/ miércoles 7 de agosto de 2019

Leyes de la robótica


En un desesperado intento por evitar el choque con una densa nube de meteoritos, el copiloto de la nave Star Trek en Viaje a las Estrellas, propone a su comandante, James Kirk, entregar el control maestro de navegación a una mega computadora.

Kirk se rehúsa a poner su astronave al arbitrio de una máquina; pero debe hacerlo. No hay alternativa.

La súbita percepción de su propia vulnerabilidad, incita a Kirk a meditar sobre lo fantástico de la navegación a vela en el siglo XIX, en la que lo único necesario era el viento a favor y mirar las estrellas en el firmamento. Esto sucede cuando la precisión de las máquinas y el raciocinio humano viven en profunda armonía.

Finalmente, los peregrinos del cosmos consiguen esquivar la nube de meteoritos con auxilio de la mega computadora del Star Trek, sin disipar del todo un añejo y actual debate. ¿Las maquinas nos gobernarán en un día no muy lejano? ¿Estamos dispuestos a situar nuestra seguridad, nuestro destino, en manos de una máquina que no es capaz de simular el sentido trágico de la vida? ¿Confiaríamos realmente en un robot que no está consciente de que algún día morirá, que no sabe lo que significa nacer, crecer, tener padres, criar hijos, sonreír, llorar y sentir dolor, celos, placer, sudor, frío en las manos, enamorarse y desenamorarse?

Lo único que nos protege de la amenaza de la inteligencia artificial es conservar nuestra capacidad de desconectar a estos artilugios de su fuente de poder o baterías, según se afirma.

El escritor de anticipación científica, Isaac Asimov, creó las leyes de la robótica, en las que en primer lugar aparece que la programación de robots está hecha para no dañar a ningún ser humano. Sin embargo, una vez que los robots sean capaces de autoprogramarse, y no estamos lejos de eso, ¿estarán dispuestos a obedecer las reglas impuestas por los humanos, sus “creadores”?


En un desesperado intento por evitar el choque con una densa nube de meteoritos, el copiloto de la nave Star Trek en Viaje a las Estrellas, propone a su comandante, James Kirk, entregar el control maestro de navegación a una mega computadora.

Kirk se rehúsa a poner su astronave al arbitrio de una máquina; pero debe hacerlo. No hay alternativa.

La súbita percepción de su propia vulnerabilidad, incita a Kirk a meditar sobre lo fantástico de la navegación a vela en el siglo XIX, en la que lo único necesario era el viento a favor y mirar las estrellas en el firmamento. Esto sucede cuando la precisión de las máquinas y el raciocinio humano viven en profunda armonía.

Finalmente, los peregrinos del cosmos consiguen esquivar la nube de meteoritos con auxilio de la mega computadora del Star Trek, sin disipar del todo un añejo y actual debate. ¿Las maquinas nos gobernarán en un día no muy lejano? ¿Estamos dispuestos a situar nuestra seguridad, nuestro destino, en manos de una máquina que no es capaz de simular el sentido trágico de la vida? ¿Confiaríamos realmente en un robot que no está consciente de que algún día morirá, que no sabe lo que significa nacer, crecer, tener padres, criar hijos, sonreír, llorar y sentir dolor, celos, placer, sudor, frío en las manos, enamorarse y desenamorarse?

Lo único que nos protege de la amenaza de la inteligencia artificial es conservar nuestra capacidad de desconectar a estos artilugios de su fuente de poder o baterías, según se afirma.

El escritor de anticipación científica, Isaac Asimov, creó las leyes de la robótica, en las que en primer lugar aparece que la programación de robots está hecha para no dañar a ningún ser humano. Sin embargo, una vez que los robots sean capaces de autoprogramarse, y no estamos lejos de eso, ¿estarán dispuestos a obedecer las reglas impuestas por los humanos, sus “creadores”?

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