida de las personas, lo que no se justifica de ninguna manera, es solo cambiar el color o tamaño del producto y querer presentarlo como algo altamente novedoso. Cierro hoy mi columna con una frase que se atribuye a la tribu norteamericana Cree, “Cuando el último árbol sea cortado, el último río envenenado, el último pez pescado, sólo entonces el hombre descubrirá que el dinero no se come”.

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