/ lunes 11 de noviembre de 2019

Libros, libros


Mi idilio con los libros data desde de mi niñez. Mi primer encuentro con ellos fue con “El libro de oro de los niños” que nos regalaron nuestros padres cuando ya leíamos de corridito y habíamos dejado los monitos.

Constaba de seis tomos encuadernados en tela con algunos prólogos de Gabriela Mistral e ilustrados por grandes dibujantes, entre ellos Walt Disney. Cuentos de hadas de todos los países, diseñados para atrapar a los niños e introducirlos suavemente al maravilloso mundo de la lectura.

Ya más grandecitas nos regalaron “El tesoro de la juventud”, fascinante enciclopedia de quince tomos que se vendía de casa en casa en cómodas cuotas, incluyendo un pequeño estante de madera. Mi hermana y yo pasábamos mucho tiempo tiradas en el piso revisando los tomos una y otra vez. Mi padre nos enseñó a leerlos en orden, por temas, pasando las hojas con cuidado y respeto. Siempre nos hacía preguntas de lo que estábamos leyendo.

Así, me fui adentrando al mundo de los libros, y siempre tengo uno a la mano. Las visitas a la librería son fascinantes, las horas se me pasan volando y nunca acabo de llenarme de su olor y de su ambiente.

Para mí los libros son verdaderos talismanes, teniendo un libro en la mano puedo aguantar casi todo. Las largas esperas en los consultorios, el tedio en los aeropuertos, los vuelos retrasados, el turno para pasar a la ventanilla de las oficinas burocráticas, etc.

Leyendo no existen las horas perdidas. La soledad es llevadera, la ansiedad se disipa, es un antídoto para el aburrimiento y alimento para el alma.

Hace días estada analizando que últimamente tengo una mayor inclinación a la relectura de lo que leí hace mucho tiempo atrás. Hay muchos libros nuevos, escritores modernos, mujeres escritoras excelentes, pero... algo pasa que difícilmente me “prende” alguno.

Hay libros que en su momento me fascinaron, me subyugaron y que hoy dificilmente volvería a leer. Me daría pereza. El tiempo te cambia y ya no te cautiva lo que en otro tiempo creíste que sería para siempre. Hoy, nuestra perspectiva es otra, otro el panorama, otra la necesidad de identificarnos con lo que leemos. Aun así, hay otros, los que siempre tienes a la mano, tus preferidos, tus amores, que son fundamentales, y que cada día te gustan más, te dicen más, los gozas más.

Cuando murió Vicente Ridaura Sanz, excelente persona, inteligente, preparado, gran conversador y lector insaciable. A nadie le extrañó que cuando lo encontraron en su cama con sus lentes puestos, los ojos cerrados y el corazón detenido, tuviera entre sus manos su libro preferido.


Mi idilio con los libros data desde de mi niñez. Mi primer encuentro con ellos fue con “El libro de oro de los niños” que nos regalaron nuestros padres cuando ya leíamos de corridito y habíamos dejado los monitos.

Constaba de seis tomos encuadernados en tela con algunos prólogos de Gabriela Mistral e ilustrados por grandes dibujantes, entre ellos Walt Disney. Cuentos de hadas de todos los países, diseñados para atrapar a los niños e introducirlos suavemente al maravilloso mundo de la lectura.

Ya más grandecitas nos regalaron “El tesoro de la juventud”, fascinante enciclopedia de quince tomos que se vendía de casa en casa en cómodas cuotas, incluyendo un pequeño estante de madera. Mi hermana y yo pasábamos mucho tiempo tiradas en el piso revisando los tomos una y otra vez. Mi padre nos enseñó a leerlos en orden, por temas, pasando las hojas con cuidado y respeto. Siempre nos hacía preguntas de lo que estábamos leyendo.

Así, me fui adentrando al mundo de los libros, y siempre tengo uno a la mano. Las visitas a la librería son fascinantes, las horas se me pasan volando y nunca acabo de llenarme de su olor y de su ambiente.

Para mí los libros son verdaderos talismanes, teniendo un libro en la mano puedo aguantar casi todo. Las largas esperas en los consultorios, el tedio en los aeropuertos, los vuelos retrasados, el turno para pasar a la ventanilla de las oficinas burocráticas, etc.

Leyendo no existen las horas perdidas. La soledad es llevadera, la ansiedad se disipa, es un antídoto para el aburrimiento y alimento para el alma.

Hace días estada analizando que últimamente tengo una mayor inclinación a la relectura de lo que leí hace mucho tiempo atrás. Hay muchos libros nuevos, escritores modernos, mujeres escritoras excelentes, pero... algo pasa que difícilmente me “prende” alguno.

Hay libros que en su momento me fascinaron, me subyugaron y que hoy dificilmente volvería a leer. Me daría pereza. El tiempo te cambia y ya no te cautiva lo que en otro tiempo creíste que sería para siempre. Hoy, nuestra perspectiva es otra, otro el panorama, otra la necesidad de identificarnos con lo que leemos. Aun así, hay otros, los que siempre tienes a la mano, tus preferidos, tus amores, que son fundamentales, y que cada día te gustan más, te dicen más, los gozas más.

Cuando murió Vicente Ridaura Sanz, excelente persona, inteligente, preparado, gran conversador y lector insaciable. A nadie le extrañó que cuando lo encontraron en su cama con sus lentes puestos, los ojos cerrados y el corazón detenido, tuviera entre sus manos su libro preferido.

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