/ domingo 16 de diciembre de 2018

Los Triunfadores…

De tiempo en tiempo aparece en el mundo un tipo diferente de triunfadores, que por desgracia no todo mundo celebra y reconoce.

Son aquellos que no construyeron grandes edificios con su nombre, ni dejaron constancia de su indudable liderazgo, ni viajaron en primera clase. Y desde luego no son los astutos directores de empresas que se convierten en multimillonarios con su sagaz “arte de la negociación”, y poseen torres tan grandes como su vanidad. Ni es el narcisista que, para vivir, necesita el halago de los demás. Y desde luego que no son los presidentes, ni los primeros ministros o los CEOs cuyos negocios florecientes cotizan en Wall Street.

Porque, afortunadamente, existe también otra categoría de triunfadores distinta a aquella de los administradores geniales, de los visionarios del futuro, o de los grandes emprendedores e innovadores.

Son los ignorados, o a lo mucho poco reconocidos, entre tanto pensador, científico o brillante tecnólogo, que sin duda conducen a este mundo por la senda del progreso. Son los invisibles para Forbes y revistas semejantes.

Pero gracias a esos otros podemos entender también cómo un triunfador no es solamente el ejecutivo exitoso, o el creador de empresas de clase mundial o el notable estadista que asiste a reuniones cumbre. No es sólo el experto en mercadotecnia y branding, ni el que se afana por exportar mucho, sino también el que de alguna manera todavía les importa a muchos, que a su vez le importan a él.

Porque usted estará de acuerdo conmigo en que también puede ser un triunfador el que calladamente lucha por la justicia, aunque no sea gran orador o brillante diplomático, o el que venció la codicia desmedida y nunca fue seducido por la vanidad, la posición social o el poder. Y en cambio tuvo siempre en su boca la palabra justa y en su corazón la ley de la bondad. Aunque muchos lo consideren tonto e iluso soñador.

Y obviamente éste es otro tipo de triunfador, tal vez raro y diferente al que solamente edificó soberbias y admirables estructuras administrativas, jurídicas y sociales.

Es aquel que además supo cómo construír con solidez un hogar; que quizás no sabe usar la moderna y brillante conectividad para comunicarse con sus hijos, pero se da tiempo para conversar cara a cara con ellos; el que tal vez no tenga correo electrónico, ni Instagram, ni sabe del wifi, pero conoce y saluda a sus vecinos; aquel que ciertamente nunca irá al espacio exterior, pero ha sido capaz de viajar en repetidas ocasiones hacia su espacio interior, y con sabiduría conoce las coordenadas del corazón de los que ama. Y quien buscó con pasión dejar su huella en este mundo, para que perdurara más allá del tiempo.

Porque es triunfador también el que cumple fiel y cabalmente con su deber, aunque no haya aplausos que se lo festejen y reconozcan; el que ama su trabajo por sencillo e ignorado que sea; quien no tiene un negocio lucrativo, pero edifica con su esfuerzo la parte de grandeza que le corresponde en la construcción de su familia y de su comunidad. Y le enorgullece saber, más allá de la presunción y la fatuidad, que en su alma brilla la chispa de la inmortalidad, que un día brillará por siempre.

Triunfador es el que a pesar de no haber atesorado cosas, tuvo esa otra riqueza, no apreciada por muchos es cierto, pero que es con la que en verdad se dimensionan las posibilidades del propio corazón. Es el que tal vez nunca alzó soberbio su mano en el pódium de los vencedores, pero triunfó calladamente en el amor de su familia y con sus amigos y los cercanos a su alma. Y el que, como bellamente dice el poeta, estuvo siempre ahí, aun cuando los demás ya se hubieran marchado.

Es triunfador el que nunca recibió un reconocimiento público o una medalla al mérito de cualquier cosa, pero siempre los obtuvo de los suyos; el que no escribió libros, pero sí cartas para festejar la vida con sus hijos, quien con sus palabras sencillas pudo cambiar el destino de alguien y le ayudó a crecer; el que pensó en redimir a su país a través de la asfixiante aventura de su trabajo común y rutinario, y el que prefirió la sombra, porque entendió que, finalmente, es tan importante como la luz.

A veces el triunfador no es sólo el que tiene una oficina esplendorosa, una secretaria ejecutiva y una asistente eficaz, o posee tres maestrías y un doctorado; el que hace planeación estratégica o elabora sofisticados reportes o evalúa proyectos importantes, y es un extraordinario profesionista. Ellos sin duda también lo son. Pero igual lo es aquel que le dio sentido a su existir, incluyó en su planes a su familia, tuvo tiempo para todos los que ama y encuentro fascinante disfrutar de la hermosa danza de la vida.

Algunas veces el triunfador es el que con su contribución humilde hace que la historia sea posible dándole sentido, y de una manera noble pero decidida lucha por hacer de este mundo un mejor lugar para vivir. El que claramente sabe, como dice el poeta, que aunque sólo vivirá una vez, si lo hace con maestría, con una vez le bastará.

Suele suceder que el verdadero triunfador es alguien como Teresa de Calcuta, o Francisco de Asís, o Ana Frank, o Martin Luther King y Nelson Mandela. Como lo es también la enfermera callada, la religiosa abnegada, el obrero sencillo, el campesino olvidado y el maestro de escuela rural, porque como personas triunfaron sobre la desesperanza y la incomprensión y con su esfuerzo cotidiano establecieron la diferencia.

A veces el triunfador puede ser el carpintero pobre de un lugar inhóspito e ignorado en medio de ninguna parte, o una mujer sencilla de pueblo que dio a luz a un niño humilde en un pesebre, porque no había para él lugar en la posada…

De tiempo en tiempo aparece en el mundo un tipo diferente de triunfadores, que por desgracia no todo mundo celebra y reconoce.

Son aquellos que no construyeron grandes edificios con su nombre, ni dejaron constancia de su indudable liderazgo, ni viajaron en primera clase. Y desde luego no son los astutos directores de empresas que se convierten en multimillonarios con su sagaz “arte de la negociación”, y poseen torres tan grandes como su vanidad. Ni es el narcisista que, para vivir, necesita el halago de los demás. Y desde luego que no son los presidentes, ni los primeros ministros o los CEOs cuyos negocios florecientes cotizan en Wall Street.

Porque, afortunadamente, existe también otra categoría de triunfadores distinta a aquella de los administradores geniales, de los visionarios del futuro, o de los grandes emprendedores e innovadores.

Son los ignorados, o a lo mucho poco reconocidos, entre tanto pensador, científico o brillante tecnólogo, que sin duda conducen a este mundo por la senda del progreso. Son los invisibles para Forbes y revistas semejantes.

Pero gracias a esos otros podemos entender también cómo un triunfador no es solamente el ejecutivo exitoso, o el creador de empresas de clase mundial o el notable estadista que asiste a reuniones cumbre. No es sólo el experto en mercadotecnia y branding, ni el que se afana por exportar mucho, sino también el que de alguna manera todavía les importa a muchos, que a su vez le importan a él.

Porque usted estará de acuerdo conmigo en que también puede ser un triunfador el que calladamente lucha por la justicia, aunque no sea gran orador o brillante diplomático, o el que venció la codicia desmedida y nunca fue seducido por la vanidad, la posición social o el poder. Y en cambio tuvo siempre en su boca la palabra justa y en su corazón la ley de la bondad. Aunque muchos lo consideren tonto e iluso soñador.

Y obviamente éste es otro tipo de triunfador, tal vez raro y diferente al que solamente edificó soberbias y admirables estructuras administrativas, jurídicas y sociales.

Es aquel que además supo cómo construír con solidez un hogar; que quizás no sabe usar la moderna y brillante conectividad para comunicarse con sus hijos, pero se da tiempo para conversar cara a cara con ellos; el que tal vez no tenga correo electrónico, ni Instagram, ni sabe del wifi, pero conoce y saluda a sus vecinos; aquel que ciertamente nunca irá al espacio exterior, pero ha sido capaz de viajar en repetidas ocasiones hacia su espacio interior, y con sabiduría conoce las coordenadas del corazón de los que ama. Y quien buscó con pasión dejar su huella en este mundo, para que perdurara más allá del tiempo.

Porque es triunfador también el que cumple fiel y cabalmente con su deber, aunque no haya aplausos que se lo festejen y reconozcan; el que ama su trabajo por sencillo e ignorado que sea; quien no tiene un negocio lucrativo, pero edifica con su esfuerzo la parte de grandeza que le corresponde en la construcción de su familia y de su comunidad. Y le enorgullece saber, más allá de la presunción y la fatuidad, que en su alma brilla la chispa de la inmortalidad, que un día brillará por siempre.

Triunfador es el que a pesar de no haber atesorado cosas, tuvo esa otra riqueza, no apreciada por muchos es cierto, pero que es con la que en verdad se dimensionan las posibilidades del propio corazón. Es el que tal vez nunca alzó soberbio su mano en el pódium de los vencedores, pero triunfó calladamente en el amor de su familia y con sus amigos y los cercanos a su alma. Y el que, como bellamente dice el poeta, estuvo siempre ahí, aun cuando los demás ya se hubieran marchado.

Es triunfador el que nunca recibió un reconocimiento público o una medalla al mérito de cualquier cosa, pero siempre los obtuvo de los suyos; el que no escribió libros, pero sí cartas para festejar la vida con sus hijos, quien con sus palabras sencillas pudo cambiar el destino de alguien y le ayudó a crecer; el que pensó en redimir a su país a través de la asfixiante aventura de su trabajo común y rutinario, y el que prefirió la sombra, porque entendió que, finalmente, es tan importante como la luz.

A veces el triunfador no es sólo el que tiene una oficina esplendorosa, una secretaria ejecutiva y una asistente eficaz, o posee tres maestrías y un doctorado; el que hace planeación estratégica o elabora sofisticados reportes o evalúa proyectos importantes, y es un extraordinario profesionista. Ellos sin duda también lo son. Pero igual lo es aquel que le dio sentido a su existir, incluyó en su planes a su familia, tuvo tiempo para todos los que ama y encuentro fascinante disfrutar de la hermosa danza de la vida.

Algunas veces el triunfador es el que con su contribución humilde hace que la historia sea posible dándole sentido, y de una manera noble pero decidida lucha por hacer de este mundo un mejor lugar para vivir. El que claramente sabe, como dice el poeta, que aunque sólo vivirá una vez, si lo hace con maestría, con una vez le bastará.

Suele suceder que el verdadero triunfador es alguien como Teresa de Calcuta, o Francisco de Asís, o Ana Frank, o Martin Luther King y Nelson Mandela. Como lo es también la enfermera callada, la religiosa abnegada, el obrero sencillo, el campesino olvidado y el maestro de escuela rural, porque como personas triunfaron sobre la desesperanza y la incomprensión y con su esfuerzo cotidiano establecieron la diferencia.

A veces el triunfador puede ser el carpintero pobre de un lugar inhóspito e ignorado en medio de ninguna parte, o una mujer sencilla de pueblo que dio a luz a un niño humilde en un pesebre, porque no había para él lugar en la posada…

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