/ lunes 8 de julio de 2019

Morricone /Tarantino

En Los ocho más odiados (The hateful eigth)/ EU- 2015, Quentin Tarantino y Ennio Morricone eran los más felices del mundo.

El primero, después de mucho rogarle, consiguió que el mítico compositor italiano aceptara musicalizarle su segundo western, cosa que le valió su primer Oscar al nonagenario músico. Aunque posteriormente Morricone despotricara contra Tarantino: “Es un cretino. No es un gran director, no es comparable a los verdaderos grandes de Hollywood como John Huston, Alfred Hitchcock o Billy Wilder. No me gustan las películas de Tarantino, es basura”

Pero, ¿de qué trata Los ocho más odiados? Después de la Guerra de Secesión, en las montañas nevadas de Wyoming el cazarrecompensas John Ruth/ Kurt Russell lleva en una diligencia a la bandolera Daisy Domergue/ la estupenda Jennifer Jason Leigh, para entregarla a las autoridades de Red Rock.

Durante el recorrido se les agregará el también cazarrecompensas Warren/ Samuel L. Jackson y el nuevo sheriff de Red Rock, Mannix/ Walton Goggins, quienes pernoctarán en una estación donde se toparán con Mowbray/ Tim Roth, Joe Cage/ Michael Madsen, Smithers/ Bruce Dern y Bob/ Demian Bichir.

Con esta ensalada de personajes, aderezados con la lente de Robert Richardson y la partitura musical de Ennio Morricone, el tata de El bueno, el malo y el feo/ 1966, Quentin Tarantino empieza con su tomadura de pelo bajo la premisa visual-estética del western.

Si bien sus influencias evidentes (Peckinpah, Leone, Kubrick) confluyen en esta puesta en escena con tufos de Agatha Christhie y el Darío Fo de No hay ladrón que por bien no venga, lo cierto es que Tarantino quiere seguir demostrando que es un empírico del cine cuyo aprendizaje del mismo bajo los techos de neón de los videoclubes ochenteros le ha redituado una extraña impunidad intelectual.

La coreografía actoral, a ratos risible debido al cliché de su batahola de referencias cinematográficas, se empaña con una vuelta (¿revisión?) a sus orígenes de Perros de reserva/ 1992 que nos hace creer que las pilas de la inspiración se le están apagando al buen QT.

La pleitesía al spaghetti western del gran Sergio Leone es obvia en Los ocho más odiados con la incursión del legendario Morricone y la fotografía en 70 mm, pero queda la impresión que Tarantino ha agotado la novedad, la frescura y el regodeo por los hálitos del pop y del pulp fiction que lo catapultaron como un inesperado icono del cine de último tramo del siglo veinte.

Las vueltas de tuerca en las subtramas de sus personajes en este su octavo filme saben más a pedantería premeditada que a la impronta pincelada del genio (aun con esa carta sacada bajo la manga de Abraham Lincoln al negro Warren). Si bien la contención de la violencia estalla en la parte final de la película con una orgía de sangre y vómito (literal) de tripas y humores, es en la actuación de Jennifer Jason Leigh que la historia vale la pena…

En Los ocho más odiados (The hateful eigth)/ EU- 2015, Quentin Tarantino y Ennio Morricone eran los más felices del mundo.

El primero, después de mucho rogarle, consiguió que el mítico compositor italiano aceptara musicalizarle su segundo western, cosa que le valió su primer Oscar al nonagenario músico. Aunque posteriormente Morricone despotricara contra Tarantino: “Es un cretino. No es un gran director, no es comparable a los verdaderos grandes de Hollywood como John Huston, Alfred Hitchcock o Billy Wilder. No me gustan las películas de Tarantino, es basura”

Pero, ¿de qué trata Los ocho más odiados? Después de la Guerra de Secesión, en las montañas nevadas de Wyoming el cazarrecompensas John Ruth/ Kurt Russell lleva en una diligencia a la bandolera Daisy Domergue/ la estupenda Jennifer Jason Leigh, para entregarla a las autoridades de Red Rock.

Durante el recorrido se les agregará el también cazarrecompensas Warren/ Samuel L. Jackson y el nuevo sheriff de Red Rock, Mannix/ Walton Goggins, quienes pernoctarán en una estación donde se toparán con Mowbray/ Tim Roth, Joe Cage/ Michael Madsen, Smithers/ Bruce Dern y Bob/ Demian Bichir.

Con esta ensalada de personajes, aderezados con la lente de Robert Richardson y la partitura musical de Ennio Morricone, el tata de El bueno, el malo y el feo/ 1966, Quentin Tarantino empieza con su tomadura de pelo bajo la premisa visual-estética del western.

Si bien sus influencias evidentes (Peckinpah, Leone, Kubrick) confluyen en esta puesta en escena con tufos de Agatha Christhie y el Darío Fo de No hay ladrón que por bien no venga, lo cierto es que Tarantino quiere seguir demostrando que es un empírico del cine cuyo aprendizaje del mismo bajo los techos de neón de los videoclubes ochenteros le ha redituado una extraña impunidad intelectual.

La coreografía actoral, a ratos risible debido al cliché de su batahola de referencias cinematográficas, se empaña con una vuelta (¿revisión?) a sus orígenes de Perros de reserva/ 1992 que nos hace creer que las pilas de la inspiración se le están apagando al buen QT.

La pleitesía al spaghetti western del gran Sergio Leone es obvia en Los ocho más odiados con la incursión del legendario Morricone y la fotografía en 70 mm, pero queda la impresión que Tarantino ha agotado la novedad, la frescura y el regodeo por los hálitos del pop y del pulp fiction que lo catapultaron como un inesperado icono del cine de último tramo del siglo veinte.

Las vueltas de tuerca en las subtramas de sus personajes en este su octavo filme saben más a pedantería premeditada que a la impronta pincelada del genio (aun con esa carta sacada bajo la manga de Abraham Lincoln al negro Warren). Si bien la contención de la violencia estalla en la parte final de la película con una orgía de sangre y vómito (literal) de tripas y humores, es en la actuación de Jennifer Jason Leigh que la historia vale la pena…

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