/ miércoles 23 de octubre de 2019

La posibilidad de la utopía: Filmes de ciencia ficción

Sin duda que Avatar/ EUA-2009, el estupendo bosquejo de James Cameron por las posibilidades de la ciencia ficción y el cine fantástico, hacen que echemos un vistazo por los territorios de estos géneros.

Desde las primeras imágenes de Viaje a la Luna/ 1898 por el mago del cine, George Mélies, puede establecerse el cine de ciencia ficción como tal.

Despreciado, vilipendiada y aclamada, lo cierto es que la ciencia ficción tiene adeptos y detractores. En Metrópolis (1927), el director Fritz Lang proponía una ciudad subterránea futurista, lo mismo que George Lucas en la setentera Guerras de las Galaxias. Apuesta por un mundo imaginario que no se desarticule de la realidad es la premisa de la ciencia ficción en el cine. (Un apunte: Metrópolis, al igual que Los Olvidados, de Buñuel, son las únicas películas reconocidas por la ONU como Patrimonio Cultural de la Humanidad.)

Los cincuenta pueden verse como el inicio parafernálico de los efectos especiales al servicio de historias que proponían visiones desastrosas del género humano: El Fenómeno Inhumano, donde Steve MacQueen se enfrentaba a una cosa extraterrestre. O las risotadas de Ed Wood con su genuina y delirante Plan 9 del Espacio Exterior.

Pero es en los sesenta que las apuestas visuales de El Planeta de los Simios y 2001, Odisea del Espacio aterrizan en fragmentos de una dualidad realidad/ficción más que interesante. En la primera, el hombre es cuestionado en su calidad de dueño de la Tierra; en la segunda, la parábola sobre la sumisión del hombre a la computadora es más que espeluznante.

Aunque el aderezo primordial de un filme de ciencia ficción son los efectos especiales, no es sino hasta la década de los setenta que George Lucas con su Guerra de las Galaxias –previo su THX 1138- imanta hacia polos de sorprendentes realidades los efectos visuales y auditivos. Es decir, la tecnología al servicio del invento de los Lumiere se instaló y se fomentó en este género menospreciado por la crítica cinéfila.

Es en los ochenta que la ciencia ficción se desboca, dando historias, títulos por demás disímbolos. Así, los trabajos espaciales de Ridley Scott (el mismo de Gladiador y Hannibal) en el 78 y 82, respectivamente, Alien y Blade Runner, abrieron posibilidades humanas y de replanteamientos filosóficos inéditos. Terminator, de James Cameron y Robocop, de Paul Verhoeven, disolvían en guiones futuristas la moral y la ética humana, al igual que La Mosca, del estupendo David Cronenberg.

Citando a Parque Jurásico, La Puerta del Tiempo, Sid: La Máquina Asesina y la definitoria Matrix (quien plantea el famoso Mito de la Caverna de Platón), podemos interrogar al género de ciencia ficción sobre la condición humana. Y para sorpresa nuestra, tendrá respuestas satisfactorias. El cine, como contador de historias, es un vehículo infinito para desarrollar la imaginación. Lo que vemos en la pantalla es producto de la imaginación que no puede estar guardada. Espera ser oída y vista por todos...

Sin duda que Avatar/ EUA-2009, el estupendo bosquejo de James Cameron por las posibilidades de la ciencia ficción y el cine fantástico, hacen que echemos un vistazo por los territorios de estos géneros.

Desde las primeras imágenes de Viaje a la Luna/ 1898 por el mago del cine, George Mélies, puede establecerse el cine de ciencia ficción como tal.

Despreciado, vilipendiada y aclamada, lo cierto es que la ciencia ficción tiene adeptos y detractores. En Metrópolis (1927), el director Fritz Lang proponía una ciudad subterránea futurista, lo mismo que George Lucas en la setentera Guerras de las Galaxias. Apuesta por un mundo imaginario que no se desarticule de la realidad es la premisa de la ciencia ficción en el cine. (Un apunte: Metrópolis, al igual que Los Olvidados, de Buñuel, son las únicas películas reconocidas por la ONU como Patrimonio Cultural de la Humanidad.)

Los cincuenta pueden verse como el inicio parafernálico de los efectos especiales al servicio de historias que proponían visiones desastrosas del género humano: El Fenómeno Inhumano, donde Steve MacQueen se enfrentaba a una cosa extraterrestre. O las risotadas de Ed Wood con su genuina y delirante Plan 9 del Espacio Exterior.

Pero es en los sesenta que las apuestas visuales de El Planeta de los Simios y 2001, Odisea del Espacio aterrizan en fragmentos de una dualidad realidad/ficción más que interesante. En la primera, el hombre es cuestionado en su calidad de dueño de la Tierra; en la segunda, la parábola sobre la sumisión del hombre a la computadora es más que espeluznante.

Aunque el aderezo primordial de un filme de ciencia ficción son los efectos especiales, no es sino hasta la década de los setenta que George Lucas con su Guerra de las Galaxias –previo su THX 1138- imanta hacia polos de sorprendentes realidades los efectos visuales y auditivos. Es decir, la tecnología al servicio del invento de los Lumiere se instaló y se fomentó en este género menospreciado por la crítica cinéfila.

Es en los ochenta que la ciencia ficción se desboca, dando historias, títulos por demás disímbolos. Así, los trabajos espaciales de Ridley Scott (el mismo de Gladiador y Hannibal) en el 78 y 82, respectivamente, Alien y Blade Runner, abrieron posibilidades humanas y de replanteamientos filosóficos inéditos. Terminator, de James Cameron y Robocop, de Paul Verhoeven, disolvían en guiones futuristas la moral y la ética humana, al igual que La Mosca, del estupendo David Cronenberg.

Citando a Parque Jurásico, La Puerta del Tiempo, Sid: La Máquina Asesina y la definitoria Matrix (quien plantea el famoso Mito de la Caverna de Platón), podemos interrogar al género de ciencia ficción sobre la condición humana. Y para sorpresa nuestra, tendrá respuestas satisfactorias. El cine, como contador de historias, es un vehículo infinito para desarrollar la imaginación. Lo que vemos en la pantalla es producto de la imaginación que no puede estar guardada. Espera ser oída y vista por todos...

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