/ viernes 28 de junio de 2019

Lo que dura un instante

Hoy ha llegado mi turno. Hoy encabezo la fila del destino y la luz del infinito ilumina mi rostro, cegando a la distancia a todos aquellos que, desde lejos, observan que poco a poco se va agrandando la distancia que nos separa. Y en los destellos que del fulgor emanan y enmarcan mi ser, se desdibuja mi esencia para transitar a un nuevo estado. Es en ese umbral en el que lanzo a mi conciencia la pregunta que, trémula, se escapa de mis labios: “¿Cuánto ha durado la vida?”

Primero me soñé viviendo una infancia alegre, tal vez con carencias, quizá de manera espléndida, pero siempre sonriente. Siempre como un pequeño ser que ya daba atisbos de intrepidez y de temeridad. Tanto que me llevó muy pronto a ser responsable de otras personas.

¡Qué rápido se va la infancia! Es como agua de río que se escapa por los espacios de los dedos que luchan por contenerla al apretarse en las palmas de las manos. Y es que durante esos años en los que se aprende a saborear el maravilloso elixir de la vida, ésta nos parece sumamente lenta, pausada. Y corremos con toda nuestra fuerza camino a la madurez para poder marchar al mismo ritmo de nuestros padres. ¡Cuánto desee crecer!

En la adolescencia me sorprendió el poder avasallante del amor. Me inundó el saberme con capacidad de querer y de recibir cariño. Formé amistades únicas y el compás de mis pisadas, aunque igual de rápido, era más firme, con mayor decisión, con un poco más de experiencia, pero superado en el cúmulo de emociones que dejaba escapar por mis sentidos.

Mis ojos supieron apreciar el valor de la luz que, suave, marca el sendero por el cual ir, empero, si se vuelve intensa nos ciega y termina por desviarnos de nuestra ruta. Mis oídos valoraron la dulzura de las más bellas melodías y gozaron con los ritmos más agradables que vibran en el alma. Mis manos acariciaron la brisa del mar, lo mismo que el rostro del ser amado. Mis pasos disminuyeron la velocidad de su carrera pues ya la meta era clara, definida, absoluta. No había prisa para llegar a ella.

Por fin llegué a la edad madura, o la madurez llegó a mí; y amé con un ímpetu mayor. Amé a la vida, tanto como la vida me amó a mí. Le entregué todo lo que era y ella, la vida, en un claro gesto de correspondencia, me regaló un trabajo que fue mi pasión y mi entrega; me dio una pareja, un ser que me acompañaría hasta el instante en el que mi corazón decidiera detenerse. Me dio hijas que son, sin duda, el mayor de los tesoros, pues serán ellas el umbral y nicho de mi verdadera trascendencia. Viviré siempre en ellas y a través de ellas.

¡¿Cuánto dura la vida?!

Hoy. En este momento. En este instante. puedo decir que el tiempo de la vida se mide en la cantidad de besos que regalaste a los seres que más amaste. En el número de amigos que cultivaste a lo largo de tu existencia y las veces que, sin rencor alguno, los perdonaste o les pediste perdón.

Se mide con la cantidad de sonrisas correspondidas, las carcajadas que se escaparon involuntariamente de tu boca, los abrazos que repartiste y las veces que consolaste el dolor de un hermano con tus palabras o hiciste feliz a alguien más con una acción provenida de lo más profundo de tu ser.

Se mide incluso en el número de errores que te permitieron darte cuenta que no siempre es fácil el tomar decisiones y las circunstancias, en ocasiones, se tornan adversas, pero esos tropiezos fueron los necesarios para enmendar el camino y poder continuar en el trajín inevitable del existir.

Antes de que pudiera percatarme. Ya lideraba a mis compañeros de trabajo y defendí su verdad con tanta valentía como si fuera mía. Quizá y no pude ayudarles a todos, tal vez a algunos los ayudé de más. Pero siempre con la convicción de dar, antes que recibir algo a cambio.

¿Cuánto dura la vida? La vida dura, incluso, las veces que fuiste juzgado con o sin conocimiento de causa. Las veces que se vertió una opinión sobre ti o sobre tu actuar. A veces con razón y muchas, sin ella.

De repente. En ese andar ocurre un detalle, un día, el menos esperado, en tu cuerpo cansado de tanto marchar. Y alguien te dice que hay un error. Que hay algo que no debe estar allí. Que ha crecido y lo seguirá haciendo. Y tu lugar en la fila empieza a adelantarse. En un suspiro ya estás hasta el frente y tu nombre se empieza a repetir en la voz que da origen al universo.

Y solo toma un instante acumular todo tu pasado. Ver todo lo que dejaste. Otorgar todo lo que posees y dejarte abrazar por la divinidad que te está llamando para que vuelvas al dulce regocijo de su paz. ¡Haz vivido y toca trascender! Cierras los ojos y murmuras “¡Que así sea!”

A todas las personas que hoy viven la partida de un ser amado, atesoren todo lo que les dio. En ustedes vive una parte de ese ser maravilloso que se ha encontrado con la divinidad y no morirá mientras el olvido no lo sepulte.

A mis queridas amigas Adanelly y Anita; a Nicolás y todos los que quisimos a Ana, vivamos con el recuerdo de su sonrisa franca, su voz tronadora, su simpatía, su gusto por la vida y su sonrisa sincera. Muy pronto nos habremos de encontrar otra vez.

¡Hasta la próxima!

Escríbame a:

licajimenezmcc@hotmail.com

Y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!

Escríbame a:

licajimenezmcc@hotmail.com

Y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!

Con Café y a Media Luz

Agustín JIMENEZ CERVANTES

“Lo que Dura un Instante”

Hoy ha llegado mi turno. Hoy encabezo la fila del destino y la luz del infinito ilumina mi rostro, cegando a la distancia a todos aquellos que, desde lejos, observan que poco a poco se va agrandando la distancia que nos separa. Y en los destellos que del fulgor emanan y enmarcan mi ser, se desdibuja mi esencia para transitar a un nuevo estado. Es en ese umbral en el que lanzo a mi conciencia la pregunta que, trémula, se escapa de mis labios: “¿Cuánto ha durado la vida?”

Primero me soñé viviendo una infancia alegre, tal vez con carencias, quizá de manera espléndida, pero siempre sonriente. Siempre como un pequeño ser que ya daba atisbos de intrepidez y de temeridad. Tanto que me llevó muy pronto a ser responsable de otras personas.

¡Qué rápido se va la infancia! Es como agua de río que se escapa por los espacios de los dedos que luchan por contenerla al apretarse en las palmas de las manos. Y es que durante esos años en los que se aprende a saborear el maravilloso elixir de la vida, ésta nos parece sumamente lenta, pausada. Y corremos con toda nuestra fuerza camino a la madurez para poder marchar al mismo ritmo de nuestros padres. ¡Cuánto desee crecer!

En la adolescencia me sorprendió el poder avasallante del amor. Me inundó el saberme con capacidad de querer y de recibir cariño. Formé amistades únicas y el compás de mis pisadas, aunque igual de rápido, era más firme, con mayor decisión, con un poco más de experiencia, pero superado en el cúmulo de emociones que dejaba escapar por mis sentidos.

Mis ojos supieron apreciar el valor de la luz que, suave, marca el sendero por el cual ir, empero, si se vuelve intensa nos ciega y termina por desviarnos de nuestra ruta. Mis oídos valoraron la dulzura de las más bellas melodías y gozaron con los ritmos más agradables que vibran en el alma. Mis manos acariciaron la brisa del mar, lo mismo que el rostro del ser amado. Mis pasos disminuyeron la velocidad de su carrera pues ya la meta era clara, definida, absoluta. No había prisa para llegar a ella.

Por fin llegué a la edad madura, o la madurez llegó a mí; y amé con un ímpetu mayor. Amé a la vida, tanto como la vida me amó a mí. Le entregué todo lo que era y ella, la vida, en un claro gesto de correspondencia, me regaló un trabajo que fue mi pasión y mi entrega; me dio una pareja, un ser que me acompañaría hasta el instante en el que mi corazón decidiera detenerse. Me dio hijas que son, sin duda, el mayor de los tesoros, pues serán ellas el umbral y nicho de mi verdadera trascendencia. Viviré siempre en ellas y a través de ellas.

¡¿Cuánto dura la vida?!

Hoy. En este momento. En este instante. puedo decir que el tiempo de la vida se mide en la cantidad de besos que regalaste a los seres que más amaste. En el número de amigos que cultivaste a lo largo de tu existencia y las veces que, sin rencor alguno, los perdonaste o les pediste perdón.

Se mide con la cantidad de sonrisas correspondidas, las carcajadas que se escaparon involuntariamente de tu boca, los abrazos que repartiste y las veces que consolaste el dolor de un hermano con tus palabras o hiciste feliz a alguien más con una acción provenida de lo más profundo de tu ser.

Se mide incluso en el número de errores que te permitieron darte cuenta que no siempre es fácil el tomar decisiones y las circunstancias, en ocasiones, se tornan adversas, pero esos tropiezos fueron los necesarios para enmendar el camino y poder continuar en el trajín inevitable del existir.

Antes de que pudiera percatarme. Ya lideraba a mis compañeros de trabajo y defendí su verdad con tanta valentía como si fuera mía. Quizá y no pude ayudarles a todos, tal vez a algunos los ayudé de más. Pero siempre con la convicción de dar, antes que recibir algo a cambio.

¿Cuánto dura la vida? La vida dura, incluso, las veces que fuiste juzgado con o sin conocimiento de causa. Las veces que se vertió una opinión sobre ti o sobre tu actuar. A veces con razón y muchas, sin ella.

De repente. En ese andar ocurre un detalle, un día, el menos esperado, en tu cuerpo cansado de tanto marchar. Y alguien te dice que hay un error. Que hay algo que no debe estar allí. Que ha crecido y lo seguirá haciendo. Y tu lugar en la fila empieza a adelantarse. En un suspiro ya estás hasta el frente y tu nombre se empieza a repetir en la voz que da origen al universo.

Y solo toma un instante acumular todo tu pasado. Ver todo lo que dejaste. Otorgar todo lo que posees y dejarte abrazar por la divinidad que te está llamando para que vuelvas al dulce regocijo de su paz. ¡Haz vivido y toca trascender! Cierras los ojos y murmuras “¡Que así sea!”

A todas las personas que hoy viven la partida de un ser amado, atesoren todo lo que les dio. En ustedes vive una parte de ese ser maravilloso que se ha encontrado con la divinidad y no morirá mientras el olvido no lo sepulte.

A mis queridas amigas Adanelly y Anita; a Nicolás y todos los que quisimos a Ana, vivamos con el recuerdo de su sonrisa franca, su voz tronadora, su simpatía, su gusto por la vida y su sonrisa sincera. Muy pronto nos habremos de encontrar otra vez.

¡Hasta la próxima!

Escríbame a:

licajimenezmcc@hotmail.com

Y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!

Escríbame a:

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Y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!

Con Café y a Media Luz

Agustín JIMENEZ CERVANTES

“Lo que Dura un Instante”

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